TOM SPANBAUER: YO TE QUISE MAS

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Una profunda historia de amor, sexo y sufrimiento a lo largo de veinticinco años, ubicada entre la América profunda del Idaho rural, la ciudad de Portland y la salvaje metrópolis de Nueva York. Ben fue un iluso al creer que podría amar a un hombre y luego a una mujer y salir indemne. Hank y Ben establecieron una profunda amistad en el Nueva York de los años 80, mientras aprendían a convertirse en escritores. Hank era heterosexual, y Ben, a pesar de haberse acostado con mujeres, un homosexual en toda regla. En los años 90, Ben, ya sin Hank y enfermo de sida, se enamoró de Ruth, una de sus estudiantes de escritura creativa en Portland. El día que Hank apareció de nuevo en escena, nada pudo evitar que se cumpliera aquella famosa “regla del tres” según la cual a un trío siempre se le acaba sumando un cuarto o restándosele uno. Y en este caso fue Ben quien quedó fuera. Siete años después de la publicación de su última novela, Tom Spanbauer vuelve al panorama literario con otro protagonista inolvidable. A través de una narrativa palpitante que transita entre el tono incisivo y la más absoluta ternura, Yo te quise más reafirma a Spanbauer como uno de los autores emblemáticos de las letras norteamericanas. Aquí compartimos las primeras páginas.

Texto: Tom Spanbauer / Fotos: Gentileza Editorial Random House

  1. El Maroni
Glosa, Juan José Saer.

Glosa, Juan José Saer.

“Tengo que irme, tío” eran las últimas palabras de la última carta que escribí a Hank Christian. En cuanto las escribí supe que eran palabras hirientes. Palabras que podían volverlo en mi contra. A lo largo de los años, veintitrés, Hank y yo habíamos bromeado con ellas, ahora “Tengo que irme, tío” estaba escrito. La vieja letanía en este lugar nuevo y desconocido, se me paró el corazón.

12 de octubre de 2000. Me pasé todo el día con la carta. Preguntándome si debía sonar tan definitiva y para siempre o, a la mierda, arriesgarme y decir algo más, algo ridículo en una ocasión tan ridícula para decirlo: si debía decirle a Hank que dejara de teñirse con Just For Men porque, cuando le daba la luz, el poco pelo que le quedaba parecía lila. Cuando te despides de un ser querido, quizá si dices una tontería, alguna verdad, quizá no deje de quererte.

Al final no le di el consejo sobre el pelo. La de veces que me he arrepentido, que he pensado que debería haberlo hecho, que debería haberle dicho lo del pelo justo después de “Tengo que irme, tío”. Quizá las cosas habrían ido de otro modo. Al menos, le habría hecho reír. La risa de Hank. Ese rápido estallido desde las profundidades que le sacude todo el cuerpo. Pero no lo hice.

No mucho después de la carta se casó con Ruth. En Florida vivía a casi cinco mil kilómetros, y va y se casa a tres manzanas de mi casa en Portland, Oregón. Todavía no sé quién fue el padrino. Como en la mayoría de las historias de amor, Hank y yo no empezamos con buen pie. De hecho, lo detestaba. Cada vez que Jeske le preguntaba, lo que ocurría todas las semanas, Hank leía sus frases a la clase y, nunca fallaba, Jeske lo alababa como si Hank fuera el próximo Harold Brodkey, Nadine Gordimer o Louise Glück. Jeske tenía incluso un nombre especial para Hank. Maroni. Así llamaba a Hank. “¡Esta vez te has salido, Maroni! ¡La has clavado, tío! ¡Echad un vistazo a esto, venga!”

Universidad de Columbia, trimestre invernal, 1985. Doce semanas de una clase nocturna de tres horas en un anfiteatro caluroso y luminoso. Jeske, abajo, delante de nosotros, esbelto, peripuesto, pelo plateado, con una especie de sombrero militar. El cutis enrojecido por abusar del tabaco. Con cierta clase, uno de esos tipos de Nueva Inglaterra que acaban de bajarse del velero.

Uno de nosotros es heterosexual y el otro es gay. Somos hombres y amigos y estamos de celebración.

Hasta aqui hemos llegado, Enrique Meneses.

Hasta aqui hemos llegado, Enrique Meneses.

No le quitábamos ojo. Nunca le quitábamos ojo. Nunca sabías lo que haría a continuación. En cada clase alardeaba de que aguantaba tres horas sin quejarse. Miércoles, de seis a nueve. Treinta y seis putas horas y Jeske nunca me llamaba. Ni una sola vez. Cuarenta alumnos en la clase y todos tuvieron como mínimo una oportunidad, menos yo. A Jeske le gustaban otro par de alumnos aparte de Hank, pero yo solo oía “¡Maroni! ¡Maroni! ¡Maroni!”.

Entonces llegó aquella clase. La última clase del semestre. La última parte de la última hora. La última lectura. Por fin Thomas Jeske, el Comodoro Ficción, me llamó. Joder. Mi cuerpo hizo eso de separarse cuando de pronto estoy en otro lado viéndome sentado en una silla de un anfiteatro de una sala luminosa, con la paleta del pupitre en imitación de madera bajada y tratando de sostener las páginas con las manos, lejanas. Intento respirar, apretar el culo, evitar que la barbilla se convierta en un montón de bandas elásticas. Todas las normas que no sabía cumplir: “Nunca penetres bajo la superficie. Habla con lengua acerada. No se trata de escribir, sino de fabricar. Adopta el enfoque que te repela por naturaleza. Nunca te expliques. Nunca te quejes. Latinajo, latinajo, latinajo”.

Cogí el cuchillo, me lo llevé al pecho, lo clavé con fuerza, corté abajo y en círculo, me arranqué el corazón y lo deposité, todavía caliente, en la página. Pero no sangraba bastante. Las palabras sonaban tontas. Mi voz no se proyectaba en el anfiteatro fluorescente, era demasiado aguda, se rompía como la de un adolescente al que acabaran de descenderle los testículos. Joder.

No tenía escapatoria. Sonaba como sonaba siempre: un chico católico pidiendo disculpas. Luego, una pausa larga. El largo silencio posterior donde solo se oía mi respiración. Una gota de sudor me resbaló por la parte interna del brazo. Todo brilla, se calienta y se llena.

“¡En el último momento! –grita Jeske–. ¡Eso es, tío! ¡Grunewald al fin escupe en el último momento!”

Ahora al rememorar aquel día me lo pregunto. Quizá fuera la primera vez para Hank. Que me miró de verdad.

Toda la vida preguntando, Juan Cruz Ruiz.

Toda la vida preguntando, Juan Cruz Ruiz.

La primera vez que miré de verdad a Hank, que de verdad me paré y le miré, fue durante una de las clases de Jeske. Para entonces ya sabía quién era Hank, claro. ¿Cómo no conocer al Maroni? Pero en la clase en particular a la que me refiero hubo un momento en que todo desapareció y mis ojos no vieron nada más que a Hank Christian.

En mitad de una de las clases de Jeske se oyó un estruendo en el pasillo. Podrías pensar ¿y qué?, un estruendo en el pasillo… en la mayoría de las universidades no significaría gran cosa. Pero es de noche y estás en la Universidad de Columbia, el pasillo al que da la puerta del aula es en realidad una calle de Nueva York.

Después del estruendo, Jeske se calló y todos nos miramos. Se notaba que Jeske quería salir a la puerta y averiguar lo que había ocurrido, pero titubeó. Lo vi. Le vi dudar. Algo que no te imaginabas del Comodoro Ficción. Su cuerpo enjuto se inclinó un segundo hacia la puerta, luego se detuvo porque lo había pensado mejor. Hank también lo vio. ¡Oh! ¡Comodoro! ¡Mi! ¡Comodoro! Hank vio al comodoro del poderoso navío encallar.

Estaba de pie y fuera de su asiento.

Hank es un tiarrón. De brazos grandes, de pecho ancho. Tiene veintisiete años y yo treinta y siete.

Treinta y siete años. Universidad de Columbia. Siempre fui una flor tardía.

Aquel día, mientras sorteaba asientos hacia la puerta, Hank adoptó su pose habitual. Saca y eleva el pecho, baja la barbilla, los hombros, tensa los bíceps. Le he visto hacerlo infinidad de veces.

Normalmente lo hace cuando intenta expresar algo grande que lleva dentro: como si su cuerpo tratara de expulsar el pensamiento o sentimiento literalmente a empujones, pero aquel día en clase Hank se hinchó por otro motivo. Tenía una misión.

Nunca he visto a Hank hacer algo tan perfecto, tan acorde a quién era. Hank se plantó en el umbral, en el portal, firme, con los codos hacia fuera, rozando las jambas. Nuestro defensor, nuestro protector, nuestro guardaespaldas, nuestro héroe.

A contracorriente, M.ª Ángeles Cabré.

A contracorriente, M.ª Ángeles Cabré.

De inmediato me dio vergüenza por él. Menudo alarde de macho. O sea, ¿qué intentaba demostrar Maroni? ¿Qué podía salvar nuestro barco zozobrante de los piratas corpulentos y malvados del pasillo? Aunque ¡quizá hubiera piratas en el pasillo! Quizás el estruendo fuera una pandilla callejera o algún hijo de puta loco. Quizá, armado. Entonces ¿qué haría Maroni? ¿Detener la bala?

San Hank Christian, Guardián del Umbral. En aquel momento no tenía ni idea del amigo, el amante, el héroe que Hank sería para mí. Solo sabía lo que veía. El pelo moreno hasta los hombros.

Una buena mata por entonces, en los ochenta, y además, bigote. Casi tan grande como el mío. Bajo la mirada profunda –por el tono de piel uno pensaría que tenía los ojos azules, pero no, eran marrones, casi negros–, bajo la línea eficiente de una nariz romana, por encima de una mandíbula cuadrada ligeramente partida, la dentadura perfecta, los dulces labios sonrientes que un día, pasara lo que pasara, besaría.

No me extraña que Jeske se enorgulleciera. Enseguida, un grupo de tíos se sumaron a Hank junto a la puerta. Yo no.

Al cabo de unos meses, cuando ya no detestaba a Hank, cuando comenzaba a conocer a Hank, le pregunté qué significaba Maroni. Me explicó que los italianos se llaman maroni entre ellos. Algo así como “tío”, quizás, o “colega”, o “tronco”. Nunca entendí exactamente lo que significaba maroni. Pero así era Hank.

Siempre jugaba con las cartas pegadas al pecho, sobre todo al principio. Aunque no tuviera nada que esconder. Le gustaba decir que era un fantasma. Un guerrero fantasma. Tocaba el mundo y, cuando había acabado, no dejaba rastro. Lo que quedaba de él eran sus frases sobre la página.

Normal que me enamorase de Hank. Seducir al heterosexual lacónico. No necesariamente para tirárselo, sino para sacarlo a la luz. Y no en el sentido de sacarlo del armario, sino de exponer su funcionamiento interno. Si yo era capaz de entender a mi padre, si mi padre podía ser alguien a quien podía conocer, conociéndole, podría medirme a él y descubrir en qué me parecía y en qué no.

Aquellas primeras cuatro o cinco semanas, Hank fue el puto Maroni, el lameculos particular de Jeske. Luego se convirtió en san Hank Christian, Guardián del Umbral, pero lo gordo de verdad ocurrió la noche del piso de Ursula Crohn. La primera vez que Hank acercó su cuerpo al mío. En cuanto habló, el aliento sopló de los dulces labios de Hank y enloqueció mi corazón.

A alguien que hace eso. Te enfrenta a ti mismo. No puedes evitar quererlo.

Me gustaría decir una cosa. Todo esto que estoy rememorando no es lo que pasó de verdad, sino lo que yo recuerdo. Es solo ahora, transcurridos los años, después de tanta muerte, tras años y años repasándolo una y otra vez, cuando un sexagenario puede contemplar la misma situación que contempló el cuarentón y ver algo completamente distinto.

Es como una fotografía de dos amigos. Pongamos que Hank y yo. 1988, cumplo cuarenta años. Acabamos de cruzar el puente de Brooklyn porque siempre cruzábamos el puente de Brooklyn por mi cumpleaños. Hank apoya el brazo izquierdo en mi hombro. No le ves toda la mano izquierda, solo los largos dedos sobre la camiseta, las yemas en mi clavícula. Mi brazo derecho está por encima del de Hank porque le saco unos quince centímetros.

Hank viste una camiseta sin mangas, negra. Lleva el pelo más corto, yo también, porque los ochenta tocan a su fin. Y barba, una barba salpimentada. Baja los hombros, endereza el cuello, saca pecho. A su lado parezco flaco. Tengo una Budweiser en la mano.

A nuestra espalda quedan Manhattan y un grueso cable mostaza del puente de Brooklyn. Sonreímos de un modo que indica que no somos como nuestros padres. Uno de nosotros es heterosexual y el otro es gay. Somos hombres y amigos y estamos de celebración. Nos protegemos mutuamente. Nos encamaremos.

Como camaradas. Nos reímos del chiste. En lugar de “patata”, Hank dijo lo que siempre decía Jeske: “Tengo que irme, tío”.

Aquella fotografía que por entonces, cuando la vimos semanas después, analizamos en busca de lo importante, de lo que estaba mal. Hank: “¡Joder, estoy engordando! ¡Mira cuántas canas tengo en la barba!”. Yo: “Nunca me queda bien el pelo. ¿Cuándo me acostumbraré a esta mierda de nariz?”.

El sueño de San Luis, Luis Goytisolo.

El sueño de San Luis, Luis Goytisolo.

Ahora esa misma fotografía, transcurridos veinte años, sigue siendo solo Hank Christian y Ben Grunewald cogidos en el puente de Brooklyn. Pero ahora veo. El cáncer que había comenzado en la polla de Hank. Mi carga viral duplicándose cada semana. Y Ruth. Ruth Dearden. No será hasta 1999 y en la otra punta del país, en Portland, Oregón, cuando los presente, pero no obstante Ruth está ahí, entre Hank y yo. Casi tan alta como yo. Pelo rojo, grueso y largo. Tiene un pelo fantástico porque a ella sí la aconsejé. “Es todo cuestión de frente. Las mujeres como tú, con esa mandíbula, no deberíais esconder jamás la frente.”

Aparte de los reflejos. Ojos azules y lentillas azules. Una belleza peligrosa porque no es natural. Una belleza peligrosa porque se ha ganado con esfuerzo. Muy como yo. Formidable, así es el poder temerario de alguien que acaba de descubrir su poder.

Cuidado, está a punto de derribar algo. Tal vez a ti.

Es más que probable que seas como yo y pienses que a ti nunca te habría pasado algo así. Que podrías amar a un hombre y luego amar a una mujer: dos personas extraordinarias, dos formas únicas de amar, de décadas diferentes, en extremos opuestos del continente, pero de algún modo, por un accidente del universo o un capricho del destino –en cualquier caso, jamás lo sabrás–, lo importante es que lo que ocurre es algo que no podrías haber planeado ni en un millón de años, y estáis los tres danzando ese baile antiguo cuya única norma es que con tres se suma siempre uno y, si no, se resta. Si tres no encuentran a un cuarto, tres se vuelven dos.

Traducción: Cruz Rodríguez Juiz

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