UNA MENTE BRILLANTE: STEPHEN HAWKING

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Para muchos es un genio. A la altura de Einstein, Newton o Galileo. Pero el físico inglés de 63 años, víctima de una rara y fatal forma de esclerosis, está condenado a una silla de ruedas y a comunicarse sólo por una pantalla y una voz de robot. Dueño de una inteligencia privilegiada e intacta, revolucionó la teoría del nacimiento del universo. Su vida está colmada de acontecimientos increíbles. Vive con su segunda esposa, que fue una de sus enfermeras, y su matrimonio, igual que el anterior, parece tumultuoso.

Texto: Oscar Rolando 

Fotos: AP/Archivo Alma

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Jane Wilde –su primera mujer- y Stephen Hawking permanecieron juntos durante más de veinte años. Ambos decidieron seguir adelante con la relación a pesar de la incipiente enfermedad que comenzaba a atacar al científico.

Se festejaba el Año Nuevo. La familia vivía un momento feliz. Stephen, de 21 años, cantaba y se divertía como muy pocas veces. Se acababa el año 1962, en el que había ingresado a Cambridge, después de graduarse en Ciencias Naturales en Oxford, una carrera que le había parecido aburrida, pese a haber obtenido las máximas calificaciones. Cambridge era otra cosa: el curso de Cosmología lo apasionaba. Por eso reía y cantaba, aunque en la mesa había algunos extraños, como esa mujer de nombre Jane, que no dejaba de mirarlo. Stephen, con un manotazo impensado, volcó su copa de vino sobre el mantel blanco. Como siempre, algunos trataron de minimizar el hecho. Pero cuando intentó levantar la botella y servirse nuevamente, se le escurrió de las manos y cayó al suelo. Stephen quiso romper el incómodo silencio, pero sólo atinó a decir: “No es nada, no es nada”, y huyó a su cuarto. Jane compartió esa angustia y quiso acompañarlo. Pero era una desconocida de la familia y se quedó inmóvil en su silla. Stephen pensó, desesperado, que su vida estaba terminada. Días atrás había tenido un episodio parecido al intentar ponerse los zapatos. “Debe ser un calambre”, dijo, aunque sabía que era algo mucho más grave. Ya durante su carrera en Oxford había tenido dos caídas inexplicables. Su padre, que era médico, lo había llevado a un clínico de confianza, y luego a un especialista, y durante dos semanas hubo tests de todo tipo para determinar cuál era el problema. Esa noche de Año Nuevo todo el mundo se había enterado de su secreto. La verdad era dura de decir. Y de aceptar. El médico le dijo que estaba afectado por un raro mal que no era una esclerosis típica, pero no pudo darle otras precisiones. Un especialista de Londres, tras nuevos estudios, le completó el cuadro: su enfermedad era el “Mal de Gehrig”, y debía ese nombre por haber enviado a la muerte a un famoso jugador de béisbol. En términos científicos, lo había atacado el ALS, sigla en inglés de esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad que provoca la parálisis gradual del cuerpo sin interferir en las actividades cerebrales. Abatido hasta el límite, sólo preguntó: –¿Qué puedo esperar de la vida con esta enfermedad? – Es muy difícil responder eso. Si debo hacerlo hoy, le diría que puede morir en dos años, o tres. Con esa condena a cuestas, Stephen llegó a su casa y se encerró en su cuarto. No salió de allí por cuatro meses. Se refugió en Wagner a todo volumen y en el whisky, con el que se emborrachaba todos los días. Desde la pared, con mirada insinuante, lo contemplaba un gran poster de Marilyn Monroe, una mujer que lo llenaba de fuego.

VOLUNTAD A TODA PRUEBA

Elaine Masonstephen hawking

Stephen Hawking junto a su segunda esposa Elaine Mason, luego de celebrar su matrimonio en el Cambridge Register Office, el 15 de septiembre de 1995.

Nadie podía imaginar en ese momento que la enfermedad, lejos de anularle el futuro, sería la clave para forjar a un auténtico genio. Stephen Hawking pudo sobreponerse a esa condena de muerte apoyado en una increíble fuerza de voluntad y determinación. Las ideas que lo acosaban día y noche eran los orígenes y el fin del universo. Se decidió a exprimir su mente en todo el tiempo que le quedara de vida (que imaginaba muy escaso) hasta encontrar la respuesta final. La enfermedad podía esperar: “Si las enfermedades funcionan como los principios físicos –escribió en su diario personal en los peores días del encierro–, la única manera que existe de frenar su fuerza es oponiéndole una fuerza equivalente. Todavía no la conozco, no la tengo. Pero la voy a encontrar”. Y a esa búsqueda contrarreloj llegaron a auxiliarlo dos poderosos estímulos: un libro y una mujer. El libro estaba en su biblioteca, sobre su propia cabeza, y era del físico Roger Penrose; “La teoría de la singularidad en relación a los agujeros negros”. “Quedé como iluminado por su explicación, y le escribí inmediatamente, para comunicarle mis ideas al respecto. Desde ese momento tuve formado un ideal”, relató años después en la BBC. Pero si Hawking quedó iluminado con ese libro, Penrose quedó fascinado con lo que había recibido del joven de Oxford.  El otro factor fue una mujer. Jane, la misma que compartió su mesa esa desgraciada noche del 31 de diciembre de 1962, y que lo había llamado a su casa sin que él se enterara semana tras semana, para chocar con la barrera de sus padres. “No, Stephen no quiere ver a nadie”, le contestaba Isabel, la madre, que tampoco quería que vieran a su hijo borracho y llorando cada noche desconsoladamente. Pero un día, Jane se decidió y fue a visitarlo. Sorpresivamente, la madre vio que esa noche estaba de buen humor, e hizo pasar a la muchacha. El encuentro fue muy especial. Tanto, que le devolvió la sonrisa a Stephen.

SUEÑOS Y REALIDAD

Dedicado totalmente a la física, arrancando de la teoría de Penrose, comenzó a elaborar su tesis final para el posgrado de Cambridge con su primera teoría de los agujeros negros. Jane seguía visitándolo, hasta que surgió el tema del casamiento. La joven, nacida en Londres y profundamente católica, tenía una única duda para unirse a él: si la enfermedad se trasladaría o no a sus hijos. Ella y Stephen lo hablaron abiertamente.
Consultaron a los mejores especialistas, pero las respuestas fueron ambiguas. Aunque ambos rescataron algo: había una buena posibilidad de que no se tratara de una enfermedad hereditaria. Nada se oponía, entonces, al matrimonio. Salvo, la creciente degradación que produciría el ALS en el cuerpo del hombre. Pero eso no parecía detener a Jane. En sus escritos posteriores, Hawking habló sin rodeos de su enfermedad. “Cuando supe lo que tenía, sin saber cuán rápidamente iba a  progresar la enfermedad, estaba desocupado. Los médicos me dijeron que volviera a Cambridge y siguiera con mis investigaciones sobre relatividad y Cosmología. Pero yo dudaba, porque imaginaba que no viviría lo suficiente como para terminar mi master, y mucho menos para completar mi teoría. La llegada de Jane a mi vida me cambió por completo. Ya tenía algo para vivir. Y también tenía que trabajar, porque sólo con un

“Durante millones de años, la humanidad vivió exactamente como los animales. Después algo ocurrió que desató el poder de nuestra imaginación: aprendimos a hablar”.

empleo podría casarme. Para mi gran sorpresa, obtuve una beca, y a los pocos meses ya estaba casado”. Cuando llegó el primer hijo, Robert, en 1967, Jane Wilde se aferraba solamente a su fe en la existencia de Dios. Stephen, en principio, compartía la creencia, pero con los años pasaría a convertirse en un escéptico. La vida familiar de Hawking se fue afianzando. Llegarían otros dos hijos, Lucy y Timothy, pero también una mala noticia: debería movilizarse para siempre en silla de ruedas. Para Stephen fue desmoralizante,  porque siempre había rechazado esa dependencia que consagraba su condición de minusválido. Pero no había más remedio. Su desánimo duró poco: estaba decidido a seguir viviendo, a seguir trabajando en su teoría, a seguir su destino.

ARROGANTE Y CABEZA DURA

Muchos lo veían como un hombre arrogante y testarudo. La enfermedad ya le impedía escribir. Para sus manos era imposible aferrar una lapicera o tipiar en una computadora. Pero cada nueva dificultad acicateaba más su espíritu. Convirtió a su memoria en un inmenso archivo de datos, los mismos que no podía guardar por escrito. Y entre 1978 y 1979 vivió otro tiempo de gloria: con 36

“Podríamos llamar al orden con el nombre de Dios, pero sería un Dios impersonal. No hay demasiadas cosas personales en las leyes de la física”.

años, le entregaron el Premio Albert Einstein, que fue el más significativo que obtuvo en toda su vida. Y nació Timothy, su tercer hijo que, al igual que los otros, llegó perfectamente normal. Luego de 1980, algo varió en la vida familiar. Jane dejó de encargarse de todo y pasaron a tener enfermeras privadas, que llegaban a la casa algunas horas por la mañana y otras por las tardes. Hasta que en 1985, una neumonía obligó a que se le practicase una traqueotomía que finalizó con la ablación de parte de su garganta, justamente la que corresponde a las cuerdas vocales. Desde ese momento, Hawking se quedó sin olfato y, sobre todo, sin voz. “Antes de esa operación –recordó luego– mi voz era cada vez más turbia y difícil de entender. Sólo algunas pocas personas eran capaces de interpretar lo que decía. Pero podía comunicarme. Así pude escribir

“Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene. (…) Lo que importa es no abandonar nunca”.

documentos científicos dictándolos a una secretaria, y dar seminarios apoyado por un intérprete. Hasta que un experto en computación de California, Walt Woltosz, me envió un programa llamado Equalizer. Esto me permitió seleccionar palabras desde una serie de menús en la pantalla, presionando una llave que me ponía en la mano. Incluso se podía operar este programa con la cabeza y los ojos. Todo aparecía escrito en una pantalla. Claro que esto no equivalía a hablar”. Técnicamente el problema fue resuelto por David Mason, un experto de Cambridge que le agregó a su silla una pequeña computadora y un sintetizador de voz. “Con este sistema pude hablar mucho mejor que antes de la operación –relató emocionado Hawking–. Usándolo pude escribir libros y docenas de documentos”. La suya, desde entonces, es una voz metálica, impersonal, que parece salida de un robot. Pero al genio sólo le molestaba una cosa: el acento americano que tenían las palabras, lejano al british de un natural de Oxford.

FISICA Y CRISTIANISMO

El profesor Hawking

El profesor Hawking en la presentación de sus investigaciones sobre la Teoría de los Agujeros Negros en Dublín, en el año 2004.

Una vez, dialogando con un periodista, el tema giró hacia lo inevitable: de qué manera se articula (o no) su teoría sobre el nacimiento del universo con la noción de Dios como creador y ser supremo. –Si su teoría sobre los agujeros negros es cierta, ¿usted cree que modificará la conducta del hombre? –Bueno, eso es difícil. El Cristianismo hace dos mil años que intenta modificar al hombre. –¿Usted quiere decir que la física es igual al Cristianismo?  –No. La física no le enseña al hombre a ser un buen vecino. Ese es otro rasgo de Hawking: su ironía y su sentido del humor, que no lo abandona pese a todo. Una de las mujeres que fue su secretaria, Sue Massey, dijo de él: “Son raros los días en que está de mal humor. Raros los días en los que se no se burla de sí mismo o de su enfermedad”. Su hija Lucy, en cambio, no es tan benévola con su padre. Cuando le preguntaron en qué se parecía a él, marcó la diferencia: “Es muy cabeza dura –dijo–. Yo no creo tener la fuerza de su pensamiento. Pero esa misma fuerza es la que le permite hacer lo que quiere sin importarle lo que les pase a los demás”. Muchos atribuyen esas declaraciones a un hecho sorprendente que se produjo en 1990: la separación del matrimonio, casi simultánea a la finalización del rodaje de una película sobre su libro Breve historia del tiempo,  aparecido en 1988. Años después se uniría a otra mujer, Elaine Mason, que comenzó a atenderlo cuando incorporó en su silla de ruedas el invento de quien era su marido, David Mason: el sintetizador de voz. A partir del primer libro, la figura de Hawking se convirtió en un imán en todo el mundo. A brief history of time lleva vendidos 30 millones de ejemplares, y su renovación, que el propio autor hizo en 1996, le ha otorgado un interés extra. El objetivo de Stephen ha sido desde el principio unificar dos teorías profundas sobre el surgimiento del universo: la relatividad y la física cuántica.

“Dios no sólo juega a los dados con el universo. A veces los arroja lejos, donde no pueden ser vistos por nadie”.

En 1981, en el Vaticano, había afirmado su teoría de un universo finito que, a la vez, carece de un límite. En el fondo, este concepto ilimitado no tiene pruebas que lo avalen, pero posee, en cambio, profundas implicancias religiosas. Lo que habría sido el desencadenante de su separación de Jane. En su primer libro, Hawking sostiene que “en tanto que el universo posee un comienzo, podemos suponer que tuvo un creador. Pero si el universo está realmente contenido en sí mismo, y no tiene límites ni bordes, no debería  tener ni un comienzo ni un final: simplemente sería. ¿Cuál entonces habría sido el lugar de un creador?”.

TURBULENCIA SENTIMENTAL

Esas palabras, corrosivas para la fe en un Dios, también tuvieron ese efecto dentro de su hogar. A los dos años de haber aparecido el libro, el matrimonio con Jane Wilde se deshizo. También se habló de un tercero que desequilibró a la pareja. Jane estuvo muchos años dedicada exclusivamente a su marido. Pero, durante el embarazo de su tercer  hijo, tomó una decisión importante: volvió a la iglesia. Se integró a un coro y allí conoció a Jonathan Hellyer-Jones, un hombre que tocaba el clavicordio y que tenía algunos años menos que ella. Tímido, religioso y con rasgos de artista, Jonathan era la antítesis de Stephen. Por algún motivo, Jane se lo presentó a su marido y los dos hombres hicieron una amistad. Tanto, que Jonathan terminó viviendo en la casa como amigo de la familia. La relación del recién llegado con Jane, que comenzó en forma platónica, fue cambiando. Tal vez ambas cosas –las profundas diferencias religiosas y el conocimiento de una relación ex-

“Para alcanzar una nueva idea no hay una ruta prescripta. Usted tiene que hacer un salto intuitivo. Pero la diferencia es que cuando se hace ese salto intuitivo, después lo tiene que justificar llenando los pasos intermedios”.

tramatrimonial– haya provocado el fin de la pareja en 1990. Según las personas que se sucedieron en el cuidado del genio, Jane lo trató siempre en forma condescendiente, como un inválido. En cambio, Elaine Mason, hasta ese momento una de las enfermeras, se comportaba de manera distinta. Mientras para Jane toda la gente que rodeaba a su marido era una incomodidad (más de una vez aludió al “carnaval” que se formaba a su alrededor), para Elaine eso era lo mejor que podía pasarle a Hawking. El nuevo matrimonio se formalizó en 1995, y tuvo ribetes cinematográficos. El científico se escapó de su casa para irse a vivir con su enfermera en un lujoso departamento. Los primeros años de la nueva pareja fueron sorprendentes. Incluso, hasta se lo vio a Stephen corriendo con su silla a su nueva mujer por los pasillos de un hotel de Kyoto. Elaine, “una mujer alta, efervescente, rulos rojizos y gran contextura”, como la definió la revista Vanity Fair, tiene dos hijos de su anterior matrimonio con Mason, y no hace esfuerzo alguno para ocultar lo que hace su nuevo marido. Pero un año atrás, una denuncia echó sombras sobre la vida de la pareja. Parte del personal que cuida al físico denunció que Stephen estaba siendo objeto de abusos y agresiones, incluyendo cortes en los labios y golpes en la cara, por parte de Elaine. La policía de Londres no encontró sustento para la denuncia. Elaine, de 54 años, suspiró aliviada. Pero las dudas siguen, porque Hawking –ahora tiene 63 años– estuvo en el hospital de Papworth, y presentaba las lesiones que se denunciaron. Pocos años antes, Jane Wilde había publicado un libro de confesiones privadas, en el que escribió que su ex marido se comportaba como “un emperador todopoderoso” y un “maestro titiritero”, y justificó su affaire con el músico Hellyer-Jones, por su “desesperación por hallar una realización emocional y física”. La vida de Stephen Hawking, contrariamente a la premonición de aquel especialista que detectó su enfermedad en 1963, se prolongó mucho más que tres años. Su aporte a la ciencia hizo que muchos lo equipararan con otros grandes: Einstein, Galileo, Newton. Hay científicos que lo discuten todavía. Pero nadie duda de su genio. Y la lucidez con que pudo sortear todas las trampas que la enfermedad le puso a su cuerpo.

LA TEORIA DE LA UNIFICACION

Stephen Hawking revolucionó la física con su teoría sobre los orígenes del universo. Es una construcción superadora que intenta unir los dos logros intelectuales más grandes del siglo XX: la relatividad (la estructura del universo en gran escala, determinada por la gravedad), y la mecánica del quantum, es decir, las fuerzas que operan a una escala atómica. A eso se lo llama “La Gran Unificación”. Se trata de una labor ciclópea, que el propio Albert Einstein eludió, pero que de confirmarse descifraría nada menos que el mecanismo del nacimiento del universo. La relatividad fue el gran descubrimiento de Einstein. Y según la física cuántica, “Podríamos llamar al orden con el nombre de Dios, pero sería un Dios impersonal. No hay demasiadas cosas personales en las leyes de la física”. una partícula no tiene existencia real, sino que se mueve eternamente como una onda, dentro de un dominio en el que el espacio y el tiempo no existen. Los físicos denominan a este fenómeno “reducción al paquete de ondas”. Para Hawking, en el origen del universo estas ondas se transformaron en partículas, y por lo tanto en materias. Estrellas apagadas se convirtieron en agujeros negros. Y éstos, tras millones de años de lenta evaporación, explotaron formando otras estrellas y galaxias. Otra consecuencia de esa Unificación sería que los agujeros negros no serían totalmente negros, sino que emitirían radiación antes de desaparecer. De todo ello se desprende que Hawking descubrió un universo sin límites en el espacio, sin comienzo ni fin en el tiempo. En ese caso –punto más que polémico– no sería necesaria la existencia de un creador. Hacia fines de la década del 80, cuando apareció la primera edición de su libro Breve historia del tiempo, muchos creyeron que el científico británico se alzaría con el Premio Nobel. Pero nunca obtuvo esa distinción. Tal vez esa negativa se deba a que las reglas del Nobel exigen que una teoría sea probada para acceder al galardón. Y esa condición no se cumplió.


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