TUVE LA SUERTE DE QUE CUBA ESTABA A 90 MILLAS DE ESTADOS UNIDOS: ARMANDO CODINA

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Llegó a Estados Unidos a los 13 años como parte de la operación Pedro Pan, ese controvertido programa organizado por el Departamento de Estado y la iglesia católica que promovió el éxodo de más de 14 mil niños de Cuba, con Fidel Castro recién llegado al poder. Capitalizó sus duros comienzos forjando su carácter con coraje y determinación. Armando Codina es hoy uno de los desarrolladores más destacados de la Florida y hace gala de valores morales y familiares que son un ejemplo a seguir. Un hombre amable, austero, con convicciones fuertes. Conversamos con él en sus oficinas de Doral.

Texto: Alex Gasquet / Fotos: Florencia Brandolini

ALMA MAGAZINE: Usted nació en Cuba y su padre era político, previo a la llegada de Fidel Castro al poder. ¿Qué se acuerda de esa época?

ARMADO CODINA: Mi padre ya no era político cuando arribó Fidel Castro al poder. El fue representante y después senador antes del gobierno de (Fulgencio) Batista, cuando estaba Ramón Grau; y me imagino que también un tiempo durante la presidencia de Batista. Fue en los tiempos cuando Cuba era una democracia.

AM: ¿Qué edad tenía usted cuando Fidel Castro llegó al poder?

A.C.: Yo vine aquí a los 13, así que tendría 11 o 12 años.

AM: ¿Tiene algún recuerdo de eso?

Armando Codina.

Armando Codina.

A.C.: Sí, me acuerdo vívidamente. Mi padre y mi madre estaban divorciados desde que yo tenía un año. Ya durante el gobierno de Batista él había estado exiliado. Yo vine a visitarlo para pasar Navidad y fue ese Año Nuevo cuando Castro llegó a Cuba; o sea, yo estaba en Miami cuando Castro tomó el poder.

AM: ¿Y aún así volvieron a Cuba?

A.C.: Regresamos con mi padre el 6 de enero porque todo el mundo pensaba que no era lo que finalmente fue. Si bien mi padre abandonó el exilio una vez que Fidel tomó el poder y regresó a Cuba, después se exilió por segunda vez.

AM: ¿Cómo fue su arribo a Estados Unidos?

A.C.: Fui parte de la operación Pedro Pan. Soy uno de los casi 15 mil niños que vinieron de esa manera. Llegué a los 13 años y estuve en un campamento para niños refugiados, en Kendall. Se llamaba Camp Matecumbe. Estuve ahí un tiempo, y de allí fui a un orfanato en Nueva Jersey y después a un foster home, hasta que mi madre salió de Cuba. Estuve solo como dos años y medio o tres.

AM: ¿Cómo fue esa experiencia?

A.C.: La experiencia de Pedro Pan fue muy dura para muchos. Muchos niños salieron traumatizados. Los que quedaron más impactados fueron esos que sintieron que sus padres los habían abandonado. Creo que la diferencia entre esos niños y yo, fue que si bien yo no entendía qué había sucedido, sí sabía que mi madre no me iba a abandonar. El vínculo con ella era tan fuerte que nunca estuve confundido y sabía que si mi madre tenía que venir nadando lo iba a hacer, así que nunca quedé traumatizado. En verdad, pese a que fue muy dura, aprendí mucho de esa experiencia y le estoy eternamente agradecido a este país: si vivo aquí cien años, no podré pagar lo que ha hecho por mí. Finalmente, cuando me reuní con mi madre, no fui a la universidad: tenía que mantenerla a ella, así que fui a trabajar.

AM: Su infancia en Cuba había sido económicamente acomodada, por lo tanto el contraste con su llegada aquí debe haber sido fuerte…

A.C.: Sí. Como mi padre era político, nuestro pasar era muy bueno. Por otro lado, al estar mis padres divorciados, él estaba contento de darme cualquier cosa que yo pidiera, menos lo que yo hubiera deseado más, que era querer y honrar a mi madre; así que como mi padre no podía hacer eso, si yo quería caballos, motocicletas o lo que quisiera, lo tenía. Para mí fue un shock llegar a Estados Unidos porque yo era un “niño bien”, me imagino que si me hubiese quedado en Cuba a lo mejor hubiese sido un desastre. Sin embargo, no tengo quejas porque la experiencia me vino bien.

AM: Esos espacios de convivencia, como hogares u orfelinatos, en general son muy heterogéneos en cuanto al perfil de niños que los habitan…

A.C.: Sin duda, la peor noche de mi vida fue la primera que dormí en un orfelinato. Era un lugar que, en realidad, se componía de una parte como orfelinato y la otra la formaban niños que tenían problemas. No era un reformatorio, pero sí el paso anterior. Muy diferente al paso por el campamento donde había muchos niños como yo, y donde viví otro tipo de sensaciones. En el campamento me sentí de paso: “Bueno, estoy aquí como en un campamento de verano y ya volveré a Cuba”. Ese tiempo que estuve con algunos chicos que conocía no fue tan duro, pero la primera noche que pasé en un orfelinato –yo no hablaba una palabra en inglés–, me decía: “¿Qué hago aquí? Yo tengo un papá y una madre”. Durante la operación Pedro Pan tú podías salir de Cuba con un traje y uno más. Mi madre me llevó a un sastre a hacerme dos trajes: desgraciadamente los dos eran de paño de lana inglesa, uno gris y uno charcoal; y también me mandó a hacer camisas con mis iniciales. Imagínate cuando me levanté por la mañana en el orfelinato con mi trajecito y mis iniciales. Fue traumático. Cuando salí de ahí, aprendí una lección: de ahí en adelante, la primera persona que se meta conmigo le doy un palo con un dos por cuatro para no pasar tantos días difíciles.

“Tengo un idilio muy grande con Miami. Esta ciudad tiene muchas cosas buenas”

AM: ¿Cómo ha logrado transformar una experiencia tan negativa para un niño, en una vida colmada de valores familiares, cuando mucha gente podría quedar presa del resentimiento?

A.C.: Como he dicho anteriormente, mi padre me hubiese dado todo lo que yo quisiera, menos lo que yo hubiera deseado más. Así que convertí esa falta en los cimientos de mi familia. Llevo casado 43 años, tengo cuatro hijas y nueve nietos que viven a una milla de mi casa. En mi caso, no quería que pasara lo mismo con mi familia.

AM: ¿Cómo fueron sus comienzos?

A.C.: Si bien mucha gente me ha ayudado, la principal razón de mi éxito es que tuve la suerte de que Cuba estaba a 90 millas de Estados Unidos. Este es el país más benevolente del mundo, y aquí he tenido mi primera oportunidad. Empecé mi primer negocio en 1970 con una garantía del gobierno a un banco para obtener un préstamo por 60 mil dólares para un negocio de software para hacer medical billing. Fuimos la primera compañía que completó una forma de seguro en la computadora. Así comencé y vendí esa compañía en 1978.

AM: ¿A partir de ahí empieza a dedicarse al Real Estate?

A.C.: Cuando vendí la compañía, pensé que ya no tenía que trabajar más. En aquel entonces ese era para mí todo el dinero del mundo y yo quería entrar en la política; lo tenía un poquito en la sangre, imagino. Manejé la campaña de George Bush padre en contra de Ronald Reagan, aquí en Miami. Fui el chairman de esa campaña. Gracias a Dios, en ese año y medio, me curé de esa enfermedad de querer ser político. Y desde 1980 en adelante empecé a hacer inversiones en Real Estate con mi dinero y el de algunos médicos que habían sido mis clientes.

AM: ¿Qué es lo más lindo que tiene la ciudad de Miami?

A.C.: Cualquier cosa que diga de Miami tú tienes que descontar el 20% –por lo menos– porque tengo un idilio muy grande con Miami. Esta ciudad tiene muchas cosas buenas. Miami no te pregunta quién es tu familia ni de dónde vienes, Miami solamente quiere saber si estás dispuesto a trabajar y si te quieres involucrar, y tú puedes tener un impacto en poco tiempo. Soy un ejemplo de eso. Miami es como una ciudad de frontera, en el buen sentido, y aquí nosotros no somos ciudadanos de segunda.

AM: Usted ha estado involucrado en el activismo contra la ley del juego. ¿Qué piensa que va a pasar con esa iniciativa que vuelve año tras año?

Armando Codina en Downtown Doral.

Armando Codina en Downtown Doral.

A.C.: No tengo problemas con el juego ni con que todos jueguen. Mi oposición a los casinos es práctica: la manera en qué lo han propuesto, cómo lo quieren poner y dónde lo quieren hacer. Eso implica que todo el dinero recaudado en impuestos vaya a Tallahassee, entonces allí dividen el dinero y Dade County siempre sale mal parado. Ante esto, vamos a tener todos los impactos negativos –de tráfico, de problemas sociales– y no vamos a poseer toda la infraestructura necesaria para lidiar con esos escollos. Además, los casinos son negocios muy egoístas. No muchos negocios crecen a la sombra de un casino, así que también es destructivo desde ese punto de vista. Por otro lado, dicen que los cubanos son los únicos que querían los casinos aquí. Y esa no es la imagen que yo como cubano agradecido de este país quiero dar. Sabemos que los casinos en Cuba nada bueno llevaron. Así que no quiero ser parte de esto. Soy cubanoamericano y no quiero casinos. Deseo lo que sea mejor para Miami.

AM: Hablando de la ciudad, ¿qué piensa usted del impacto ambiental que provoca la construcción?

A.C.: Si quitas los asuntos sociales, el problema más grande que tiene Miami hoy en día es el tráfico. Creo que eso se va a poner peor y se complica por el hecho de que vivimos en una ciudad donde la gente tiene un love affair con su auto, y no hay transporte público. Pero, por ejemplo, en Doral –justamente aquí donde estamos hoy sentados– había 31 edificios de oficinas de gobierno; después del 9/11 el gobierno decidió que no quería estar concentrado. Cuando nosotros lo compramos, aquí había un millón y medio de pies cuadrados y los empleados de gobierno venían a las 9 y se iban a las 5. En cambio, Downtown Doral, el proyecto que nosotros estamos desarrollando, tiene la escuela y los comercios aquí; la gente vive y trabaja aquí; este es el único proyecto de Doral que reduce el tráfico de la hora pico. Por eso el tráfico va ser menor con nuestro proyecto.

AM: Ese es un concepto urbanístico inteligente. ¿Pero no existe una regulación que obligue a los urbanizadores de aplicar un criterio que reduzca el impacto de los desarrollos en los problemas de la gente?

A.C.: No, no existe. Lo hicimos porque pensamos que a largo plazo va a hacerlo más valioso. Estamos construyendo una escuela que no estábamos obligados a realizar, el parque tampoco lo teníamos que levantar. Pero esto nos dio una oportunidad de crear un Downtown de verdad, es un privilegio poder hacer eso. Así que aquí la gente puede vivir, trabajar, jugar e ir a la escuela.

AM: El proyecto se encuentra muy exitosamente vendido. ¿Cómo es la proporción en la compra de extranjeros en relación al público local?

A.C.: La gran mayoría de los compradores son extranjeros, pero tenemos también una demanda muy grande local. No la hemos podido satisfacer porque nosotros elegimos vender con un 50% de depósito y, con ese requisito, los extranjeros han sido los más interesados. Son personas que quieren sacar su dinero y a lo mejor no lo pueden poner en ningún banco como están las cosas hoy en día, además de que están acostumbrados que en su país lo hacían así. Sin embargo, la mayoría de la gente local no lo puede hacer de este modo. En los primeros edificios no quise –ni el banco lo hubiera aceptado–, aunque en los próximos edificios vamos a tomar una parte de las unidades y las vamos a designar para gente que tiene prueba de trabajo aquí y una oferta de hipoteca; entonces a esa gente sí le venderemos con un depósito adecuado al mercado local. Tenemos la demanda.

AM: ¿El precio de la propiedad en Miami ya encontró su techo después de la subida de estos últimos años de recuperación?

A.C.: Sí, creo que estamos en un punto de saturación. De todas formas, el riesgo hoy es diferente al del último tropezón que tuvimos. Ahora se ha transferido de riesgo del banco a riesgo del depósito del comprador.

AM: Si pudiera volver atrás, al principio de todo y pudiera transformar algunas cosas de su vida, ¿cambiaría algo?

A.C.: No creo. La vida la veo desde un automóvil donde el parabrisas es muy grande y el espejo retrovisor es pequeño, así que prefiero mirar hacia adelante.


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