TOM WOLFE: BLOODY MIAMI

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El escritor norteamericano Tom Wolfe, un referente calificado del periodismo literario y de la novela periodística, bucea en Bloody Miami –recientemente traducida al español– en las luces y las sombras de la ciudad estadounidense con más peso latino. Sigamos los primeros pasos de Edward T. Topping IV, blanco, anglosajón y protestante, miembro de una pequeña dinastía –es el cuarto de su familia que lleva este nombre y que ha estudiado en Yale–, y su mujer, Mack –también graduada en Yale–. Topping ha sido enviado a Miami a reconvertir el Miami Herald en un periódico digital, sin edición en papel, y lanzar El Nuevo Herald para la comunidad hispana.

Texto: Tom Wolfe / Fotos: Gentileza Editorial Anagrama

Tú…
Tú…
Tú…
diriges mi existencia….Tú eres mi media naranja… mi Mackie Navaja; aquí, la agudeza consiste en que él quizá dirija uno de la media docena de periódicos más importantes de Estados Unidos, el Miami Herald, pero ella es quien lo dirige a él. Ella… lo dirige… a él. La semana pasada se le olvidó por completo llamar a Hotchkiss, el tutor del labio leporino retocado, al colegio donde estaba interno su hijo Fiver, y Mack, su media naranja, su Mack Navaja, se molestó con toda razón…, pero luego le cantó esa cancioncilla suya con la música de “You Light Up My Life”. Tú… diriges mi existencia… Tú eres mi media naranja, mi Mack Navaja, y ella, muy a su pesar, sonrió, y la sonrisa le cambió el estado de ánimo, que era el de estoy harta de ti y de tus frívolas manías. ¿Podría dar resultado otra vez…, ahora? ¿Se atrevería a intentarlo de nuevo?
De momento Mack era la que estaba al mando, conduciendo su flamante y adorado Mitsubishi Green Elf, híbrido y absurdamente pequeño, un vehículo chic y refinado desde el punto de vista de la moral de esta época. Merodeando entre las compactas hileras de coches estacionados en doble fila, retrovisor contra retrovisor, por la parte trasera de Balzac’s, el local nocturno que este mes era el más importante del siglo, un poco más allá de Mary Brickell Village, buscaba en vano un sitio para aparcar. Ella iba al volante de su coche. Estaba molesta también ahora –sí, de nuevo con razón– porque esta vez, debido a sus frívolas manías, se les había hecho tarde para llegar a tiempo al Balzac’s, de manera que insistió en conducir su Green Elf hacia ese restaurante de última moda, tan en la onda. Si hubieran ido en su BMW, con él al volante, no habrían llegado en la vida, porque iba muy despacio y era un conductor prudente hasta la exasperación…, y él se preguntó si realmente no había querido decir tímido y poco viril. En cualquier caso, ella asumió el papel masculino, el Elf voló hacia el Balzac’s como alma que lleva el diablo, y aunque habían llegado bien, Mack no estaba contenta.
A diez metros sobre la entrada del restaurante había un enorme disco compacto, de metro y medio de diámetro y cincuenta centímetros de grosor, con un grabado del busto de Honoré de Balzac “inspirado” –como llaman hoy los artistas al robo artístico– en el famoso daguerrotipo de aquel fotógrafo de un solo nombre, Nadar. Se habían desviado los ojos de Balzac para que mirasen directamente a la cara de los clientes, dándole un respingo a las comisuras de los labios para crear una gran sonrisa, pero el “inspirado” era un escultor de talento, con lo que había instalado una luz interior que difundía un resplandor dorado por la enorme losa transparente, cosa que tenía encantado a tout le monde. La iluminación del aparcamiento, sin embargo, era deplorable. En lo alto de los postes, las farolas creaban un tenue crepúsculo eléctrico, dando a las hojas de las palmeras un color amarillento como el pus. “Un color amarillento como el pus”: ahí lo tenía. Ed se sentía mal, abatido, deprimido…, allí sentado con el cinturón puesto en el asiento del pasajero, que tenía que echar del todo hacia atrás para que le cupieran las largas piernas en aquel vehículo tan verdecito y chiquitín, el Green Elf, orgullo de la ecologista Mack. Se sentía como una rosquilla, como la rueda de repuesto de juguete que el Elf llevaba para una emergencia.
Mack, una chica corpulenta, acababa de cumplir los cuarenta. Ya era grandota cuando la conoció en Yale dieciocho años atrás…, huesos grandes, hombros anchos, alta, uno setenta y siete, en realidad…, delgada, ágil, fuerte, más que atlética…, alegre, rubia, llena de vida… ¡Sensacional! ¡Absolutamente preciosa, esa grandullona suya! En la legión de chicas sensacionales, sin embargo, las grandullonas son las primeras en cruzar esa frontera invisible detrás de la cual lo mejor que pueden esperar es ser “una mujer guapísima” o “muy atractiva, la verdad”. Mack, su media naranja, su Mack Navaja, había cruzado esa línea.
Ella emitió un suspiro tan profundo, que acabó expeliendo el aire entre los dientes.
–Lo menos que se podía esperar de un restaurante así es que tuviera servicio de aparcamiento. Ya es bastante caro.
–Cierto –repuso él–. Tienes razón. Joe’s Stone Crab, Azul, Caffe Abbracci…, ¿y cómo se llama ese restaurante del Setai? En todos hay aparcacoches. Tienes toda la razón.
Tu visión del mundo es mi Weltanschauung. ¿Qué te parece si hablamos de restaurantes?
Una pausa.
–Espero que sepas que llegamos muy tarde, Ed. Son las ocho y veinte. Con lo que ya llevamos veinte minutos de retraso, todavía no hemos encontrado sitio para aparcar y ahí dentro hay seis personas esperándonos…
–Bueno, no sé qué más… Ya he llamado a Christian…
–… y se supone que el anfitrión eres tú. ¿Te das cuenta de eso? ¿Se te ha ocurrido siquiera pensarlo?
–Bueno, he llamado a Christian y le he dicho que pidieran algo de beber. Puedes estar segura de que Christian no pondrá objeciones a eso, y Marietta tampoco. Marietta y sus cócteles. Aparte de ella, no conozco a nadie que pida cócteles.


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