UNA DERROTA ES UNA EXCUSA PARA MEJORAR

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La frase del titular pertenece al alemán Jürgen Klinsmann, entrenador de la selección estadounidense de fútbol masculino. Y tal vez sea una sintética, pero contundente, respuesta al interrogante que todos los hispanos nos hacemos en este país: ¿cuán cerca está el soccer del fútbol? La realidad indica que para cualquier equipo sudamericano o europeo una derrota está muy lejos de representar una oportunidad para mejorar. Una derrota es un verdadero drama. El fútbol entendido desde la pasión no reconoce segundos puestos. Toda derrota es indigna, frustrante e injusta. Y no sugiero que esto esté bien ni mal. Solo digo que es así.

En Estados Unidos, la cultura del deporte es esencialmente distinta. En todos los sentidos posibles. El pueblo estadounidense no concibe un deporte que pueda terminar en empate sin goles. El fuerte sentido del deber del anglosajón reniega de los pocos leales trucos del soccer: simulaciones, goles con la mano, golpes fuera de la vista del árbitro, provocaciones constantes, etc. Esto hace que el juego de Estados Unidos muestre cierta cuota de ingenuidad frente a las potencias mundiales.

Para Klinsmann, la idiosincrasia del deporte estadounidense en su conjunto, es un escollo de envergadura al momento de pensar el fútbol: “Los antecedentes culturales de Estados Unidos condicionan el desarrollo de los jóvenes talentos en la práctica del fútbol. Todos los deportes, incluyendo los más importantes, son impulsados por el sistema educativo y pensados con la lógica de: si mi hijo es bueno, podría recibir una beca. Esta lógica educativa está en la base del ‘American Sports System’ y ese modelo de desarrollo condiciona la dinámica del deporte. En Estados Unidos, los jóvenes deportistas esperan que otra persona con mayor nivel de conocimiento los guíe para resolver los problemas que van surgiendo en sus carreras. Esta cultura reactiva, que se lleva bien con otros deportes donde las decisiones son impulsadas desde el exterior por el coach (béisbol o fútbol americano), está probada que no es productiva en el fútbol”.

Y agrega el encargado del seleccionado estadounidense de fútbol desde 2011: “Al hablar con los entrenadores y con los padres, cuesta mucho hacerles entender que en el fútbol el niño debe ser autodidacta. Acostumbrados a la gran cantidad de ‘tiempos muertos’ del béisbol, el baloncesto y el fútbol americano, ellos no se permiten soltar el control reduciendo su nivel de injerencia. No comprenden que deben hablarles menos y dejarlos jugar más, porque una vez que la pelota está rodando, su influencia es casi nula”. Estas afirmaciones de Klinsmann, en una conferencia posterior a Brasil 2014, explican cómo debe ser, a su criterio, la evolución del fútbol juvenil estadounidense pensando en las próximas copas mundiales.

El soccer fue introducido en Estados Unidos de la mano de las mujeres. Algo impensado en el resto del mundo. El seleccionado femenino de fútbol le ha propinado un contundente golpe de éxito al deporte local al convertirse en el mejor del mundo forzando la pregunta de millones de estadounidenses: ¿a qué demonios juegan estas chicas? El fútbol masculino ha aprovechado ese impulso, y ha crecido empujado por los 55 millones de hispanos que residen en este país. Pero la gran deuda vigente sigue siendo la apatía que el pueblo estadounidense muestra por el deporte más popular del mundo.

Es innegable que en términos de calidad de juego y resultados, el fútbol en Estados Unidos crece. Sin embargo, es igual de cierto que no convence. Klinsmann tiene doble trabajo: el de hacer crecer la selección nacional de fútbol y el de hacer crecer el fútbol en sí en este país. Y para lograr el segundo necesita del primero. En sus declaraciones públicas, Klinsmann ha sostenido que para que Estados Unidos tenga éxito en el fútbol masculino, debe ocurrir un cambio específico y significativo en los jugadores. Ese cambio no se relaciona con la táctica y el estilo de juego, sino que tiene que ver con la forma de ser de los propios futbolistas. Por este motivo, él defiende con firmeza la necesidad de que los jugadores autóctonos de Estados Unidos puedan emigrar a Europa a hacer una experiencia donde el fútbol se entiende, vive y respira de una forma diferente.

No obstante, esta postura le quita representatividad a la poderosa Liga Universitaria (NCAA) y le acarrea la consecuente animosidad de una parte importante de la sociedad estadounidense. El pueblo norteamericano ni entiende ni acepta que para consagrarse en algo se requiera una experiencia en el exterior y un reconocimiento de calidad de las potencias más destacadas en ese deporte. Ante la imposibilidad de convencer a la afición y a las instituciones del camino a seguir, Klinsmann toma ventaja de la descendencia extranjera y la doble nacionalidad: Alejandro Bedoya, Edgar Castillo y Michael Orozco de orígenes hispanos (Colombia y México); Gyasi Zardes (Ghana) y Darlington Nagbe (Liberia) con raíces africanas; Kyle Beckerman, John Anthony Brooks y Fabian Johnson (de herencia alemana); Ethan Horvart y Tim Howard (húngaros); DeAndre Yedlin (letonio), Christian Pulisic (croata), Clint Dempsey (irlandés) y Bobby Wood (japonés).

Una representación de veintitrés jugadores que bien podría ser percibida como una selección internacional si se mide desde su ascendencia. Klinsmann lleva cinco años intentando construir una disciplina de juego, una personalidad de equipo y hacer entender a directivos, jugadores y aficionados que el fútbol de selecciones no es un divertimento, sino que estamos hablando del negocio del deporte más grande del mundo.

Hoy, Klinsmann llegó a donde quería estar: entre los cuatro mejores del continente, y despidiéndose de la Copa América Centenario perdiendo contra una selección tan grande que sea ineludible para el espectador estadounidense. Contra Lionel Messi, la figura mediática más atractiva y el jugador más conocido de esta Copa América ha alcanzado una audiencia récord para su selección. Jugar ese partido fue, junto con los octavos de final del último mundial, el mayor éxito de la selección de Estados Unidos. ¿Será suficiente?

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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