SURF DELTA: LA NUEVA OLA

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El deporte veraniego está asociado con playas tropicales, chicas amistosas y postales idílicas. Sin embargo, Irlanda se ha convertido en la nueva meca del surf. Con un inusual gusto masoquista, de todas partes del mundo llegan viajeros atraídos por las grandes olas que se registran en las costas del norte del país. Pero hay un único inconveniente: el frío. ALMA MAGAZINE nos cuenta las peripecias de dos amigos que se zambulleron en las gélidas aguas del condado de Donegal y sobrevivieron para contarlo.

Texto: Felipe Real / Fotos: AFP

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Surf Celta.

Es la historia de alguien que quiere cumplir su sueño en el escenario equivocado. Como tantas otras comienza en un bar: Jonás es un camarero brasileño de rostro mulato y veintitantos años que llegó a Londres con la esperanza de juntar experiencias y libras. Y sólo logra lo segundo. Su simpatía tropical y sus ganas de trabajar le garantizan interesantes propinas en un concurrido bar de Picadilly Circus, uno de los barrios más cosmopolitas. Pero como contrapartida tiene pocas amistades, se aburre bastante y la capital inglesa jamás logra seducirlo con sus atiborrados museos ni con sus conciertos. Según Jonás, nada se equipara con el encanto de un chapuzón en el inabarcable y cristalino mar donde surfear hasta que su cuerpo diga basta. Durante varios meses, Jonás mantuvo en secreto su insatisfecho deseo hasta que Matt, un cliente oriundo de Dublín, le comentó que el mejor lugar de Europa para practicar surf era Irlanda. “Tenemos que ir un fin de semana, los precios de los vuelos son accesibles”, dijo. “Te juro que nunca hay glass”, insistió él. En el argot, glass significa “mar calmo, plano, sin olas”. Movido por ese deseo y las escasas nociones de geografía, el brasileño dijo que iría si le traía pruebas de que allí se podía practicar surf. Al poco tiempo, Matt apareció con un artículo periodístico que decía que fanáticos de todo el mundo se daban cita en el condado de Donegal, la “nueva meca del surf”. Según el periódico, en un día normal se registran olas parejas de hasta 3 metros y en el último invierno se pudieron apreciar dantescas olas de hasta 17 metros. Sin tener una idea cabal del frío de esa región, guiado por un deseo incontenible de surfear, Jonás organizó un viaje de dos días junto a su amigo. Así fue que llegaron a Dublín, rentaron un automóvil, visitaron a unos amigos que les prestaron ropa térmica y las tablas antes de partir rumbo al rústico condado campestre. Podemos suponer que Jonás no sólo realizaba ese viaje con la esperanza de deslizarse por las olas sino también con una ilusión secreta e inconfesable: sentirse –por lo menos un instante– en su hogar, bajo la línea invisible de Capricornio. Tras varias horas de conducir, después del mediodía, llegaron al lugar recomendado. Matt notó en Jonás la cara de desilusión: él no esperaba palmeras ni guayabas, pero sí algunas muchachas en traje de baño. A cambio, sólo había unas gaviotas que resistían la llovizna. Jonás miró por un instante las playas enmarcadas por los abruptos acantilados y los grises, siempre grises, nubarrones del cielo gaélico. El paisaje sugería una belleza primitiva, antigua y despojada. Estaba claro que él había viajada hasta ahí y no iba a renunciar por el frío. Ansioso como un pez que quiere volver al agua, salió del auto, respiró el aire salado y bajó corriendo hasta la orilla. Al sentir que el viento raspaba su piel cetrina, comprendió que no podría evitar el traje isotérmico. Cuando subió a buscarlo, se encontró a Matt con cara de enfado: Jonás, en su desesperación, había cerrado el auto dejando las llaves dentro. Sin dejar de probar todos los trucos, debieron aceptar que tendrían que pedir ayuda para abrirlo.

ANCESTROS CELTAS

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Surf.

Basta recordar que los vikingos fundaron las primeras poblaciones de Donegal para comprender que los irlandeses han estado vinculados al mar desde siempre. Sin embargo, no sería hasta 1949 que Joe Roddy, hijo del guardia del faro, construyera la primera tabla y se lanzara a conquistar las olas. No obstante, Kevin Cavey es considerado el padre del surf celta. En 1960, tras leer un reportaje en la revista Reader’s Digest se decidió a practicar la disciplina y seis años después sería el primer irlandés que lograba llegar a cuartos de fi nal en un campeonato mundial. No menos épica es la experiencia de John McCarthy que, valiéndose de dos motocicletas de agua, fue un pionero al deslizarse por la Aill na Searrach, una ola gigante que enorgullece a los nativos. Su proeza fue registrada en el documental And Then the Wind Died… que suele proyectarse en los festival de música y cultura surf. De todas formas, la figura más atractiva del panteón celta es Easkey Britton. Por su perlada sonrisa y su piel bronceada, podría confundirse con una sirena blonda varada en la costa nórdica que encandila a los marineros y a los arriesgados deportistas. Integrante de una distinguida familia de surfers, ganó en tres oportunidades el Irish Women´s Champion. Mientras no se dedica a recorrer el mundo montada en su tabla, brinda clases de surf y es una de las profesoras más requeridas. Con la llegada de surfers de todo el mundo, la economía de Donegal dio un giro significativo. Ahora florecen escuelas especializadas en los deportes náuticos y empresas turísticas destinadas a acoger a los viajeros que quieren introducirse, con un inusual atractivo masoquista, en las glaciales corrientes. Curiosamente, también son muy solicitadas las cabalgatas a toda velocidad por la orilla del mar, un paseo que conjuga las viejas tradiciones ecuestres con el nuevo culto al derroche de adrenalina. Como era de esperar, se abrieron nuevos pubs que cada noche derraman hectolitros de whisky y cerveza en los vasos de aquellos que pretenden recuperar el calor perdido después de largas sesiones acuáticas. La diversión y las amistades nunca suelen faltar ya que, además, se organizan festivales de música celta que dan vida a las largas noches y a los lluviosos días. “Antes era raro cruzarse a un joven en la calle porque todos se iban del pueblo. Ahora es raro no cruzarse con un joven forastero”, contó un vecino. De los Beach Boys a esta parte, todos saben que el surf y el sexo tienen una íntima relación. Y el caso irlandés no es la excepción. Pese a que no abundan las chicas en bikini, los amantes de este deporte se las ingenian para seguir derramando endorfi na fuera del agua. Después de recorrer la zona a pie, Matt y Jonás encontraron una antigua casa de piedra, donde funcionaba una especie de taberna. Al entrar, todos los parroquianos se dieron vuelta para mirar a los extraños. Por un instante, los nuevos amigos creyeron haber llegado al sitio menos indicado. Un hombre, que hablaba un dialecto muy cerrado, les preguntó qué buscaban sin demasiada cortesía. Con toda diplomacia explicaron que necesitaban abrir la puerta de un automóvil sin dañar la cerradura, temiendo ser confundidos con burdos ladrones. Sullivan –así se llamaba el dueño del sitio– se alejó y al rato regresó para emitir unos sonidos guturales. Por suerte, su mujer explicó que el cerrajero del pueblo los pasaría a buscar ni bien se liberase. Cansados de maldecir su suerte, se dedicaron a probar un caldo de bacalao y matizaron la espera con algunas pintas de cerveza. Recién cuando se disponía a caer el sol, pudieron abrir el auto y no les quedó otra que volver al pueblo, buscar un pub y esforzarse por conseguir compañía femenina. Resta informar que el brasileño, por su condición de extranjero, logró interesar a las nativas más que su guía local. Al día siguiente, como indica la norma, se presentaron en la playa con los primeros rayos de sol; por un instante el mar se puso violáceo antes de recuperar su aspecto habitual. Las olas superaban los 2 metros y tardaban varios segundos en romperse. El cielo, siempre gris hielo. La temperatura: 9 grados; podría ser peor. Era obligatorio usar trajes de neoprene; parecían pingüinos empetrolados. Sólo las manos, los pies y la cara quedaron sin cubrir. Ahora nada iba a interponerse: Jonás podría, al fin, cumplir su sueño y cabalgar sobre las olas. Al tocar el agua sintió que los pies se quemaban. Retrocedió unos pasos extrañando la tibieza de las aguas de Brasil. Sin amilanarse, enfrentó las olas con su tabla y siguió adelante. Matt lo alcanzó e intentó demostrarle cómo encararlas, pero fracasó en su primer intento. Era el turno de Jonás: analizó la corriente y se colocó donde nacían las olas. Así fue que logró subirse a una, para envida de su amigo. Arriba, mientras se deslizaba, se sintió por un instante en su pueblo natal bajo el sol tropical. Al caer, la temperatura del agua se encargó de recordarle adonde estaba. En poco menos de una hora, Jonás comenzó a sentir esa sensación de hormigueo y pinchazos, anuncio del principio de la hipotermia. Volvieron rápidamente a tierra. Su piel estaba blanca y dura. Como una res vacuna recién salida de un frigorífi co. Así se sentía Jonás. “¿Cómo estuvo eso?”, preguntó Matt. “Muy bien, pero debo admitir que no siento las manos ni los pies”, respondió Jonás. “No quiero que pienses que estoy loco, pero para volver a sentirlos será conveniente que uses la técnica de los esquimales”, retrucó Matt. Y Jonás, con desagrado y sin poder mover sus dedos para bajar la cremallera, tuvo que rociar sus manos con el único líquido caliente disponible. “La próxima vez, iremos a Brasil”, prometió Matt. “Sería lo mejor”, respondió Jonás.


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