SYD BARRETT: LOS PASOS DEL CALLEJÓN SIN SALIDA

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¿Cómo un ser humano puede dilapidar toda una fuente de recursos cargada de magia y convertirla en restos de un naufragio? ¿Cómo alguien puede transformarse en un monstruo o en una ameba? ¿Cómo es la cabeza de un hombre, presunta enjambre de sueños y promesas, para tornarse en un columpio que no tiene dueño y se mece a velocidades que sacan de quicio a los que están fuera de su órbita?

El misterio del músico inglés Syd Barrett volvió a tocar mi puerta en estos días. Alcanzado por los estertores de los malditos números redondos –en enero pasado hubiese cumplido 70 años, y nos dejó una década atrás, el 7 de julio de 2006– y ayudado por el azar –un amigo me regaló semanas atrás una biografía señera: Crazy Diamond. Syd Barrett and the dawn of Pink Floyd–, volví a escuchar sus dos discos solistas y el magistral álbum debut que grabó con el grupo de sus amigos de Cambridge, The Piper At The Gates Of Dawn (1967). Más que comprobar alguna hipótesis, esta vez solamente decidí dejarme llevar.

En lo puntual, el joven y bello antiguo líder de Pink Floyd desertó muy rápido de las bondades que el estrellato del mundo del pop le dispensó por su talento inusual y carisma sin par. Sin embargo, todas esas mieles que le endulzaron los oídos, también le prodigaron un avistaje de un infierno que estaba a la vuelta de la esquina. El consumo indiscriminado de alucinógenos y píldoras, conspiró para que su carácter anárquico potenciase los fantasmas más recónditos.

En la biografía citada, Mike Watkinson y Pete Anderson sintetizan muy bien en varias líneas ese particular momento que transitó el hacedor de canciones tan envidiables como See Emily Play: “Cuando Syd Barrett tenía 16 años descubrió a The Beatles y se le metió en la cabeza convertirse en una estrella del pop. Barrett no creía en ningún tipo de disciplina. ¿Qué mejor manera de trascender las pequeñas reglas de la sociedad que ser una estrella del pop con éxito y suficiente dinero para hacer lo que le plazca? Curiosamente, fue después de que su sueño se cumpliera cuando surgieron los problemas de Syd. Había anhelado estar libre toda su vida, sin embargo, en su estatus de celebridad, las cosas no eran muy diferentes y en muchos casos eran peores. Tenía dinero, chicas guapas y ropa de colores pero se esperaba de él que viviera y se comportara de cierto modo –este nuevo conjunto de reglas no fue bienvenido–. Además de todo esto, el consumo de drogas de Syd, que siempre había sido considerable, creció en proporción a su fama. (…) Un carácter más estable podría haber resistido esas presiones pero la frágil constitución de Syd fue poseída por la maquinaria del rock and roll. La muerte de su padre cuando Syd tenía 15 años y la subsiguiente libertad que disfrutó ayudaron a forjar su falta de disciplina”.

Soportar las presiones de lo que se espera de uno, las obsesiones que desbordan al hombre más equilibrado, también hicieron mella en esos años 60 en varias estrellas del pop. Algunos popes terminaron mal, como Jimi Hendrix. Otros, como Brian Wilson –el cerebro musical y estético de los Beach Boys–, bordearon el precipicio, y si bien lograron quedar de este lado, en el camino perdieron ese foco que los había hecho singulares.

Y si de iluminados hablamos, unas tardes atrás me crucé con la Poesía Completa (1970-2000) del poeta español Leopoldo María Panero, otro atizador de certidumbres. Así comienza su escalofriante poema “Los pasos del callejón sin salida”: “El suplicio de la noche y el suplicio del día / el suplicio de la realidad y el suplicio del sueño / despliegan ese movimiento que se ignora y al que otros pudieron, / no sé cómo, llamar ‘vida’, / como una tortura / que desde lejos en la oscuridad pensara / un animal sin ojos con el alma dormida / soñando esta pesadilla…”.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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