TENORES LATINOS: EL BOOM DEL CANTO LIRICO

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Los herederos de los tres tenores –Pavarotti, Domingo y Carreras– son cantantes latinoamericanos. Con el peruano Juan Diego Florez a la cabeza, mexicanos, argentinos, colombianos y uruguayos son tratados como verdaderos “stars” de la lírica mundial. Algo que nunca antes había ocurrido en el continente con esa simultaneidad.

Texto: Agustín Atir / Fotos: AFP/ AP

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Vargas interpreta al Idomeneo de Mozart, en Salzburgo, donde nació el compositor.

En marzo de 2003, en plena representación de L’italiana in Algeri, de Gioachino Rossini, los espectadores de la Scala de Milán se pusieron de pie para ovacionar durante 14 minutos al tenor peruano Juan Diego Florez cuando terminó de interpretar el aria Languir per una bella. En la historia de ese mítico teatro lírico existen escasos antecedentes de un acontecimiento similar. El público de la Scala, famoso por su exigencia, silbó hace pocos meses a Roberto Alagna, y en los años ’70 llegó a reprobar a María Callas. Por lo tanto, ese entusiasmo en medio de la función refleja el delirio que suscita este peruano de 34 años, a quien Luciano Pavarotti eligió como su sucesor. Convertido en un personaje del jet-set que aparece con frecuencia en la revista People, el fervor que desencadena Florez en cada uno de sus recitales no es —curiosamente— un fenómeno aislado. El aspecto más asombroso de esa tendencia es que una pasión similar provocan los otros tenores latinoamericanos que protagonizan actualmente el “boom de la lírica latina” en Europa y Estados Unidos: los argentinos José Cura y Marcelo Alvarez, los mexicanos Rolando Villazón y Ramón Vargas y —aunque menos famosos—, el venezolano Aquiles Machado y el barítono uruguayo Erwin Schrott. Nunca América latina tuvo una presencia tan fuerte, en el mismo momento, en la lírica mundial. Los críticos consideran que de ese grupo surgirán los sucesores de los famosos tres tenores que dominaron el bel canto en los últimos 25 años: el italiano Luciano Pavarotti, y los españoles Plácido Domingo y José Carreras. Ese fenómeno todavía no alcanzó a las voces femeninas, aunque hay algunas sopranos que comienzan a despuntar a nivel internacional, como la mezzo argentina Bernarda Fink, o las sopranos chilenas Cristina Gallardo-Domas y Angela Marambio, la colombiana Patricia Caicedo y la mexicana Rosa Elvira Sierra. Por el momento, el boom está limitado a las voces masculinas.

A los 35 años, convertido en el “niño mimado” de Plácido Domingo, el mexicano Rolando Villazón también comienza a ser conocido fuera de los ambientes especializados, gracias a una serie de temas populares de zarzuela que inmortalizó en “Gitano”, un CD que grabó en 2001.

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El peruano Florez es el principal referente de la avanzada latina en el mundo de la lírica.

El principal exponente de esa nueva generación de talentos líricos de origen latinoamericano es, sin duda, Juan Diego Florez. Su popularidad obedece tanto a su talento como a la pasión que despierta en el público femenino. En una edición de la revista norteamericana Vanity Fair dedicada a las nuevas estrellas de la música, fue el único intérprete de ópera que apareció junto a una constelación de cantantes rock and pop. La prensa del espectáculo rivaliza en superlativos para calificarlo: como decir que era “el sucesor de Pavarotti” les pareció insuficiente, ahora también lo llaman “el Tom Cruise de la ópera”, “el Beckham del bel canto” o “el cuarto tenor”. La revista People lo ubicó entre los 50 hombres más guapos del mundo. Ese éxito se debe, tal vez, a los sentimientos que despierta su estilo en una parte de su auditorio: “Un buen tenor representa la autenticidad sexual de sus pasiones…”, suele decir. A pesar de que una parte de su éxito reposa en el charme que ejercen su voz y su presencia física, Juan Diego Florez nunca se dejó arrastrar por el vedettismo: a todos los viajes lo acompaña su novia, Julia Trappe, una esbelta rubia alemana con quien vive desde hace un par de años en Bergamo, Italia. Nacido en un país con una gran tradición de tenores de fama mundial —como Alessandro Granda, Luigi Alva y Ernesto Palacio—, Florez alcanzó su consagración en 1996 en el Festival de Pesaro cuando reemplazó a un tenor que cayó súbitamente enfermo. El director Riccardo Muti, presente en ese santuario rossiniano, le propuso un contrato para cantar al año siguiente en la Scala. Desde entonces cantó en todas las catedrales de la lírica mundial: la Opera de París, el Covent Garden de Londres, el Metropolitan Opera House de Nueva York, la Arena de Verona, la Staatsoper de Viena, la Maestranza de Sevilla, el Festival de Salzburgo, el Teatro del Liceo de Barcelona, la Opernhaus in Zurich y la Deutsche Oper Berlin. ¿Qué más puede pedir un cantor de ópera apenas 10 años después de haber comenzado su carrera? El único lugar que le falta conquistar es Bayreuth. Pero Florez es consciente de que jamás subirá a la “colina sagrada” donde se encuentra ese templo wagneriano: por sus características vocales, que los expertos califican como “tenor ligero”, su estilo expresa maravillosamente toda la colorattura de Rossini, Donizetti y algunas óperas de Verdi y Mozart, pero no se adapta al estilo lúgubre de Wagner. En gran medida, su popularidad le debe mucho al éxito que tuvieron sus grabaciones de temas populares. Su álbum “Sentimiento latino”, editado en 2004, incluye los grandes mitos de la canción latinoamericana, como Alma llanera, La flor de la canela, Fina estampa, El día que me quieras, Granada, Júrame, En mi viejo San Juan, Siboney, Aquellos ojos verdes y México lindo. Ese acercamiento de los intérpretes líricos a la música popular no constituye una novedad. Sin temor a ser estigmatizado por los puristas del bel canto, Enrico Caruso grabó en los primeros años del siglo XX una serie de canzonetas como O sole mio, Addio a Napoli y Cuba. Ese ejemplo fue imitado en la década del 80 por los “tres tenores”, en particular por Pavarotti, que grabó más de 25 CD’s con temas populares y toda la serie de “Pavarotti & friends”, en los que compartía la cartelera con estrellas de la música rock & pop.

El argentino José Cura es un artista que reúne múltiples talentos: puede ser intérprete y director, pero fue el primer artista que ejerció ambas responsabilidades simultáneamente. En febrero de 2003 en la Opera de Hamburgo: primero dirigió Cavalleria Rusticana y luego del intervalo subió al escenario para interpretar el personaje Canio en Pagliacci.

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Histriónico e informal, el mexicano Villazón seduce a un público amplio y poco elitista.

El gran “rival” de Juan Diego Florez en esa carrera de la fama es, sin duda, el mexicano Rolando Villazón, otro exponente de esa generación de nuevos talentos que armoniza tres cualidades que raramente puede reunir un tenor: además de un poderoso timbre de voz —comparado con frecuencia a Plácido Domingo—, posee un talento histriónico que le permite imprimir un gran dramatismo a sus personajes y también es uno de los tenores más buenmozos del circuito lírico. El público actual, cansado de tenores obesos y sin gracia física que representan personajes románticos inmóviles en medio del escenario, comienzan a plebiscitar a intérpretes estilizados, guapos y capaces de teatralizar el dramatismo que requiere cada ópera. Villazón, que aprendió a cantar imitando a Plácido Domingo, no se irrita cuando lo definen como “il piccolo Domingo”. Después de estudiar con la soprano Joan Sutherland en San Francisco, obtuvo su consagración mundial en 1999 cuando ganó el Premio del Público, el Premio Zarzuela y el segundo premio del Concurso Plácido Domingo-Operalia. Un año después pudo mostrar la gama completa de su talento cuando tuvo que reemplazar en la Opera de París a su compatriota Ramón Vargas en el papel estrella de Rodolfo, en La Traviata, de Verdi. Pero su verdadera coronación se produjo cuando comenzó a cantar con la temperamental soprano rusa Anna Netrebko, la nueva estrella de la lírica mundial, una mujer de inquietante belleza. Desde el primer CD que grabaron juntos, precisamente La Traviata, eclipsaron a la pareja de moda, formada por la rumana Angela Gheorghiu y el francés Roberto Alagna. Después confirmaron ese fenómeno con la grabación de un vasto repertorio romántico integrado, entre otros, por La Bohème, L’Elisir d’amore y un CD titulado Duetos. En un mundo cada vez más prisionero de la atracción que ejerce el star system, Villazón- Netrebko se transformó en una pareja exitosa, pero su vínculo se limita exclusivamente al terreno artístico. En la vida real, Villazón vive en París con su esposa, Lucía —de la cual se enamoró hace casi 20 años—, y sus dos hijos. Anna Netrebko comparte su vida con el barítono italiano Simone Alberghini. A los 35 años, convertido en el “niño mimado” de Plácido Domingo, que suele dirigirlo en gran parte de sus presentaciones, Villazón también comienza a ser conocido fuera de los ambientes especializados, gracias a una serie de temas populares de zarzuela que inmortalizó en Gitano, un CD que grabó en 2001. La fulgurante irrupción de Florez y Villazón — a medida que declinaban las estrellas de Pavarotti, Domingo y Carreras— eclipsó en parte a otros tenores latinoamericanos que habían comenzado a brillar en la escena mundial. Uno de ellos es el argentino José Cura, un artista que reúne múltiples talentos: como Plácido Domingo, puede ser intérprete y director, pero fue el primer artista que ejerció ambas responsabilidades simultáneamente. Cura escribió una página curiosa en la historia de la lírica en febrero de 2003 en la Opera de Hamburgo: en un acontecimiento sin precedentes, primero dirigió Cavalleria Rusticana y luego del intervalo subió al escenario para interpretar el personaje Canio en Pagliacci. También es uno de los pocos tenores que tienen la inusual capacidad de poder cantar también como barítono. Finalmente, desde hace poco tiempo también es empresario.

En una edición de la revista norteamericana Vanity Fair dedicada a las nuevas estrellas de la música, Juan Diego Florez fue el único intérprete de ópera que apareció junto a una constelación de cantantes rock and pop (…) La revista People lo ubicó entre los 50 hombres más guapos del mundo.

RAI: LA TRAVIATA

El argentino Cura sorprendió a sus colegas al fundar su propia compañía artística.

Tan admirado como discutido, José Cura volvió a conmover al mundo lírico en 2002, cuando fundó su propia compañía de producción artística y discográfica. Por eso tal vez se dice que es “un hombre pulpo que abarca demasiado”, pero no se concentra en nada. A los 44 años, luego de haber cantado en todos los grandes teatros del mundo, esa dispersión parece haber conspirado contra su éxito. Considerado uno de los mejores intérpretes de Puccini de todos los tiempos, bifurcó hacia Verdi y consagró una parte de su energía a la dirección orquestal de las grandes obras de Serge Rachmaninov y Antonin Dvorak. Como la mayoría de sus colegas de la nueva generación, también comprendió la importancia que tenía explorar la música popular. En 2002 editó Boleros, un CD que reúne los mejores temas románticos, y el mismo año interpretó Songs of love en dúo con la soprano polaca Ewa Malas-Godlewska. Otro argentino, Marcelo Alvarez, forma parte de esa generación de nuevos tenores. Aunque comenzó su carrera relativamente tarde, a los 30 años, debutó como la mayoría de sus colegas reemplazando a un tenor enfermo en la Opera de Génova. Pero, gracias a su voz totally seductive —como escribió el San Francisco Examiner—, rápidamente se convirtió en una de las grandes figuras del mundo lírico. A diferencia de los otros integrantes de esa generación, Alvarez no quiere desaparecer como una estrella fugaz. Por eso cuida su voz y su repertorio. “No quiero asumir riesgos peligrosos. Quiero cantar a la manera de Alfredo Kraus (el gran tenor español que nunca quiso formar parte del star system creado por Pavarotti, Domingo y Carreras). No me importa si no tengo grabaciones”, afirma. En 15 años de carrera grabó apenas ocho discos y, en cambio, prefiere inmortalizar sus representaciones o recitales en DVD. A los 45 años, tampoco está dispuesto a hacer ciertas concesiones populares: “Todo es negocio. Pavarotti y Domingo llevaron la ópera para la gente. Pero lo importante es cómo se enfrenta el megaconcierto. Al principio los tres tenores fueron geniales, pero después se empezaron a usar distintas canciones y distintos modismos que no tienen nada que ver con la ópera. En eso, ya no estoy de acuerdo”. Pese a todo, aceptó entablar un diálogo con el gran público cuando decidió grabar los grandes éxitos de Carlos Gardel.

Cristina Gallardo-Domas

Las latinas también ganan prestigio. Un ejemplo es la chilena Cristina Gallardo-Domas.

El primero de los latinoamericanos que realmente triunfaron en el exterior fue, probablemente, el mexicano Ramón Vargas. Su consagración se produjo en 1986, cuando ganó el concurso Enrico Caruso en Milán. A partir de ese momento comenzó una larga carrera que lo llevó progresivamente a todos los grandes escenarios del mundo. Durante años, hasta que fue relativamente eclipsado por la nueva generación, Vargas estaba considerado uno de los cinco mejores tenores del mundo. Ahora, a los 47 años, su nombre suele ser invocado como modelo de elegancia y de honradez: “Después de la muerte de Alfredo Kraus, es bueno saber que su lección de integridad musical y estilística no se perdió por completo”, escribió el crítico Stéphane Bouteloup en la revista especializada Le Monde de la Musique. De los 27 discos que grabó durante su carrera, siete integran temas populares destinados a salir de la élite para conquistar un público más amplio (México lindo, Corazón mexicano, Canzoni, Canciones goyescas, Navidad desde México, Christmas with Ramón Vargas y Suite española). Detrás de la primera línea de intérpretes consagrados mundialmente aparece una nueva generación que también pugna por surgir y que comienza a demostrar su talento en los principales escenarios. El venezolano Aquiles Machado (34 años), discípulo de Alfredo Kraus en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, creó estupor en la Scala y el Metropolitan Opera House con la proyección de su voz y el brillo de sus agudos. En una especialidad menos “prestigiosa”, el bajo barítono uruguayo Erwin Schrott no sólo seduce por su timbre de voz oscuro y sonoro, sino por el magnetismo que irradia en escena, como un verdadero latin lover. Descubierto por Plácido Domingo en 1996 y consagrado en el Festival Operalia, inmediatamente ingresó en el círculo de privilegiados que integran las grandes figuras mundiales como Ruggiero Raimondi, José van Dam y Thomas Hampson. A los 34 años, ya cantó en los teatros más prestigiosos —incluyendo la Scala— y bajo la batuta de los mejores directores del mundo, como Zubin Mehta, James Levine, Riccardo Muti, Antonio Pappano y el francés Lorin Maazel, que después de dirigirlo en Don Giovanni en el Palau de les Arts de Valencia formuló un cálido elogio sobre su potencial artístico: “Tiene un instinto muy fuerte y es un personaje extraordinario sobre la escena. Además es un hombre atractivo y carismático; aprecio a los artistas que tienen ese carisma, esa magia que cautiva a los mejores públicos”. Incluso lo consideró “más creíble, más humano” que Raimondi cuando interpretó la versión de Don Giovanni filmada por Joseph Losey en 1979. “Alvarez dibuja un retrato de Don Giovanni con sus debilidades y dudas; por el contrario, Raimondi era más oscuro. Si tengo que elegir —concluyó—, me quedo con Schrott: es más simpático”. Con seis intérpretes masculinos de primera línea internacional, la lírica latinoamericana se está imponiendo como una referencia mundial. En momentos en que el star system reclama nuevas figuras, la seducción latina también empieza a imponerse en el mundo de la ópera.


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