UMBERTO GALIMBERTI: LOS MITOS DE NUESTRO TIEMPO

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Juventud e inteligencia, felicidad y amor, moda y técnica, seguridad y poder, y también mercado, crecimiento económico, nuevas tecnologías… Estos son los mitos de nuestro tiempo, las ideas que más nos influyen y nos definen como individuos y como sociedad: lo que la publicidad y los medios de comunicación de masas nos proponen como valores y nos imponen como prácticas sociales. El académico italiano Umberto Galimberti nos explica que para recuperar nuestra presencia en el mundo debemos revisitar nuestros mitos, ya sean los individuales o los colectivos, y someterlos a una revisión crítica para liberarnos de falsas ideas y encontrar un buen lugar en el mundo.

Texto: Alvaro Colomer / Fotos: Gentileza Editorial Debate

Umberto Galimberti (Monza, 1942), profesor de Historia y Filosofía de la Psicología Dinámica de la Universidad de Venecia, publicó hace unas semanas Los mitos de nuestro tiempo (Debate), un ensayo donde reflexiona sobre aquellas ideas que se adhieren a nuestro cerebro sin que nosotros las pongamos en duda. Y es que, según apunta el autor, algunas ideas actúan como preceptos hipnóticos que nos hacen actuar de determinada manera sin que jamás discutamos su idoneidad.
Galimberti nos propone poner en tela de juicio todos aquellos “principios” que nos obligan a actuar de un modo que tal vez nos perjudique; es decir, todos aquellos “mitos” que aceptamos por ser cómodos y poco problemáticos, y nos demuestra que las ideas nunca enjuiciadas son, en verdad, el origen de algunos de nuestros males, ya que no nos permiten adaptarnos a los cambios que experimenta constantemente el mundo que nos rodean.
ALMA MAGAZINE: Usted empieza su libro Los mitos de nuestro tiempo con una afirmación que puede extrañar a muchos: “Las ideas de la mente también enferman”.
UMBERTO GALIMBERTI: Las ideas enferman porque no siempre somos capaces de clasificar los problemas. Hay que crearse unas prioridades. Si no lo hacemos, caeremos en la confusión y acabaremos enfermando. Además, tenemos ideas “perezosas”, es decir, ideas que llamamos “principios” y que usamos para guiar nuestras vidas. Y es que el mundo cambia constantemente, mientras que nosotros no cambiamos esos “principios”. Tenemos una visión de la realidad demasiado estricta y, cuando ocurre algo que no habíamos previsto, sentimos dolor. Por el contrario, cuando ampliamos nuestra visión del mundo, el dolor y el sufrimiento quedan limitados, ya que hay nuevas ideas que lo flanquean. Así pues, el problema radica en la confusión de las ideas, en la pereza de las ideas y en la formulación de las visiones estrictas del mundo.
AM: Las ideas actúan como preceptos hipnóticos que nos llevan a actuar de un modo mecánico, sin ponerlas en tela de juicio ni reflexionar sobre ellas. En el apartado que usted dedica al mito de la psicoterapia, se comenta que sería de gran utilidad hacer de vez en cuando una “terapia de ideas”. ¿Cómo podemos emprender una “terapia de ideas” que nos ayude a deshacernos de aquellos “principios” que nos hacen estar desconectados de la realidad?
U.G.: Si las ideas están enfermas y nos hacen sufrir –por ejemplo, cuando eres homofóbico y tu hijo te dice que es homosexual–, hay que ampliarlas un poco –consiguiendo ser capaz de asumir que la naturaleza crea homosexuales y heterosexuales indistintamente–. Sólo entonces podremos relativizar el sufrimiento causado por mis ideas homofóbicas, que además son unas ideas limitadas que no van a la par con los tiempos que corren y que no están realmente justificadas. Son ideas que provienen de la tradición y que nunca ponemos en tela de juicio.
AM: Usted arranca su estudio con un tema que, además de ser un mito, es prácticamente un tabú: el amor maternal. En su libro se pone en tela de juicio la existencia de un amor maternal incondicional. ¿Hasta qué punto Los mitos de nuestro tiempo son al mismo tiempo los tabúes de nuestra época?
U.G.: Muchas veces, los mitos y los tabúes son lo mismo. Por ejemplo, no ponemos el concepto de amor maternal en tela de juicio porque es un tabú. Una madre que engendra tiene que soportar la transformación de su cuerpo, el dolor del parto, el cuidado del niño, la sustracción del sueño, la interrupción de su carrera profesional… Desde el punto de vista de la “economía del yo”, de la subjetividad que llamamos “yo”, tener un hijo es una desgracia. Las dos subjetividades que mueven a una mujer (la de la conservación de la especie y la del interés individual) entran en conflicto con la maternidad, haciendo que las madres amen a sus hijos pero que también los odien.
AM: Algunos de los mitos de los que usted habla –el poder, el mercado, la moda o la guerra– están controlados por los gobiernos, mientras que otros –la identidad sexual, la felicidad o la inteligencia– pertenecen a nuestro ámbito privado. Sin embargo, en muchas ocasiones el gobierno se entromete en el ámbito privado para controlar o cambiar esos mitos. El mito del amor maternal es un claro ejemplo: en muchos países el gobierno ha empezado a controlar ese mito para evitar, entre otras cosas, el maltrato infantil. ¿De qué manera lucha el Estado para cambiar los mitos que nos controlan?
U.G.: El Estado interviene también en los mitos privados, no hay duda. Por ejemplo, permitir o rechazar los matrimonios entre homosexuales es una intervención del Estado en la vida privada de las personas, en la esfera de los sentimientos. Controlar la natalidad es otro modo de estar presente en la vida privada. Pero, en el tema del amor maternal, ¿cuántos Estados que se preocupan por aliviar la condición materna? En Italia casi no se preocupa nadie por eso, mientras que en Suecia y en Dinamarca el Estado interviene fuertemente para aliviar el sufrimiento de las madres.
AM: El tema de la homosexualidad invita a una reflexión sobre el modo en que determinados sectores que controlan el funcionamiento de la sociedad abordan el tema. ¿Cuáles son las principales formas de control exterior que influyen en la configuración de nuestras ideas-mitos? ¿Son los mitos una estrategia del poder para controlarnos o son creados por nosotros mismos de un modo colectivo?
U.G.: El poder difunde ideas-mito profusamente. Pero yo me pregunto: ¿realmente necesitamos un tutor que guíe nuestras vidas?, ¿por qué se difunde la idea de que tenemos un “yo” débil que necesita ser tutelado por el psicoterapeuta, el cura, el médico o quien sea? ¿Acaso no se crea artificialmente una idea de debilidad que facilita que después nos impongan a alguien como guía de nuestras vidas? Nos crean una idea de fragilidad interior que nos hace sentirnos incapaces de solucionar nuestros propios problemas. Y esta tutoría constante es muy útil para el poder. Por lo que se refiere a la homosexualidad, ¿por qué siempre es cualificada únicamente desde el punto de vista sexual?, ¿por qué no la analizamos desde el punto de vista de los sentimientos?, ¿por qué se critica que dos seres humanos se amen? Platón ya decía que el Estado intervenía en la dimensión del amor, pero que la religión también lo hacía al imponer sus preceptos éticos. La iglesia ha quedado reducida a una especie de agencia ética que se pone a legislar sobre cosas que la sociedad civil podría solucionar por sí misma. Pero, además, la iglesia dice que la homosexualidad es pecaminosa, lo cual indica que sólo valora el tema desde un punto de vista biológico –la Platón  como reproducción– y que se olvida de algo tan espiritual como puedan ser los sentimientos.

“Nos crean una idea de fragilidad interior que nos hace sentirnos incapaces de solucionar nuestros propios problemas.”

AM. Hablando sobre el mito de la juventud, usted nos recuerda que las personas mayores no pierden sus facultades cognitivas por motivos biológicos, sino por la ausencia de amor. ¿Hasta qué punto el amor puede influir en la constitución de nuestras ideas-mitos?
U.G.: Parto del concepto de que la vida sólo se sostiene cuando hay amor. Y por eso me pregunto: ¿quién acaricia a los viejos?, ¿quién conversa con ellos para conocer sus intereses? Nadie. Sólo se les hace caso durante las comidas de Navidad y Semana Santa, y luego “si te he visto, no me acuerdo”. Cuando no hay amor, la vida decae. Y la decadencia lleva a la depresión. Y, a un nivel biológico, la depresión debilita el sistema inmunitario. No se puede decir que la muerte se deba a la falta de amor, pero sí que se puede decir que la falta de amor conduce a la muerte en el sentido de que lleva al desinterés por el mundo. Uno muere por razones biológicas, pero hay una aceleración del proceso por la falta de afecto.
AM: Prácticamente todos los mitos de los que usted habla son consecuencia del “deseo” que sentimos los seres humanos, esto es, del egoísmo que nos empuja a aceptar aquellas ideas que, de alguna forma, nos son más beneficiosas. ¿Cree que el egoísmo es el motor principal en nuestra elección de las ideas a las que nos vamos a acomodar?
U.G.: Creo que el motor principal es el instinto de conservación. Si tengo ideas sólidas y bien configuradas, y si esas ideas me sirven de guía para vivir, me quedo con ellas. El problema viene cuando esas ideas ya no son congruentes con un mundo que cambia a una velocidad pasmosa. En estas circunstancias, si persisto en unas ideas fijas pero el mundo cambia a mi alrededor, yo me quedo desfasado. Sería como si un campesino con ideas tradicionales fuera colocado repentinamente en la ciudad. Evidentemente, tendría que cambiar sus ideas para adecuarse al nuevo ambiente en el que tiene que desenvolverse. Además, la incongruencia entre las ideas con las que interpreto el mundo y la realidad del mundo exterior produce dolor. Recuerdo a un paciente que me contó que había sido infiel a su mujer cientos de veces, pero que, cuando ella le fue infiel en una única ocasión, la abandonó. Le pregunté que por qué no había sido tolerante, sobre todo teniendo en cuenta su propio currículum sentimental, y él me respondió: “Porque yo soy un hombre”. Evidentemente es una respuesta basada en una idea fija, en un mito, que sin embargo le perjudica a él, ya que lo ha llevado a quedarse solo y a iniciar una nueva vida basada en el desorden y, por tanto, en la infelicidad.

“Uno muere por razones biológicas, pero hay una aceleración del proceso por la falta de afecto.”

AM: En ciertos aspectos, su teoría sobre las ideas que actúan como mitos recuerda a la teoría de los memes planteada por Richard Dawkins en su libro El gen egoísta. Dicha teoría señala que la información cultural se transmite de un individuo a otro, o de una mente a otra, a través de lo que podríamos llamar “contagio”. ¿Cree que existe una transmisión de ideas-mitos entre los seres humanos semejante a la que explica la teoría de los memes?
U.G.: Sí, nosotros también adquirimos ideas por imitación o contagio. De hecho, Platón decía que nos educamos por mimesis, por imitación. El problema es que hay que dejarse contagiar desde diferentes frentes. Sólo relativizaremos la información que recibimos si escuchamos mensajes contradictorios. Si yo tengo pocos contactos con otro tipo de ideas y si no me dejo contagiar, acabaré viviendo encerrado en un mundo de ideas prefijadas que, al convertirse en rígidas, enfermarán. De manera que, cuantos más contagios tenemos, más ideas pondremos en tela de juicio y más información modificaremos. Un ejemplo: ¿cuáles fueron durante milenios las civilizaciones más evolucionadas? Las marineras. Las civilizaciones marineras, al revés que las que se desarrollaron en las montañas, tenían contacto con otras culturas, se enriquecían gracias al patrimonio ajeno, relativizaban sus propias ideas… En la otra mano, las civilizaciones criadas en las montañas vivían en un ambiente cerrado y creaban unas ideas que acaban convirtiéndose en principios inamovibles que les impedían comunicarse con otras culturas.

UMBERTO GALIMBERTI: LOS MITOS DE NUESTRO TIEMPOel septiembre 11, 2014 Calificado4.9de 5

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