TOMAS ELOY MARTINEZ: EL ATAQUE A LAS TORRES GEMELAS TRAJO CONFUSION MORAL

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Cuando aún no había cumplido 20 años, este lúcido escritor y periodista argentino compartía momentos inolvidables con algunos de los autores latinoamericanos que revolucionaron la cultura en los años ’60. Casi cae de un balcón de la mano de Carlos Fuentes y Julio Cortázar y dejó sus huellas sobre el original de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Hoy, a los 72 años, el autor de Santa Evita, reconocido por mérito propio, vive en Nueva York y es profesor en la Universidad Rutgers de Nueva Jersey. De aquellos días de juventud, de la literatura y sus libros, y del momento crítico que vive una parte de la sociedad en los Estados Unidos, habló con ALMA MAGAZINE.

Texto: Alejandro Margulis Fotos: Gonzalo Martínez / Archivo Latino

COLOQUIO *JULIO CORTAZAR*

Durante el coloquio Julio Cortázar, en Jalisco (México), junto a sus colegas Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Belisario Betancur y José Saramago.

Estaban todos juntos en el balcón de un apartamento que había heredado la viuda de un reconocido médico de Buenos Aires, sobre una de las calles más selectas de esa ciudad: Carlos Fuentes, Julio Cortazar, Augusto Roa Bastos, José Pepe Bianco –mítico secretario de la revista cultural Sur y escritor al que Borges admiraba– y Tomás Eloy Martínez, que aún no había cumplido los 20 años pero estaba allí, irreverente y entrometido. Súbitamente crujió la mampostería del balcón. No alcanzaron a decir esta boca es mía. Los cinco entraron al apartamento de un salto. –¡Salimos corriendo! No se cayó de milagro… Fuentes dijo: “¡Estaba por caerse la literatura latinoamericana!”. Desde entonces nos hicimos muy amigos y en sus dedicatorias siempre me lo escribe: “Cuando balconeábamos juntos el futuro”. Medio siglo más tarde ese futuro se ha hecho puro presente para el escritor argentino. Tomás Eloy Martínez no estuvo entre los representantes visibles de aquel boom de la literatura latinoamericana desde la primera hora. Su masividad pareció pautada por el destino para más adelante, tras hacerle cumplir un rol inicialmente discreto, de periodista merodeador y fogonero. Reconocido por su obra con las becas Wilson y Guggenheim y el premio Alfaguara de novela por El vuelo de la reina, el éxito comenzó a rondarlo avanzados los ’90, desde que publicó Santa Evita, una novela sobre la vida de la mujer del general Juan Perón que llegó a vender casi un millón de ejemplares en el mundo de habla hispana, y más de setenta y cinco mil en los Estados Unidos. Escritor, editor, agudo periodista, profesor en la Universidad de Rutgers en el estado de Nueva Jersey, concedió esta entrevista desde su casa de Highland Park, un tranquilo paraje a 50 minutos al sur de Manhattan, donde vive desde hace años. Su voz suena melódica y paciente, por momentos severa, pero también clara.

ALMA MAGAZINE: ¿Qué hacía usted en ese balcón, junto a escritores ya famosos?

TOMAS ELOY MARTINEZ: Bueno, era un chico inquieto, digamos. Tenía dieciocho o diecinueve años. Trabajaba para el diario La Nación…

AM: ¿Podría decirse el diario conservador de la Argentina?

T.E.M.: Sí, podría decirse… Pero perdió mucho dinero conmigo. Yo era un joven iconoclasta muy rebelde y hacía críticas de cine contra la corriente. Pero eso me permitió meterme en las reuniones con los escritores. Cuando finalmente tuve que renunciar, hasta Truffaut y Antonioni escribieron al diario para defenderme. Un revuelo que no merecía.

AM: ¿Por qué eligió Estados Unidos para vivir?

T.E.M.: En realidad mi mujer estaba desde antes. Susana Rotker (N. de la R.: fallecida en noviembre de 2000, en un accidente de tránsito) enseñaba literatura latinoamericana. Yo la había desplazado de su lugar de origen, Venezuela, donde le iba muy bien, y nos mudamos juntos, primero a Washington y luego a Buenos Aires.

“En esa época se acostumbraba poner papeles de diario en la entrada de las casas para que uno los pisara y no ensuciara las alfombras o el parquet. Bueno, cuando llegué a la casa me encontré que estaba la puerta abierta. Entré y pisé todos los papeles que estaban en el piso. Eran los manuscritos de Cien años de soledad”.

AM: Digamos que lo siguió por amor.

T.E.M.: Ella me siguió por amor, a mi país, y por amor a ella yo la seguí a los Estados Unidos. En 1989 la Argentina vivía una situación muy complicada. Era un período de inestabilidad económica muy grande, con un proceso de hiperinflación enorme y, tal como ella me lo había pedido, buscamos un lugar adonde ir. Primero trabajé seis meses escribiendo libretos para televisión en Francia; después estuve en la industria editorial en España. En Guadalajara, México, estuvimos un año y finalmente nos instalamos en Nueva York.

AM: Sus libros fueron traducidos al inglés. ¿Cómo lo recibió la crítica norteamericana?

T.E.M.: Recuerdo algunas críticas muy inteligentes de Los Angeles Times o de Newsweek, que se reprodujo en muchos otros medios. O la del Washington Post. Recuerdo lo que dijeron de El cantor de tango, tal vez porque es mi último libro. Me vincularon con los autores más nuevos de la literatura hispanoamericana: Javier Marías o Muñoz Molina, o con los brasileños, como Clarice Lispector o Rubem Fonseca. Los Angeles Times me emparentó con Roberto Bolaño. Aquí los críticos ven las novelas como novelas. Miden la densidad de los personajes, la fuerza y la coherencia del relato, la calidad de la escritura, cosa que en nuestros países latinos casi no se hace.

AM: ¿Conocen su incidencia en la salida de Cien años de soledad?

T.E.M.: Algo saben. Lo que pasa es que con toda razón consideran que el éxito de Cien años de soledad fue un éxito de García Márquez. Y es absolutamente razonable que así sea. Que yo haya sido, junto a al editor Paco Porrúa, una de las dos únicas personas que sabíamos de él, sin conocerlo personalmente, que fuimos a esperarlo al aeropuerto cuando llegó, no tiene nada que ver con su fama, que fue tangible. Nunca vi crecer una fama de modo tan rápido y tan espontáneo e inmediato.

AM: Bueno, no sea tan modesto. Usted le dedicó una tapa en la revista Primera Plana cuando casi ninguna revista de actualidad publicaba a escritores en tapa. Además, en aquella época, García Márquez era muy poco conocido y él mismo repite que todo comenzó en Buenos Aires.

T.E.M.: No admito otro mérito que el de haberla leído y haber dicho que me gustaba mucho antes de que fuera publicada.

AM: ¿Tuvo que persuadir a Porrúa para esa publicación?

T.E.M.: Porrúa estaba interesado de antes. La noticia del libro nos llegó por dos cauces: Luis Harss, que escribía en la revista, estaba haciendo entrevistas para un libro suyo, y él me habló de esa novela. Al mismo tiempo Carlos Fuentes me dijo que la había leído. Se lo comenté a Porrúa, y él me dijo que ya estaba leyéndola, deslumbrado, y fui a leerla a su casa. Y hay una especie de leyenda ahí que García Márquez recuerda con mucha más claridad que yo.

AM: Cuéntela, por favor.

T.E.M.: Era un día de mucha lluvia. En esa época se acostumbraba poner papeles de diario en la entrada de las casas para que uno los pisara y no ensuciara las alfombras o el parquet. Bueno, cuando llegué a la casa me encontré que estaba la puerta abierta. Entré y pisé todos los papeles que estaban en el piso. Eran los manuscritos de Cien años de soledad.

AM: ¿Cómo así?

Tomas Eloy Martinez Literatura

Hace años decidió radicarse en Highland Park, situado a unos 50 minutos al sur de Manhattan.

T.E.M.: A medida que los iba leyendo, Porrúa los iba extendiendo sobre el piso, del entusiasmo con que los leía. El me advirtió: “¡Camina por el costado! ¡Es la novela”. Pero ya los había pisado. Por eso hay manchas de barro en el original desde la página 99 hasta la 110 o 115, creo. Hoy es el modo de identificar que ése es el original. García Márquez había enviado por correo la mitad del libro con los últimos pesos que le quedaban. Y para el segundo envío tuvo que vender una licuadora. No había otro original. Se corría el riesgo de que se perdiera en el correo. En esa época era pobre de toda pobreza. Cuando llegó a Buenos Aires recibió su primera pequeña fortuna.

AM: ¿Cómo había leído Carlos Fuentes el libro, si el único original estaba en Buenos Aires?

T.E.M.: García Márquez se lo leyó personalmente. En esa época él leía sus manuscritos. Yo escuché La cándida Eréndiraº completa leída por García Márquez en su casa de Barcelona. En ese momento estaba divorciándome de mi primera mujer y quería hacerle consultas de amor, porque él es muy sabio en esa materia. Me dio un buen consejo, hablamos mucho de eso y cuando salimos a la tarde, sacó su cuento y me lo leyó en un café de La Rambla.

AM: ¿Qué vio en usted para trabar esa amistad?

T.E.M.: No sé, somos muy amigos desde hace años. Lo mismo que con Carlos Fuentes. No sé qué vieronº(risas). A García Márquez le gustó Santa Evita por lo pronto. Fue su primer lector. Habíamos hecho una apuesta. El estaba en Cartagena terminando Noticias de un secuestro y lo fui a visitar con Santa Evita casi listo. Me dijo: “Te voy a ganar”. Le contesté: “No, el que termina último le lee el libro al otro, se lo corrige y encima le paga una cena”. Yo llegué a Cartagena con Santa Evita terminado. Lo leyó en una noche. Y fue el primero que advirtió que había no una novela sino tres. Pero en verdad las cosas que me dijo eran observaciones de estructura, de los personajes, y ya no se podía quitar o poner uno nuevo. Además las correcciones que se hacen al final son de puro lenguaje. Yo cada vez voy más en busca de una cierta transparencia. A medida que uno envejece es lo que quiere: ser más claro y más transparente en el lenguaje. La belleza del lenguaje reside en su eficacia, no en su elegancia.

“Cuando llegué a Estados Unidos, al comienzo de la era Reagan, la cultura protestante se había enraizado con tanto brío en este país que nadie se permitía mentir sobre los datos importantes. Ahora eso ha cambiado”.

AM: ¿Su obra se encuentra en la línea del Nuevo Periodismo o Non Fiction creado por Truman Capote?

T.E.M.: Buena parte del periodismo latinoamericano surgió a partir de las crónicas de José Martí o de Rubén Darío, que se escribían también así. El Nuevo Periodismo norteamericano es muy posterior. Capote inventó algo a su manera. Pero antes de él está John Hershey, un novelista que viajó a Hiroshima pocas semanas después de que se tirara la bomba y escribió una crónica admirable que se publicó tres meses después. Logró rescatar toda la historia y la cultura de la gente, una cosa admirable. Y escrita sobre caliente además. Veinte años antes de que llegara A sangre fría ahí ya están todos los elementos del Non Fiction. La diferencia está en que Capote narra una historia lineal, y Hershey narra, primero, las consecuencias de la bomba.

AM: ¿Imagina un libro así ambientado en Irak o Afganistán?

T.E.M.: Libros no, pero crónicas extraordinarias sobre lo que pasa en Irak o lo que pasa en Medio Oriente se leen. Y así como Hiroshima y A sangre fría aparecieron en The New Yorker, también las grandes crónicas de lo que está pasando hoy se publican allí. Cuando llegué a Estados Unidos, al comienzo de la era Reagan, la cultura protestante se había enraizado con tanto brío en este país que nadie se permitía mentir sobre los datos importantes. Ahora eso ha cambiado. El ataque a Irak con dos pretextos falsos, por ejemplo: los lazos jamás probados entre Saddam Hussein con Osama Bin Laden y los supuestos esfuerzos del gobierno iraquí por fabricar armas nucleares. Tanto Bush como el vicepresidente Dick Cheney los difundieron como verdades incuestionables aun a sabiendas de que eran una invención de la propaganda norteamericana.

AM: ¿Cómo se vive en los Estados Unidos después del 9/11?

T.E.M.: Bueno, también hay otras manifestaciones. Justamente The New Yorker hizo un trabajo extraordinario después del 11 de setiembre. Pero si algo cambió después del ataque a las Torres es la confusión moral que trajo en todas partes. Un día vi en lo alto del último edificio de departamentos de Seaside, una playa de Nueva Jersey, dos enormes banderas norteamericanas con una leyenda atroz: “O amas este país o te vas al infierno”. La frase refleja con nitidez el nacionalismo ramplón, la xenofobia y la intolerancia que se apoderaron de los ciudadanos menos reflexivos de los Estados Unidos a partir de la célebre declaración de guerra al terrorismo del presidente Bush, que incluyó esta sentencia inolvidable: “Los que no están con nosotros están contra nosotros”.

SU PLUMA

Periodista de reconocida trayectoria, Tomás Eloy Martínez debió exiliarse en Venezuela durante la dictadura militar argentina (1975-1983). En Caracas fue editor del suplemento literario del diario El Nacional; fundó El Diario de Caracas, del que fue director; y participó en la creación del diario Siglo 21, de Guadalajara, México. Desde 1996 es columnista del diario La Nación de Buenos Aires y de The New York Times Syndicate, que publica sus artículos en una basta red de diarios de Europa y América. Entre sus libros de no ficción se destacan el relato periodístico La pasión según Trelew (1974), cuya tercera edición fue quemada por la dictadura militar; los ensayos de crítica literaria Los testigos de afuera (1978) y Retrato del artista enmascarado (1982); y Las memorias del general (1996), una crónica sobre los violentos años ’70 en la Argentina. A su primera novela, Sagrado (1969), le siguieron la colección de relatos testimoniales Lugar común la muerte (1979); La novela de Perón (1985); La mano del amo (1991); Santa Evita (1995), la novela argentina más traducida de los últimos tiempos; El vuelo de la reina (2002, Premio Alfaguara) y El Cantor de tango (2004).

AM: ¿Usted no cree en la teoría de la guerra global?

T.E.M.: Es que no se trata de una guerra convencional entre naciones, sino de un enemigo inasible, que podría estar en cualquier parte, con determinación suicida y con un poder militar que no es fácil calcular. Sería importante que Bush y sus huestes definieran qué entienden por terrorismo y quién es en verdad el adversario. Miles de personas inocentes están muriendo porque nadie sabe cuál es el verdadero blanco de esta contienda en la que casi todo se hace a ciegas.

AM: ¿Qué opina de la política exterior americana en Medio Oriente?

FOTO GONZALO MARTINEZ

Fue uno de los primeros lectores de Cien años de Soledad. A cambio, García Márquez fue el primero en leer Santa Evita.

T.E.M.: Bastaría un pretexto mínimo para que se reanudasen los ataques a Irak invocando una democracia que no se exige, en cambio, a otros aliados como Arabia Saudita, Jordania y Egipto. La guerra al terrorismo empezó con la promesa formal de liquidar enseguida a los dos presuntos autores intelectuales del ataque a las Torres: Osama Bin Laden y el mullah Omar, jefe de los talibanes. Hace un tiempo, sin ir más lejos, unas cien personas celebraban una boda en la aldea de Kakrak, en el centro de Afganistán. Algunos de los invitados tuvieron la mala idea de disparar rifles al aire en el momento en que pasaba un bombardero AC-130. Los tripulantes del avión imaginaron que los disparos eran hostiles y replicaron con fuego pesado. Cincuenta y cuatro personas murieron, casi todas mujeres y niños, y unas ciento veinte fueron heridas. ¿Eso es también terrorismo o tan sólo fatalidad, estupidez y prejuicio como el de ese cartel junto a la playa de Seaside?

“El ataque del 11 de septiembre no sólo destruyó las Torres Gemelas. Puede estar destruyendo también, solapadamente, silenciosamente, la cultura de puertas abiertas, de respeto al pensamiento y de fe en el trabajo que los Estados Unidos construyeron durante dos largos siglos”.

AM: ¿Y si hubiera otro ataque…?

T.E.M.: Esa sola idea resulta intolerable a un país como éste, que nunca había sido vulnerado. Pero mientras la retórica antiterrorista suba de tono, los Estados Unidos corren el peligro de inferir aún más daño, esta vez a sí mismos. Los escándalos financieros han debilitado la economía; los gigantescos gastos militares la están desangrando. Y a la vez, las simpatías que el país despertó en los últimos cien años por su defensa de las libertades individuales y por sus luchas contra los totalitarismos están siendo dilapidadas a toda velocidad. El ataque del 11 de septiembre no sólo destruyó las Torres Gemelas. Puede estar destruyendo también, solapadamente, la cultura de puertas abiertas, de respeto al pensamiento y de fe en el trabajo que los Estados Unidos construyeron durante dos largos siglos.


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