TIBET: LA LLAMA DEL DALAI LAMA

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Si los futuros Juegos Olímpicos de Pekín terminaban de ratificar a China como una de las naciones más poderosas del planeta, la aparición de un actor no grato para sus intereses parece que le va a arruinar la fiesta, empeñado como está en desnudar el sectarismo y la intolerancia del régimen. Aquí un abordaje de la épica del Dalai Lama –premio Nobel de la Paz 1989–, quien convirtió la defensa de una sociedad medieval en una causa planetaria.

Texto: Agustín Atir / Fotos: AFP

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Las protestas organizadas por los monjes fueron brutalmente reprimidas. Esas imágenes ya son una mancha para las Olimpíadas.

El actual presidente chino Hu Jintao no tiene suerte con el Tíbet. En marzo de 1989, cuando todavía era un oscuro secretario general de esa provincia autónoma, tuvo que ahogar en sangre una rebelión de monjes budistas. Ahora, a pocos meses de los Juegos Olímpicos de Pekín, una nueva revolución azafrán se cruza en el camino de Hu Jintao para empañar un acontecimiento concebido para glorificar al régimen y marcar –en forma espectacular– el ingreso de China al club de las grandes potencias mundiales. Las autoridades de Pekín tendrían que haber previsto que el polvorín iba a estallar. Los incidentes en el Tíbet siempre se producen para evocar un aniversario. En la actualidad no hace falta recurrir a una pitonisa para adivinar que la próxima ola de disturbios se producirá en marzo de 2009, cuando se celebre el 50° aniversario del levantamiento popular de 1959, que dejó 87 mil muertos sólo en la región de Lhasa. Ese episodio es generalmente conocido como el mito fundador de la resistencia a la ocupación china: el 17 de marzo de ese año, el Dalai Lama –que se sentía cada vez más amenazado– decidió huir del país; después de atravesar a pie las cimas nevadas del Himalaya, se refugió en India, donde creó un gobierno en el exilio en Dharamsala. Este año, cuando salieron a las calles de Lhasa, los monjes no pensaban lanzarse a una nueva sedición. Sólo querían protestar contra la opresión de los ocupantes chinos, que pretenden imponer la llamada educación patriótica en los monasterios y obligar a los religiosos a abjurar de su líder espiritual, el Dalai Lama. Antes de comenzar la protesta, hubo incluso algunos casos de suicidio. La doctrina budista, profundamente altruista, los incita más bien a sacrificarse en nombre de una injusticia antes que agredir a un adversario sanguinario. Así ocurrió en Vietnam en 1963, cuando los bonzos se inmolaban públicamente para denunciar la dictadura militar pro-norteamericana que gobernaba el sur del país. Más recientemente, en los últimos años, los monjes budistas encabezaron las protestas contra las dictaduras de Birmania y Nepal. En el Tíbet, las primeras demostraciones de protesta que estallaron el 10 de marzo se extendieron rápidamente como un reguero de pólvora a los 1.400 monasterios del país y provocaron movimientos de solidaridad en todas las ciudades de la región autónoma y en las provincias chinas cercanas a la frontera, una zona tan vasta como toda Europa Occidental. Esos disturbios, que se prolongaron hasta mediados de abril, provocaron un centenar de muertos, según estimaciones de organizaciones de exiliados tibetanos en Occidente. El gobierno chino no divulgó ninguna información al respecto.

En el Tíbet, las primeras demostraciones de protesta de los monjes que estallaron el 10 de marzo se extendieron rápidamente como un reguero de pólvora en todas las ciudades de la región autónoma y en las provincias chinas cercanas a la frontera. Esos disturbios, que se prolongaron hasta mediados de abril, alentaron la protesta de otras minorías étnicas y religiosas que se sienten oprimidas por el poder central de Pekín.

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El Dalai Lama reside en la India, apoyado por las mayores figuras religiosas. El resto del tiempo viaja difundiendo la causa tibetana.

Pero lo más significativo es que esa chispa encendió otras praderas, como hubiera dicho Mao Tsé-tung: la rebelión del Tíbet alentó la protesta de otras minorías étnicas y religiosas que se sienten oprimidas por el poder central de Pekín. La inesperada amplitud que tuvo ese movimiento en el interior de China planteó un serio interrogante sobre la futura estabilidad del imperio. Dentro del Tíbet, en todo caso, abrió un proceso que –con altos y bajos– proseguirá durante largo tiempo. “Los monjes, que no tienen nada de ingenuos, escogieron esa fecha porque sabían perfectamente que, cuando la antorcha olímpica comenzara su recorrido internacional, la actualidad mundial iba a concentrarse sobre los Juegos Olímpicos de Pekín”, asegura el historiador Matthew Akester. Los primeros disturbios, el 10 de marzo, estuvieron destinados a recordarle al mundo la situación de opresión que viven los tibetanos desde hace medio siglo y encender la mecha de la protesta internacional: desde el incidente inicial del 24 de marzo en la ciudad griega de Olimpia, los disturbios que salpicaron el recorrido internacional de la antorcha olímpica –sobre todo en Londres, París y San Francisco– demostraron que el mundo está dispuesto a exigirle cuentas al régimen sobre el respeto de las libertades y de los derechos humanos en China. Esa primera manifestación del 10 de marzo en Lhassa estuvo destinada por lo demás a expresar la solidaridad de los monjes con la gran marcha del regreso, iniciada ese mismo día por los tibetanos exiliados en Dharamsala, pero que –desde el principio– fue duramente reprimida por la policía india. La sincronía de esos dos episodios permitió comprobar que, incluso en el techo del mundo, el teléfono celular e internet pueden transformarse en un temible instrumento de lucha política. La severa censura que ejercen las autoridades chinas impidió que trascendieran al exterior algunos aspectos de la resistencia de los tibetanos. Poco a poco, sin embargo, se conoció la dimensión que tuvo la protesta, gracias a las informaciones transmitidas por teléfono e internet. No sólo los monjes opusieron el pecho a los tanques movilizados por el ejército chino. Miles de civiles –incluso mujeres con sus bebés en brazos– desplegaron la bandera tibetana y corearon consignas que iban mucho más lejos que las demandas de libertad e independencia: “¡Basta de esterilizar a las mujeres!” “¡No toquen nuestras montañas sagradas y no exploten las minas del Tíbet!”, “¡Queremos el regreso de Su Santidad el Dalai Lama!” En realidad, ese clamor de todos los sectores de la población no fue otra cosa que una explosión de la cólera contenida a través de años de opresión. Desde que las tropas del Ejército Rojo anexaron el Tíbet, en 1950, Pekín desarrolló una intensa política de “asimilación” que se desarrolla en varios aspectos. Por un lado, China trata de aniquilar la identidad tibetana mediante el reemplazo de los idiomas locales y de las costumbres ancestrales, sobre todo en la administración pública. En forma simultánea, los chinos controlan todos los resortes de la administración pública y de la economía. Por otra parte, hay un claro esfuerzo contra la religión, acusada de ser el principal baluarte de resistencia a la ocupación. Las autoridades chinas, por lo demás, nunca invirtieron demasiado esfuerzo ni dinero para reconstruir los centenares de templos destruidos por los guardias rojos de Mao durante la Revolución Cultural (1966-1976). En esa época los monjes fueron enviados a cuidar cerdos para ser reeducados.

MEDIO SIGLO DE CONFLICTO

1° octubre 1949 Mao Tsé-tung proclama la República Popular China. 1950 Invasión del Tíbet. 1956 Primera rebelión tibetana. 1959 Las tropas chinas reprimen una sublevación. El Dalai Lama se exilia en India. 1962 Guerra entre China e India. 1966-1976 La Revolución Cultural destruye todos los monasterios tibetanos. 1989 Rebelión en Lhassa: 20 muertos. Dalai Lama recibe el Premio Nobel de la Paz. 2001 El Dalai Lama es recibido en la Casa Blanca.

RELIGION Y PROSPERIDAD ECONOMICA

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El decimocuarto Dalai Lama nunca permitió que sus seguidores más jóvenes tomaran las armas para enfrentar a la invasión china.

El gobierno comunista, que sigue considerando la religión como el “opio del pueblo” –según la célebre definición de Marx–, nunca comprendió la importancia que tiene el budismo para los tibetanos: 98% de los gestos de la vida cotidiana se realizan conforme a las leyes del Cielo y a rituales que tienen ocho milenios de antigüedad. Los tibetanos no pagan sus impuestos a China: se los entregan a Buda en forma de ofrenda. En ese universo teocrático, el Dalai Lama es la autoridad espiritual suprema y la única que merece respeto. Así ocurre invariablemente desde el siglo XIV y no hay razón para que esa tradición cambie sólo porque el ocupante proclama que “el único Buda es el Partido Comunista”. Cuando Pekín notó que era imposible ganar el corazón de los tibetanos, comenzó a estimular la emigración de chinos al Tíbet para cambiar el equilibrio demográfico de la región. A eso responden las intensas campañas de esterilización –sobre todo en las áreas rurales– y la limitación obligatoria de la natalidad. “Los tibetanos temen quedar en minoría”, reconoció el sinólogo Pierre Picquart, experto en geopolítica en la Universidad de París-VIII. Actualmente en Lhassa sólo quedan 100 mil tibetanos frente a 200 mil chinos. Otro dato aislado permite comprender la magnitud que tiene la campaña de transformación del equilibrio étnico y el control que ejerce Pekín en todos los órdenes: los tibetanos sólo ocupan 2% de los empleos gubernamentales. “Para beneficiarse con la nueva economía hay que abandonar la identidad tibetana y ser cada vez más chino”, resume Nicolas Bequelin, investigador de la organización de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch. La política que practica el poder central de Pekín constituye lo que el Dalai Lama llama un genocidio cultural. El gobierno central atribuye la “resistencia al cambio” al atraso de los tibetanos. Pekín espera que la erradicación de la pobreza, el progreso económico de la región y la modernización –que son avances concretos logrados en los últimos 10 años– constituyan la vacuna más efi caz contra el fervor religioso de la población. China invirtió en comercios, industrias, infraestructuras y viviendas, pero en su mayor parte esos progresos están reservados a los chinos hans o forman parte de la política de anexión. Los estrategas del Partido Comunista creen que en el Tíbet podrán repetir la misma maniobra que les dio éxito con los manchúes y mongoles. “Pekín espera que los tibetanos, atraídos por los mall que se construyen en el centro de Lhassa, dejen de ir a los templos”, ironizó Andrew Martin Fischer, experto en asuntos tibetanos en la London School of Economics.

EN NUMEROS

Superficie 1.228.400 km2 Moneda Yuan (también llamado renmimbi) Idioma Geman deng, groma y tibetano Religión Musulmana Población 2,8 millones (tibetanos 92% y chinos hans 6,1%), más 5,4 millones en el resto de China y 115 mil en el exterior Densidad 2,23 hab./ km2 Crecimiento económico 13,2% (2007) Tasa de desempleo 11 % PIB per cápita $ 1.690 (2007) Economía Agricultura, minería y turismo Tasa de analfabetismo 67 % –sólo el 15% termina la preparatoria Dato Existen 1.400 monasterios, 1.700 sitios religiosos y 46 monjes Prefijo telefónico +86 89

Los habitantes de Lhassa no olvidan que la calle Pekín, donde ahora prosperan las boutiques de moda, fue el escenario de los graves disturbios de septiembre de 1987. Para calmar esas protestas las fuerzas del régimen no dudaron en apalear a muerte a los monjes y quemar vivas a cinco adolescentes. China nunca tuvo demasiados prejuicios para utilizar mano dura. Desde que comenzó la ocupación, en 1950, la represión –en todos los planos– provocó 1,2 millones de muertos en el Tíbet, según cálculos de los historiadores más responsables. Hoy en día, con la llegada de la prosperidad económica, los tibetanos miran con recelo cada yuan que las autoridades invierten en la región. La reciente inauguración de la línea ferroviaria más elevada del mundo, que permite ir de Pekín a Lhassa en 48 horas por un trazado que corre a 4.500 metros de altura, provocó exclamaciones de asombro. Pero esa inversión de 4.800 millones de dólares está destinada en primer lugar a extraer los minerales de los ricos yacimientos descubiertos en los últimos años con reservas de un millón de toneladas de cobre y 20 mil toneladas de cobalto. En segundo lugar, permitirá la llegada de 900 mil turistas suplementarios a los 4 millones que visitan cada año la región. Sin embargo, esa vía ferroviaria tiene, sobre todo, un alto valor estratégico. China, que desde la guerra de 1962 con India no descarta un nuevo confl icto por el Tíbet, entre tanto tiene la posibilidad de trasladar fuerzas de la guarnición de Gormo en pocas horas. En caso necesario, esas tropas pueden servir también para reprimir una explosión de cólera en el Tíbet. Por lo pronto, el ferrocarril ofrecerá la posibilidad de trasladar nuevas olas de inmigrantes chinos para continuar modifi cando el equilibrio demográfi co. Para la propaganda china, el principal inspirador de la última ola de disturbios era –desde luego– el 14° Dalai Lama: a los 72 años, Tenzin Gyatso consiguió la proeza de transformar la defensa de una sociedad medieval en una causa planetaria. Casi como en el origen del cristianismo, la historia del 14° Dalai Lama comenzó el 6 de julio de 1935 en un establo de Tatkser, una aldea miserable en el norte de la meseta tibetana. Cuatro meses después, una vez que los bonzos del monasterio de Sera confi rmaron que era la reencarnación del 13º Dalai Lama, el pequeño de dos años fue entronizado como Soberano del Reino de las Nieves; es decir, la única autoridad que reconocen los monjes y los civiles del Tíbet desde el siglo XIV. Su vida, dedicada a la meditación y sin contacto con el mundo exterior, tendría que haber transcurrido teóricamente en el Potala, el palacio helado donde residen los jefes espirituales budistas, convertido por los comunistas en museo. No obstante, su existencia cambió en 1950 cuando los chinos ocuparon el país. A los 15 años, apenas maduro para “comprender la magnitud de su ignorancia”, reparó que la llegada de esa ideología materialista a un reino espiritual iba a constituir un choque de dos mundos. Terminó de convencerse en 1954 durante un viaje a Pekín que realizó en compañía del panchen lama, el segundo en jerarquía tibetana. En ese periplo conoció personalmente a Mao. La coexistencia pacífi ca con el comunismo chino terminó en marzo 1959, cuando le ordenaron que fuera a vivir a un campamento militar. Decidido a no someterse al régimen, que al parecer proyectaba asesinarlo, el Dalai Lama caminó durante 14 días por las cumbres nevadas del Himalaya hasta que encontró refugio en Dharamsala (India). Allí se instaló y formó un gobierno en el exilio y un parlamento, mientras que en su país el ejército chino reprimió las protestas a sangre y fuego: por lo menos 87 mil tibetanos –entre ellos numerosos monjes– fueron asesinados en la región de Lhassa, según un informe secreto del Ejército Popular exhumado años después. Esos episodios cambiaron su destino. De una vida teóricamente consagrada a la espiritualidad, el Dalai Lama tuvo que volcarse al mundo exterior para convertirse en símbolo de la unidad nacional tibetana y de la resistencia al comunismo. A pesar de haber sido acusado alternativamente de “reaccionario”, “divisionista”, “separatista” y “terrorista”, nunca permitió que los jóvenes exaltados tomaran las armas o cometieran atentados. El premio Nobel de la Paz que recibió en 1989 –en el 30º aniversario de su exilio– coronó en cierto modo esa resistencia pacífi ca. Después de haber fracasado en sus esfuerzos por obtener un status de autonomía para su país, el viejo luchador –de mirada pícara y risa juvenil– cree que sólo una fuerte presión internacional puede obligar a China a cambiar su política con el Tíbet. Por eso es que, sin haber alentado una sola vez a la rebelión ni haber pedido protestas en Occidente, el Dalai Lama funda sus esperanzas en las Olimpíadas de Pekín. Lejos de marcar la consagración del régimen, esos juegos pueden convertirse en una vitrina del sectarismo y la intolerancia del régimen. La esperanza secreta del Dalai Lama es que la presión mundial sobre Pekín persista después de que se haya extinguido la llama olímpica.


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