UNA DEUDA CON EL FUTURO

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Las nuevas generaciones, probablemente más que nunca antes, están rompiendo viejos paradigmas. Enterrando mandatos que atravesaron generaciones. Exterminando estandartes de una sociedad de consumo que ha gobernado la conducta social por décadas. Estas nuevas generaciones parecen venir dotadas de un gen especial: el de la conciencia plena. No sin una cuota nada despreciable de egocentrismo. Pero con el foco directamente anclado en la búsqueda de lo que quieren. Y lo que desean les fluye como una certeza inconsciente que los guía. El eje de las nuevas generaciones está en ellos mismos. En la verdad de su sentir. Y es allí donde encuentran el balance. Cambian la vieja pasión por los objetos por el consumo de experiencias. De viajes. De cultura. De conocimiento. De vida. Anteponen radicalmente el ser al poseer. Dejan el yo para abrazar el nosotros. Reniegan del poder tradicional en aras del liderazgo genuino. Han derrotado la rutina con la espontaneidad como arma natural. Estas generaciones han desistido de la obsesión por el destino para disfrutar sensatamente del camino. Todo cuenta para ellos. Cada paso. Cada minuto. Cada día. Esta generación, que se muestra eufórica y despreocupadamente feliz, suele habitar tierras fértiles para su estilo de vida. Si observamos el ranking de las 100 mejores ciudades del país elegidas por ellos para vivir y trabajar podemos apreciar que se trata de urbes cuyo ADN facilita y estimula la forma de ver la vida de esas nuevas generaciones. San Francisco, Austin, Portland, Nueva York, Cambridge, Seattle, Boston y Minneapolis, entre otras. Nuestra soleada Miami no figura entre las 100 de esa lista. En la segunda mitad de la tabla aparecen Orlando, Gainesville y Fort Lauderdale como tímidas representantes del estado de Florida. Nuestra ciudad tiene una deuda con el futuro. Porque es esa nueva generación la que está sembrando la semilla del cambio para un mundo mejor. Son esos jóvenes los que transpiran innovación y desarrollo sustentable. Los que crean economías regionales ancladas en el valor agregado. Los que derraman conocimiento hacia su periferia cercana. Miami tiene poco o nada para ofrecerles. En una ciudad donde la mayoría de la población no es de aquí, las personas que llegan se insertan en una economía que florece, pero que presenta escaso o nulo valor agregado en términos de diversidad de actividad económica y académica. La ciudad sigue anclada a la industria de la construcción –financiada con dineros de dudosa procedencia– y una variedad de servicios que abastecen al turismo y a la industria del entretenimiento. Una especie de retroalimentación constante del estereotipo que dibuja la imagen global de Miami. Basta con observar la cantidad de agentes inmobiliarios que tiene la ciudad para comprender la magnitud de la concentración. Mi arquitecto es, además, realtor. Lo mismo para mi jardinero, mi odontólogo, la secretaria de mi odontólogo, y la lista continúa. Si uno mira detenidamente ciudades que han creado su propio renacimiento, puede apreciar con claridad las claves de la transformación. El sector de tecnología de Nueva York ya emplea a más de 300 mil personas. Casi la misma cantidad que San Francisco. Su conocida iniciativa ambiental –PlaNYC– contiene cientos de objetivos que apuntan a la diversidad económica en sectores de extraordinario potencial de cara al futuro; desde rompeolas construidos a base de ostras hasta la cantidad de pies cúbicos de gas natural captado en plantas de aguas residuales. Los programas ambientales de Boston, Portland o Minneapolis han creado polos de desarrollo económico y social que han servido de plataforma para el lanzamiento de miles de pequeñas nuevas empresas cuya razón de ser es la innovación y la creación de valor. Mientras el estado de la Florida discute si debemos darle permiso irrestricto a la industria del juego, o si podremos finalmente portar armas en los campus universitarios, las ciudades más innovadoras del país trabajan para convencer al mejor recurso humano que su núcleo urbano es el mejor lugar para vivir y trabajar. Al mismo tiempo nuestros escasos, aunque ejemplares, cohabitantes de Miami que dedican todo su esfuerzo para lograr un cambio verdadero luchan contra la desidia oficial, y la negación deliberada de la mayoría de nuestros vecinos. Yo quiero una ciudad donde viva la gente más inteligente e innovadora que podamos encontrar. Consciente. Creativa. Diversa y solidaria. Un lugar donde nuestros hijos puedan optar por integrarse a un mundo nuevo, desafiante y rico en oportunidades, sin tener que abandonar la ciudad. Usted, ¿no?

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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