TERRORISMO VASCO, UNA META: VETARLOS

0

La organización separatista armada vasca tiene en vilo a la sociedad española desde hace cuatro décadas. Sembrando el terror con bombas y asesinatos a mansalva, con sus jerarcas varias veces apresados en España y Francia, su popularidad viene acusando fuertes muestras de rechazo y agotamiento. Sin embargo, según algunos analistas, su próxima misión es convencer al planeta entero de que el gobierno español es el verdadero culpable de que ETA deba regresar a las armas.

Texto: María Laura Carpineta / Fotos: AP / AFP

Spain Basque ETA

Tras el cruel asesinato de un guardia civil, miles de españoles salieron a manifestar su oposición contra la violencia de ETA.

Eran las 3.05 de la madrugada del domingo 8 de junio último. Las camionetas entraban y salían del galpón, interrumpiendo el silencio y la oscuridad del parque industrial. A pocos metros de allí se extiende la ruta nacional que conduce al aeropuerto de Bilbao. En ese momento estaba totalmente desértica, ni un auto ni un camión se veía en el horizonte. Cuando la bomba estalló se escuchó a varios kilómetros a la redonda. ETA había vuelto a atacar. El galpón pertenecía a la imprenta del periódico El Correo, el matutino de mayor tirada de la región vasca y uno de los principales críticos de la organización radical. Ese domingo, la tapa iba a ser la pugna entre el gobierno del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y el español de José Luis Rodríguez Zapatero. Pero la bomba cambió todos los planes. El periódico llegó recién cerca del mediodía a los puestos de venta y la portada era otra. En el editorial, el director Juan Carlos Martínez aseguraba: “ETA no nos silenciará”. Hoy cada bomba, cada asesinato, cada amenaza desnuda la nueva situación política y militar de ETA. Ese mismo mediodía el gobierno, la oposición, el PNV, los empresarios locales y la mayoría de la sociedad vasca salieron al unísono a repudiar el atentado. A favor del ataque no habló nadie. Algunos, como siempre, callaron. Pero ya nadie celebró en Bilbao. Lejos parecen haber quedado los años 70, cuando la organización tenía la fuerza como para asesinar al presidente de la Nación en pleno Madrid; o el apoyo popular para ganar alcaldías y concejalías en la mitad de País Vasco e incluso en territorios ajenos como Barcelona. Hoy, la historia es diferente. Los terroristas se restringen a su región en España y Francia, y ya no atentan contra represores o autoridades de la dictadura franquista, sino contra inmigrantes, periodistas y jueces. Dos días antes de las últimas elecciones generales, la organización separatista asesinó a un ex concejal socialista de Arrasate, una localidad vasca. Isaías Carrasco tenía 43 años y trabajaba en una cabina de peaje de la autopista. Un comando etarra le pegó tres tiros en la espalda cuando salía de su casa de la mano de su hija.

Referéndum polémico

“¿Está usted de acuerdo en apoyar un proceso de final dialogado de la violencia si ETA manifiesta de forma inequívoca su voluntad de poner fin a la misma para siempre? ¿Está usted de acuerdo en que los partidos vascos inicien una negociación para alcanzar un acuerdo democrático sobre el ejercicio del derecho a decidir del pueblo vasco, y que dicho acuerdo sea sometido a referéndum antes de que finalice el año 2010?” Esas son las dos preguntas que el presidente regional vasco Juan José Ibarretxe quiere presentar en un referéndum el 25 de octubre próximo. El gobierno español de José Luis Rodríguez Zapatero ya adelantó que no permitirá la consulta, a la que considera ilegal ya que indirectamente podría abrir la puerta a una declaración de independencia. Según los socialistas y los conservadores del Partido Popular, Ibarretxe, un hombre del aparato del Partido Nacionalista Vasco (PNV), está intentando avanzar en las demandas de independencia, sin llegar a rechazar claramente a la ETA. La dirigencia de Madrid sigue sospechando que los vínculos entre el PNV y la organización armada nunca terminaron de romperse, como dijeron públicamente los etarras a fines de los 50. Además, sostienen, Ibarretxe está intentando forzar al gobierno español a prohibir el referéndum, para presentarse como un nacionalista vasco perseguido. Las encuestas indican que el PNV podría perder por primera vez en las elecciones regionales de marzo próximo a manos de los socialistas. La mayoría de los vascos está hoy totalmente desencantada con la lucha armada de los etarras. Según una encuesta de la Universidad del País Vasco, un 60% rechaza sin miramientos al grupo vasco, el 17% opina que la violencia ya no está justificada, un 12% está de acuerdo con sus fines, pero no con sus medios y apenas el 3% apoya parcialmente sus acciones. El grupo separatista rompió su última tregua el año pasado, al hacer explotar una bomba en el aeropuerto de Barajas. En el atentado murieron dos inmigrantes ecuatorianos y las esperanzas de millones de españoles y vascos. Desde entonces mataron a cuatro personas más. El fin del diálogo y los asesinatos provocaron la ira de los vascos, quienes ya cansados de la tibieza del PNV podrían buscar dar un golpe de timón a los más de 30 años de dominio del partido de Juan José Ibarretxe.

SPAIN-BASQUES-CEASEFIRE-FILES-DEMO

El mandatario español, José Luis Rodríguez Zapatero, y la cúpula del PSOE encabezaron un acto solicitando que los etarras abandonen los métodos violentos.

Cuarenta años atrás, ETA concretaba su primer asesinato premeditado y su víctima era muy distinta a Carrasco. Melitón Manzanas era el jefe de la policía secreta de San Sebastián, además de un ferviente admirador de la Gestapo alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Sus ojos negro azabache y sus duras facciones intimidaban de inmediato. Su uniforme de joven oficial franquista hacía el resto. Quienes lo conocieron en aquella época lo calificaron más tarde como uno de los torturadores más sádicos y crueles de la dictadura franquista. Por sus manos pasaron cientos de militantes del PNV, comunistas y socialistas. “Recuerdo con horror aquellos interrogatorios de Manzanas por las tardes, cuando empezaba con los golpes, las patadas salvajes y los insultos. La segunda vez que caí, me obligaron a desnudarme, me ataron de pies y manos, me arrodillaron sobre un montón de gravilla, me presionaron los pies mientras me daban tortazos tremendos”, contó en 2001 Ildefonso “Poncho” Aguirre, un ex militante de la juventud vasca que en los 60 compartió protestas e ideales con los primeros miembros de ETA. Otros cuentan que los “incentivaba” pasándoles la picana eléctrica por el cuerpo y quemándolos con cigarrillos. En 2001, el ex presidente español José María Aznar, aliado de George W. Bush en la “guerra contra el terrorismo”, lo condecoró con la primera Orden Real de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo.

Emocionados por el clima de efervescencia de lucha nacionalista en todo el mundo, los principales líderes de Ekin decidieron dejar las aulas y los análisis históricos para pasar a la acción concreta. En 1959, decidieron separarse del PNV y formaron Euskadi Ta Askatasuna (País Vasco y Libertad en euskera), más conocida como ETA. Su primera cúpula estuvo formada íntegramente por estudiantes universitarios.

Poncho Aguirre y muchas de sus víctimas no celebraron en 1968 su asesinato porque no compartían los métodos violentos de ETA. Pero para ellos Manzanas nunca fue una víctima. Para cuando ETA irrumpe en la escena nacional e internacional con los asesinatos de 1968, el grupo armado ya tenía más de diez años de antigüedad. A principio de los años 50, varios amigos habían decidido formar un grupo de estudios en la universidad. La idea era estudiar euskera (la lengua vasca), la historia de su nación, sus símbolos, sus costumbres y los valores vascos. Aunque la entrada era restringida dada la persecución política del régimen, Ekin (emprender en euskera) fue creciendo de a poco. Los hijos de las grandes familias vascas y los jóvenes militantes del PNV estaban allí, discutiendo. No sabían bien qué hacer, pero sabían que había que hacer algo. El gobierno vasco estaba en Estados Unidos en el exilio y las fuerzas represivas del dictador Francisco Franco ahogaban cualquier sentimiento o expresión vasca en el país. A finales de la década, el triunfo de la Revolución Cubana, la internacionalización de la guerra de Liberación de Argelia y el inicio de la resistencia activa al Apartheid en Sudáfrica parecían augurar un nuevo escenario mundial de luchas nacionalistas. Emocionados por el clima de efervescencia, los principales líderes de Ekin decidieron dejar las aulas y los análisis históricos para pasar a la acción concreta. En 1959, decidieron separarse del PNV y formaron Euskadi Ta Askatasuna (País Vasco y Libertad en euskera), más conocida como ETA. Su primera cúpula estuvo formada íntegramente por estudiantes universitarios: Eneko Irrigaría, López Dorronsoro, Alvarez Emparanza, Benito del Valle, Juan Manuel Aguirre, Julen Madariaga y Patxi Iturrioz. En estos primeros tiempos, ETA se definió como aconfensional, rechazando abiertamente la cúpula de la Iglesia Católica, pero se mantenía fiel a la doctrina social del cristianismo. La independencia del País Vasco fue su primera y más importante demanda. La moral, la amistad y la juventud marcaban esta etapa inicial de la organización, mientras que la lucha armada no llegó sino años después. En 1961, intentaron sin éxito descarrilar un tren en el que viajaban veteranos de guerra y más tarde lograron colocar algunas bombas, pero no llegaron a ganar demasiada atención. Finalmente, en 1964 y ante la impaciencia de los jóvenes vascos, la organización se lanzó ofi cialmente a la lucha armada. Inmediatamente y sin mediar asesinatos ni grandes atentados, Franco dio la orden de hacer desaparecer a ETA. Para 1968, el año en que irrumpieron los primeros asesinatos, había 434 detenidos esperando sentencia, 189 condenados, 75 deportados y 38 exiliados. A medida que la represión crecía, también lo hacía la simpatía de la sociedad española hacía el radicalismo vasco. El asesinato del presidente y sucesor de Franco, Luis Carrero Blanco, marcó el apogeo de esa popularidad. El 20 de diciembre de 1973, cien kilos de explosivos hicieron volar por los aires su auto y dejaron un cráter de casi siete metros de diámetro en el medio del centro de Madrid. La muerte de Blanco fue aplaudida en el exilio y celebrada en silencio por gran parte de los españoles. Como había sucedido con el represor franquista Manzanas, para la sociedad, ETA no sólo luchaba por la independencia vasca, sino también contra la dictadura. Esa impresión permitió que tras el fi n de la dictadura, el rey Carlos decretara una amnistía contra todos los presos políticos, incluidos los de ETA. Pero la transición a la democracia no convenció a todos los etarras, que ya venían divididos en dos facciones, conocidas como ETA militar y ETA político-militar. La primera rechazó la amnistía y denunció el Pacto de La Moncloa y a la nueva democracia que daba a luz. Para ellos no era más que una continuación del sometimiento franquista al pueblo vasco. La segunda facción, en cambio, celebró los cambios y en 1977, en la víspera de las primeras elecciones generales, se pronunció a favor de las urnas. La línea dialoguista dentro de ETA había desaparecido. Los próximos años serían los más sangrientos de la lucha independentista vasca.

Para cuando ETA irrumpe en la escena nacional e internacional con los asesinatos de 1968, el grupo armado ya tenía más de diez años de antigüedad. A principio de los años 50, varios amigos habían decidido formar un grupo de estudios en la universidad. La idea era estudiar euskera (la lengua vasca) y los valores vascos.

Javier Lopez Pena

En Francia fue arrestado uno de los principales ideólogos de la organización, Javier López Pena, conocido con el alias de Thierry.

Los 80 fueron el escenario del apogeo militar de ETA, aunque también marcaron el principio del fin para sus ambiciones populares. En la mañana del 18 de junio de 1987, un coche bomba explotó en el medio del estacionamiento de un mall en Barcelona y 21 personas murieron. ETA explicó que había avisado, pero la policía no evacuó el lugar. Las víctimas no eran guardias civiles ni represores de la dictadura. Esta vez la sociedad española no celebró, aunque faltarían todavía diez años para que su rechazo se convirtiera en repudio público. El quiebre definitivo se dio finalmente con la muerte de Miguel Angel Blanco, un concejal vasco de 29 años del Partido Popular (PP). ETA lo había secuestrado en la puerta de su casa y lo mantenía en cautiverio para negociar con el gobierno del socialista Felipe González. Querían intercambiarlo por el traslado de más de 400 etarras presos a las cárceles del País vasco. Pero González se negó y llamó públicamente a no castigar a Blanco. Pasaron los días y finalmente el cuerpo del concejal apareció en el medio de un bosque, con dos tiros en la cabeza. La brutalidad del mensaje provocó la reacción que hacía años se venía gestando entre los españoles. Más de seis millones de personas salieron a las calles con una misma convicción: “ETA asesinos”.

El precio de la traición

Dolores González Catarían fue la primera mujer en entrar al mando ideológico de ETA. Con apenas 19 años y con sólo dos años de militancia en la organización, la joven vasca se ganó la confianza y la amistad de los máximos líderes. A principios de los 70 tuvo que huir a Francia y su hermano fue detenido por la Guardia Civil. Ser buscado por la policía daba renombre entre los etarras y rápidamente Yoyes, como le decían sus compañeros de armas, se ganó fama entre la jerarquía. Durante los años siguientes participó de los atentados más importantes. Pero mientras más escalaba, más se daba cuenta de que la línea dura se había apoderado del aparato político de la organización. En 1980, después de pelearse con la cúpula, decidió dejar las armas y exiliarse en México. Una vez afuera, Yoyes dio un vuelco de 180 grados. Se puso a estudiar sociología y filosofía, e incluso trabajó durante un tiempo en la ONU, un organismo muy criticado por ETA. Continuó sus estudios en Francia y a mediados de los 80 negoció con el gobierno español para volver al país. Se amparó en el plan de reinserción social y apoyó implícitamente la transición a la democracia. Ya en suelo vasco, tuvo que negociar con ETA. Según cuenta en su diario, uno de los entonces dirigentes, Txomin Iturbe, le prometió que nadie la tocaría si ella mantenía un perfil bajo y no criticaba a la organización. Con su hijo en brazos, se instaló finalmente en San Sebastián. “Muchos son los culpables de esta injusticia, ¡demasiados! Hay también mucho silencio cómplice, mucho miedo en la gente ante todo, ante su propia libertad… ¡Cuánta mierda!”, escribió al poco tiempo de volver a su casa. Con Iturbe exiliado en Argelia, Yoyes quedó desprotegida y en menos de un año sus antiguos compañeros le hicieron pagar su “traición”. “Yoyes vengo a matarte”, le gritó un hombre en plena plaza de San Sebastián la mañana del 10 de septiembre de 1986. Le tiró tres tiros seguidos y cayó al lado de su hijo de tres años, Akaitz. Al día siguiente, ETA reivindicó el atentado y aseguró que Yoyes había traicionado a los suyos y a sí misma al acogerse al programa de reinserción del Estado. Pero para los nacionalistas vascos la imagen de la joven de 32 años desangrándose en el medio de la calle fue demasiado fuerte como para tolerarla. Después de todos, era una de las suyas. Había dejado las armas, pero no las reivindicaciones vascas.

Ese fue el final del silencio cómplice de la sociedad y de los partidos políticos. Las dos fuerzas más importantes, el PP y el Partido Socialista Español (PSOE), acordaron unirse contra el “terrorismo etarra”. Se podían pelear por todo, por la economía, la política exterior y las políticas sociales, pero no dividirse ante la amenaza vasca. Bajo este nuevo consenso se aprobaron las primeras leyes que reivindicaban e indemnizaban a las víctimas del terrorismo, se califi có como terrorista a la organización y, con el tiempo, a todos los grupos políticos, sociales y empresariales que la apoyaban. En abril de 2002, el Congreso español fi rmó una ley de partidos políticos, que ilegalizaba a cualquier fuerza que perteneciera de una u otra forma al llamado “entramado de ETA”. Con ese aval político, el juez Baltasar Garzón –famoso por conseguir la detención del dictador chileno Augusto Pinochet en Londres a fines de los 90– ilegalizó Batasuna, el brazo político de ETA y, durante los últimos años, arrestó y condenó a decenas de empresarios, militantes sociales y dirigentes políticos que colaboraban con el grupo independentista. Los golpes judiciales y financieros estuvieron acompañados por un recrudecimiento de la persecución policial. Desde la década del 90 hasta la actualidad, las fuerzas españolas y francesas descabezaron a la organización más de una vez. La última fue en mayo cuando detuvieron al supuesto número uno, Javier López Peña, alias Thierry, en Burdeos, Francia. Las organizaciones de familiares de etarras detenidos estiman que existen más de 1.700 presos desperdigados por las cárceles españolas, además de los cientos que se cree que están en el exilio. Según una investigación del periódico El País de España, ETA tendría hombres y mujeres en algunos países europeos como Francia, Italia, Alemania y Bélgica; en Sudáfrica, donde todavía mantiene las buenas relaciones de los años 60 y 70, cuando los radicales vascos apoyaban la lucha independentista del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela; y en América Latina. Además de sus conocidos contactos con La Habana, habría etarras operando en México, Uruguay, Argentina, Bolivia y Venezuela. La prensa española denunció recientemente que en este último país incluso estarían ocupando cargos en el gobierno. Arturo Cubillas, acusado de tres asesinatos durante los 80, trabaja desde 2005 como director adscripto a la Oficina de Administración y Servicios del Ministerio de Vivienda y Tierras. Su esposa es la directora del gabinete del presidente Hugo Chávez, o en otras palabras, la persona que le lleva la agenda al mandatario. Pese al desencanto y al rechazo que provocó la ruptura unilateral de la tregua con el gobierno de Rodríguez Zapatero a principios de año, las crecientes detenciones y las deserciones, ETA sigue vivo. Electoralmente, aunque sus fuerzas han sido ilegalizadas, los analistas españoles estiman que mantiene entre un 15 y un 18% de votos, lo que lo convertiría en la tercera fuerza del País Vasco. En los 70, su apoyo era de más del 25%, apenas superado por el PNV. A principio de junio, el periodista José Luis Barbería, uno de los hombres que más conoce la interna etarra, advertía: “Mantienen sus tentáculos exteriores y siguen trabajando, ahora empeñados en convencer a todo el mundo de que el gobierno de España es el verdadero responsable de que ETA tenga que volver a las armas”.


Compartir.

Dejar un Comentario