SUNITAS, CHIITAS Y KURDOS: QUIEN ES QUIEN EN IRAK

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La virtual guerra civil que vive Irak, tiene sus raíces en distintas interpretaciones del Corán y ancestrales rivalidades. La invasión norteamericana y el derrocamiento de Saddam Hussein contribuyeron a liberar los antagonismos y los viejos rencores. Hoy se vive un nuevo fenómeno: miles de sunitas se convierten al chiísmo, lo cual puede romper el delicado equilibrio de todo el mundo islámico.

Texto: Carlos Genovino / Fotos: AFP/AP

Para comprender el presente hay que conocer el pasado, suelen decir los historiadores. El odio, la barbarie y el fanatismo que caracterizan el actual conflicto de Irak se explican por interpretaciones diferentes del Corán y rivalidades que nacieron en la noche de los tiempos. La invasión norteamericana y el derrocamiento de Saddam Hussein, en 2003, sólo contribuyeron a liberar los antagonismos y los viejos rencores. Además de la guerra civil que protagonizan en Irak –en forma paralela a la resistencia contra Estados Unidos–, ese antagonismo amenaza con agravarse debido a un fenómeno inédito en la historia del Islam, que es totalmente desconocido por Occidente: miles de sunitas se convierten al chiísmo en un transvasamiento que puede transformar, a corto plazo, los equilibrios políticos y religiosos del mundo islámico. Sunitas, chiítas y kurdos –todos musulmanes– comparten los cinco preceptos fundamentales del Islam: la shahada o profesión de fe en un solo Dios (“Alá es el único Dios y Mahoma es su profeta”); la plegaria o acto de devoción que obliga a cada musulmán a rezar cinco veces por día en dirección a la Meca; la limosna; el ayuno durante el mes de Ramadán y la peregrinación a la Meca por lo menos una vez en la vida (si se tienen los medios y la salud necesarios). Las divergencias entre sunitas, chiítas y kurdos son comparables –en cierto modo– a las diferencias teológicas que existen en el cristianismo entre católicos, ortodoxos y protestantes.

La existencia del Imam Oculto acuerda una fuerte dimensión esotérica al chiísmo. Uno de los más fieles creyentes de esa teoría es el actual presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, quien sostiene que cuando regrese de su ocultación, el mesías Mahdi creará un “gobierno unificado del mundo”.

IRAQ-SHIITES

Chiítas rezando en Kufa.

Con 1.200 millones de fieles, el Islam está considerado la segunda religión del mundo. Pero, favorecido por el crecimiento demográfico en el mundo árabe, llegará a 2.000 millones en 2020 y desplazará al catolicismo. A nivel mundial, el territorio de la dar al islam (la casa del Islam) se divide entre sunitas (90%), y chiítas (10%), dentro de los cuales los expertos llegaron a identificar 73 ramas, sectas o clanes de “mahometanos”, como se decía antes, que incluyen entre otros a imamíes o duodecimanos, ismailíes, bohras, zaydíes, alauíes, drusos, alevíes y nazaríes. Los chiítas, sin embargo, son mayoritarios en Irán, Irak, Bahrein y Azerbaiyán (Europa Oriental), lo que constituye una seria inquietud para Moscú. La división entre las dos corrientes mayoritarias del Islam –origen de los rencores acumulados a través de los siglos– surgió en el siglo VII. En 661, apenas 31 años después de la muerte de Mahoma, su yerno Alí fue asesinado en la mezquita de Kufa, en el territorio actual de Irak. Dos de los hijos de Alí, Hassan y Hussein, fueron a su vez asesinados en 680. Los partidarios de Alí nunca aceptaron que el califato pudiera ser ejercido por alguien que no fuera descendiente directo de la familia del Profeta. Esa sucesión de episodios fue el desencadenante del mayor cisma que conoció el Islam en sus 14 siglos de historia. La palabra chiíta proviene, precisamente, de la voz árabe shi’ah, que significa “grupo separado”, “seguidores” o “miembros de un partido”. “La muerte de Hussein es, para los chiítas, emblemática de la lucha por el derecho y el bien, y del martirio necesario –incluso inevitable– para todo combatiente de la verdadera ley”, explica el francés François Thual, considerado uno de los mejores historiado res del mundo islámico. “Así se creó el vínculo que establecen los chiítas entre martirio y verdad, entre sufrimiento y justicia”, precisa. Esa explicación permite comprender la proliferación de actos terroristas perpetrados actualmente por kamikazes en Irak, y la existencia de los célebres batallones suicidas, formados por jóvenes chiítas de Irán, que combatieron contra Irak en la terrible guerra de 1980-88 entre ambos países, que provocó más de un millón de muertos. Durante años, todos los imames descendientes de Hussein tuvieron un destino de cárcel o de muerte. El problema que planteaba el ejercicio del poder temporal se solucionó con la adopción de la gayba, fenómeno de la ocultación. La comunidad religiosa interpretó la desaparición del séptimo imam, Ismail, como una astucia para permanecer oculto por medios sobrenaturales, pero se dijeron que seguiría vivo hasta su regreso, al final de los tiempos, para que nadie pudiera sucederle. Ese ardid teológico permitió acatar formalmente el nuevo poder político sin traicionar la fe. Los creyentes en la ocultación fueron conocidos como septimanos o ismailitas (nombre que adoptaron, por ejemplo, los seguidores del Agha Kahn). Los otros chiítas, que consideraron muerto a Ismail y reconocieron a los nuevos imames, fueron denominados imamíes hasta que tuvieron su propio fenómeno de ocultación con el duodécimo imam (Mahdi). Desde entonces se los conoce como los duodecimanos. La existencia del Imam Oculto acuerda una fuerte dimensión esotérica al chiísmo. Uno de los más fieles creyentes de esa teoría es el actual presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, quien sostiene que cuando regrese de su ocultación, el mesías Mahdi creará un “gobierno unificado del mundo”.

Por su peso demográfico en la Umma (comunidad islámica), las élites del poder en el mundo árabe fueron históricamente sunitas y, en muchos casos, actuaron como aliadas del ocupante extranjero o como fuerza de opresión dentro de sus propios países.

Iraq Insurgency Saudi

Un sunita insurgente sostiene un lanza cohetes cerca de Ramadi, Irak. Los especialistas sostienen que son los sauditas quienes financian a los grupos rebeldes.

En Irak, el líder chiíta Moqtada al Sadr creó un Ejército del Mahdi para unificar a las milicias más aguerridas en la actividad terrorista contra las fuerzas norteamericanas y que –al mismo tiempo– participan en la guerra civil contra los sunitas. Pero todos están de acuerdo en la importancia de los imames como “guías infalibles e impecables”, pues son los únicos depositarios del “sentido oculto” del Corán. “Mientras que el sunismo es una escuela de consenso, el chiísmo es una escuela de autoridad”, sostiene el especialista Michel Reeber para explicar la importancia del clero. Junto con el imamato y el esoterismo, el poder del clero constituye una tercera razón que diferencia a los chiítas de los sunitas. Como existe un mensaje invisible impartido por alguien que está oculto, los únicos intérpretes autorizados a captar los signos enviados por el imam desde su ocultación son los ulemas, esos “doctores de la ley” más conocidos como mulás. Ese privilegio de los mulás, organizados jerárquicamente según el grado de iniciación, autoriza excesos y desviaciones para justificar a veces luchas políticas o ambiciones de poder. Desde la revolución que derrocó al sha e instituyó la República Islámica, en 1979, Irán fue dirigido por líderes religiosos o, por lo menos, inspirado por “guías espirituales” que, en algunos casos, llegaron a tener más poder que el presidente. El mejor exponente de ese fenómeno fue el ayatolá Ruhola Khomeini, que ocupó el cargo de Guía de la Revolución hasta su muerte, en 1989, y fue sucedido por Ali Khamenei, que permanece en el puesto desde hace 18 años. Hostigados, despreciados y perseguidos a través de la historia, incluso dentro del mundo musulmán, los chiítas llevaron su fe hasta el punto de codificar la takkiya (disimulo), versión oriental de la mentira piadosa, que autoriza a un creyente a ocultar su fe cuando se encuentra en peligro. En Occidente, la simple mención de la palabra chiíta provoca escalofríos e induce a pensar en barbudos con turbante, mujeres con el rostro velado con chador y hordas de exaltados como los penitentes que se flagelan durante la peregrinación del Achura, que recuerda la masacre del imam Hussein y de 72 de sus partidarios, perpetrada por los omeyas. Esas imágenes refuerzan las sospechas de fanatismo que persigue a los chiítas.

NO SE PUEDE IR, NI SE PUEDE QUEDAR

Cuando miran el mapa de Irak, los generales norteamericanos piensan en secreto que después del retiro de Estados Unidos, ese país se fraccionará en tres entidades independientes. El trazado de las nuevas fronteras se hará, sin duda, en función de la influencia religiosa que ejerce cada comunidad en el territorio iraquí. Todo el sur del país hasta Bagdad –incluyendo los ricos yacimientos de petróleo de Basora– formará parte del país chiíta. Los sunitas se quedarán con el centro-este, pobre y atrasado. Los kurdos controlarán el norte, también rico en petróleo. Bagdad, dividida por el río Tigris entre sunitas y chiítas, será probablemente la “frontera del odio” disputada con mayor ferocidad. Las especulaciones que formulan los militares norteamericanos no son “hipótesis de guerra”, sino –más bien– “hipótesis de repliegue” para el momento en que la presión de la opinión pública y la presión terrorista sobre el terreno obligue a Estados Unidos a abandonar Irak. El momento, según el cálculo de algunos senadores, no está demasiado lejos: 2008 puede ser un horizonte razonable. El presidente George W. Bush rehúsa analizar la perspectiva de un retorno militar sin haber logrado la victoria. Ese abandono, argumentan los halcones que lo asesoran en la Casa Blanca, sería más humillante que el fin de la guerra en Vietnam. “Una retirada, o anunciar una fecha para la retirada, provocaría el caos en la región”, afirmó el senador republicano John McCain, que aspira a la candidatura presidencial en 2008. La hipótesis de un retiro fue claramente evocada en el informe que presentaron el ex secretario de Estado James Baker, y el representante demócrata Lee Hamilton. Pero sus conclusiones fueron desechadas por Bush. El envío de 21.000 hombres de refuerzo, decidido por la Casa Blanca, no parece intimidar a las milicias chiítas y a los terroristas sunitas que luchan contra la presencia norteamericana en Irak. Los dos componentes de la resistencia hostigan por un lado a Estados Unidos y, por otra parte, se combaten sin piedad para preparar la futura partición del país. Los atentados, tiroteos y secuestros que caracterizan la violencia religiosa entre sunitas y chiítas están dejando un promedio de 100 muertos por día. A través de varios canales –como la CIA, la diplomacia y especialistas de “inteligencia económica” que trabajan para las empresas petroleras y de armas–, Estados Unidos al parecer busca anudar vínculos con algunos líderes baasistas tradicionales y grupos armados de resistencia sunita (sin incluir a Al Qaeda) para crear un poder fuerte en Bagdad que evite que los chiítas se queden con un tercio del territorio y las riquezas de Irak. Después de haber colgado a Saddam Hussein y a otros dos personajes odiados de su gobierno, Estados Unidos cree que puede apelar a ciertos dirigentes “presentables” del poder baasista, como Tarek Aziz, capaces de unir a los sunitas y de instrumentar una federación con tres regiones autónomas (chiíta, sunita y kurda). Esa ficción permitiría a Estados Unidos abandonar el país con dignidad, pero dejaría abierta la puerta de una nueva guerra civil con el previsible desenlace de una partición. El mayor temor de la Casa Blanca y el Pentágono, compartido por todos los países de la región, es que la partición de Irak en tres partes precipite al sur chiíta en brazos de Irán. La otra inquietud, aun más grave, es que provoque un “efecto dominó” que amenazaría la estabilidad de todas las monarquías petroleras del Golfo Pérsico (Arabia Saudita, Kuwait, los Emiratos Arabes Unidos, Qatar y Bahrein). Apenas salido del pantano iraquí, Estados Unidos no tendría el prestigio ni la legitimidad necesaria para lanzar una intervención militar para defender esa región que concentra el 50% de las riquezas petroleras del mundo. Irán además controlaría el cuello de botella por donde sale ese petróleo para Occidente: el Estrecho de Ormuz puede convertirse más que nunca en “la vena yugular de la economía mundial”, como decía Henry Kissinger. Esa perspectiva condiciona en buena medida la actitud de Estados Unidos, que está en la peor de las situaciones: no se puede ir, ni se puede quedar en Irak.

IRAN ASHOURA

En el aniversario de la muerte del Imam Hussein, el nieto del profeta Mahoma, los chiítas se autoflagelan durante toda la ceremonia.

Los sunitas se consideran fieles practicantes de la Suma, es decir que no sólo basan su ejercicio religioso en el Corán, sino también en las enseñanzas y hechos atribuidos al Profeta –la tradición–, que se transmite en forma oral. Eso permite, argumentan, adaptar las reglas del Corán a las exigencias de la época. Junto con las cuatro escuelas teológicas más importantes (hanafitas, malikitas, sha’afistas y hanbalitas) coexisten algunas corrientes fundamentalistas, cuya interpretación literal e intransigente de los textos se traduce por lo general en actitudes de intolerancia política. Por su peso demográfico en la Umma (comunidad islámica), las élites del poder en el mundo árabe fueron históricamente sunitas y, en muchos casos, actuaron como aliadas del ocupante extranjero o como fuerza de opresión dentro de sus propios países. En Irak, donde son mayoría los chiítas (60% de la población), se consideran víctimas permanentes de los sunitas (23%). La historia parece darles razón: en los últimos siglos fueron sometidos, alternativamente, por sunitas asociados primero al imperio otomano, luego a los británicos, más tarde a la monarquía hachemita del rey Faysal y –por último– a la dictadura del Partido Baas. Durante su gobierno, Saddam Hussein ejecutó al clérigo Mohsin Al-Hakim, fusiló a cuatro dirigentes del partido chiíta Daawa, con el apoyo occidental guerreó durante ocho años contra la Revolución Islámica de Irán, ahogó en sangre la rebelión chiíta de 1991 en el sur del país y en 1999 asesinó al ayatolá Mohamed Sadek Al-Badr y a dos de sus hijos. Un tercer hijo de Al-Badr, Moqtada Sadr, es actualmente el principal líder del Ejército del Mahdi, brazo armado chiíta en Irak.

“Mientras que el sunismo es una escuela de consenso, el chiísmo es una escuela de autoridad”, sostiene el especialista Michel Reeber para explicar la importancia del clero. Junto con el imamato y el esoterismo, el poder del clero constituye una tercera razón que diferencia a los chiítas de los sunitas.

MIDEAST LEBANON ASHOURA

Desconsolada, una mujer chiíta perteneciente a Hezbolá llora al escuchar las historias coránicas durante la conmemoración del Ashoura.

Los 6 millones de kurdos que viven en Irak son apenas una minoría de ese pueblo de 40 millones dispersos entre Turquía (20 millones), Irán (7 millones), Siria (2 millones) y otros países de la región. También son musulmanes, pero su práctica es mucho más moderada y tolerante. Aunque son sunitas y representan la tercera etnia de Irak (7%), igual fueron perseguidos con ferocidad por Saddam Hussein, que arrasó pueblos enteros y utilizó gases tóxicos para “castigar” sus ambiciones de independencia. La gran transformación del mundo islámico, que comenzó en los años ’80, es un fenómeno que atraviesa –con más o menos fuerza– todas las vertientes musulmanas: el surgimiento de redes islamistas, hostiles a los regímenes moderados acusados de ser conservadores y aliados de Occidente, que buscan a través del terrorismo federar a las masas para recrear la famosa Umma sin fronteras, con la cual se identificarán todos los fieles del Islam. La aparición de tres esferas de poder chiíta en la región –Irán, en el sur de Irak, y el Hezbolá en el Líbano– agudizó las rivalidades entre las tres corrientes del Islam y abrió una competencia de proselitismo: en los grandes bastiones sunitas como Egipto, Jordania, Marruecos, Argelia, Libia y Sudán se advierte una ola de “conversiones” y fuerte identificación con los países y movimientos que resisten a Estados Unidos y combaten a Israel. Eso explica la popularidad del líder del Hezbolá, Hassan Nasrallah, considerado un héroe del mundo árabe. Eso significa que, a largo plazo, la verdadera “guerra civil” que libran actualmente sunitas y chiítas en Irak podría extenderse al resto del mundo árabe.

 


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