TRANSNISTRIA: UNA NACIÓN FANTASMA

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La desintegración de la Unión Soviética y el miedo a la fusión de Moldavia con Rumanía empujaron a varios distritos de la orilla izquierda del río Dniéster, de población rusa mayoritariamente, a proclamar la creación de la llamada República Moldava de Transnistria a principios de los años 90. Actualmente Transnistria representa un territorio con todos los atributos de un Estado, incluido una moneda propia. Sin embargo, el presidente de esta nación, Yevgeny Shevchuk, ya anunció el deseo de su pueblo de entrar en Rusia.

Texto: Angeles Couto / Fotos: Bela Pasternak / Arseni Lipkin / Igor Voznesenski

Surrealismo ruso. A 27 años de la caída del muro de Berlín, Transnistria todavía está “pendiente de reconocimiento”.

Surrealismo ruso. A 27 años de la caída del muro de Berlín, Transnistria todavía está “pendiente de reconocimiento”.

Transnistria está ubicada en Europa del Este, en una pequeña franja entre Moldavia y Ucrania, a orillas del río Dniéster. Es la patria de más de 550 mil habitantes y tiene un gobierno parlamentario, ejército y su propia moneda. Los moldavos, rusos y ucranianos representan partes casi iguales en la población de la zona: un 32,1%, 30,4% y 28,8%, respectivamente. El 2,5% de la población es de origen búlgaro. Así, los eslavos componen el 62% de la población.

Las autoridades de Transnistria emplean tres idiomas oficiales: ruso, moldavo y ucraniano. Sin embargo, el idioma utilizado por la gente es el ruso. Al igual que en la época del estalinismo, la distancia que existe entre los ciudadanos de a pie y las “elites” es realmente enorme. La gente que no se desempeña en el gobierno trabaja donde puede e incluso muchos emigran a Rusia o a Moldavia.

Transnistria tiene todas las características de una nación independiente, aunque no lo es. El caso de este país euroasiático es muy curioso, un verdadero fenómeno de la geopolítica. A pesar de tener una constitución, una bandera e, incluso, un escudo de armas, Transnistria no figura en muchos mapas y su existencia no ha sido reconocida por ningún miembro de las Naciones Unidas. No obstante, el hecho de que el mundo no la acepte como nación no parece preocupar a sus habitantes. Se aferran tenazmente a su reclamo sin olvidar nunca su amor por el espíritu ruso.

El caso de este país euroasiático es muy curioso, un verdadero fenómeno de la geopolítica.

“Es bastante trágico, realmente”, señaló Justin Barton, un fotógrafo británico que viajó recientemente a Transnistria para realizar una serie de fotografías llamada The Transnistrian Patriot. “Hay muchas personas que son muy patriotas, pero también hay muchas otras que no lo son tanto y están atrapadas en la situación, terriblemente aislados”, subrayó el artista.

Barton comenzó a interesarse en Transnistria en 2014, cuando estaba trabajando en Ucrania. Leyó todo lo que pudo sobre este país y decidió visitarlo para tomar fotografías de sus habitantes. Después de un mes de lidiar con las autoridades del KGB transnistriano, que está a cargo de la seguridad nacional, Barton fue autorizado a fotografiar a oficiales de alto rango gracias a un buen contacto y a que su mujer es rusa. Muchas de las personas retratadas por Barton son fervorosamente patriotas, si bien fueron reacios a hacer públicas sus opiniones políticas. Según el fotógrafo, era imposible saber si estaban a favor del capitalismo o del comunismo.

Por eso, se hace difícil escapar a la sensación de melancolía que emana de los veinte retratos que componen la serie The Transnistrian Patriot. Barton encontró que su experiencia era surrealista, como el país al que pertenecían sus retratados. Recuerda algo que le dijo un transeúnte cuando él se encontraba explorando Tiráspol, la capital: “Bienvenido a ninguna parte”.

Todo empezó en 1990, cuando Transnistria se independizó de Moldavia. Dos años más tarde, luego de la guerra civil de Transnistria –en la que murieron algo más de un millar de personas y que finalizó con la intervención del 14° ejército ruso–, el país pasó a ser gobernado como República Moldava de Transnistria, su actual nombre oficial. Transnistria era la patria de muchos rusos que se sintieron aislados política y culturalmente en la nueva república. Con la independencia, muchos creyeron que la región pasaría a constituir una república socialista, sin dejar de pertenecer a la Unión Soviética. Pero no fue así. En 1992, luego de la guerra, la Unión Soviética se había desmoronado, y el conflicto por ende nunca se terminó de resolver a pesar de que Moldavia le garantizó a Transnistria cierta autonomía. Desde entonces, esta nación vive en una suerte de limbo geopolítico.

A pesar de las apariencias exteriores, Transnistria es un estado soberano, pero con rasgos soviéticos. Su bandera incluye la hoz y el martillo, y a menudo flamea entre las banderas rusas. Los billetes transnistrianos contienen imágenes del general Aleksandr Suvórov y Catalina la Grande. Una enorme estatua de Lenin custodia el Soviet Supremo, el edificio del parlamento. Retratos de Stalin y de Putin son tan frecuentes como los del presidente transnistriano, Yevgeny Shevchuk (que está en el poder desde 2011, con un índice de popularidad bastante bajo en vistas a las próximas elecciones que se celebran en estos días). Por su lado, Rusia provee a Transnistria gas a precios muy bajos y más de mil soldados.

Sin embargo, Rusia no termina de reconocer a este estado separatista, y no parece ir a hacerlo en el futuro. Así como tampoco Moldavia. “A pesar de que Transnistria declaró su independencia, esta independencia no va a efectivizarse hasta que Moldavia no la reconozca como nación, algo que por el momento está lejos de que suceda”, indicó Thomas de Waal, un periodista británico experto en Europa del Este. “Lo más probable es que todo siga igual –un estado que no termina de serlo, dependiente, sin reconocimiento– o que se realice un pacto confederativo con Moldavia”, sostuvo el investigador.

La disolución de la URRS dejó un aluvión de conflictos territoriales entre estados. Uno de ellos es el que padece Transnistria.

La disolución de la URRS dejó un aluvión de conflictos territoriales entre estados. Uno de ellos es el que padece Transnistria.

Pasear por Transnistria es como retroceder en el tiempo cuarenta años y volver a la antigua Unión Soviética. O como visitar una suerte de Corea del Norte occidental. Los turistas sin hospedaje acreditado tienen diez horas para visitar el país, y si transgreden esa reglamentación, deben pagar severas multas. Los gendarmes de la aduana no sellan el pasaporte, sino que entregan un papel con el nombre del extranjero y la hora de salida, documento que debe ser devuelto al abandonar el país. Estas normas provocaron en su momento un profundo impacto en la vida de los campesinos de la zona, que vieron cómo sus familias y sus tierras quedaban separadas a ambos lados de la frontera. Y aunque hoy en día parecen haberse acostumbrado, la tensión que se respira en la región es muy evidente. Actualmente, las relaciones comerciales entre Moldavia y Transnistria están rotas.

Transnistria es un país en tránsito. La única manera de ingresar es por tierra, a través de los países limítrofes, Moldavia y Ucrania. La mayoría de sus habitantes no hablan inglés ni siquiera conocen las mínimas palabras necesarias para orientar a los turistas que desconocen el ruso. En cuanto a los jóvenes, al igual que los de los países de alrededor, se preocupan más por su falta de futuro que por el conflicto que desde años atraviesa la región y que daría la impresión no tener arreglo a corto ni mediano plazo. Para muchos de ellos, la solución es emigrar, ignorando los carteles con eslóganes patrióticos que se ven en la capital.

Todo empezó en 1990, cuando Transnistria se independizó de Moldavia.

Tiráspol, la capital de Transnistria, fue fundada en 1792 por el general Aleksandr Suvórov. Es una ciudad fría, fantasmal, de mucho hormigón y avenidas muy anchas, con tanques como reliquias y memoriales bélicos, y en donde el paseante se topa constantemente con retratos, bustos y estatuas de próceres de la desaparecida Unión Soviética, que conviven con las clásicas tiendas occidentales. El lujo no abunda, pero sin embargo pueden verse a menudo autos de alta gama y personas muy bien vestidas. A lo largo de sus calles pueden encontrarse también algunos locales de Andy’s Pizza –una cadena de comida rápida con estética estadounidense– y unos pocos cines donde se proyectan los últimos estrenos de Hollywood. Las inmediaciones se destacan por sus edificios grises y deslucidos, interrumpidos cada tanto por chimeneas de viejas fábricas.

La válvula de escape de toda la ciudad es el río Dniéster. Durante el verano, cuando las temperaturas pueden llegar hasta los 30 grados centígrados, parejas de jóvenes, familias y grupos de personas acuden al río a bañarse y a beber cerveza que, en botellas de litro, expende un pintoresco chiringuito. Un barco con luces de colores y altavoces traslada a los bañistas de una orilla a la otra.


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