VELIBOR COLIC: LOS BOSNIOS

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Velibor Čolić recoge en su pequeña e impresionante novela Los bosnios –alternando atroces crímenes de guerra con pasajes de una poesía sonámbula y espectral–, una gran cantidad de recuerdos y testimonios, en ocasiones fulminantes retratos, de lo que fue la guerra de los Balcanes de comienzos de los años 90. Una obra maestra de la literatura de guerra, de cualquier guerra, aunque este relato se centre en una bien cercana en el tiempo y en el espacio. Aquí las primeras páginas.

ADEM

Como el primer hombre, se llamaba Adem (Adán). Ninguno de nosotros conocía su apellido. Vivía con su madre a las afueras de la ciudad, en una casita de adobe. En su tierna infancia, Adem había sufrido el ataque de unas ocas que le habían dañado la columna vertebral. Desde entonces, no era más que un hombre a medias. Caminaba encorvado como el filo de una hoz, marcado –lo que constituye en Bosnia la mayor de las maldiciones, ya que a las personas estigmatizadas se las abandona en la calle–.

En la calle, allí estaba Adem el primer día de la guerra. Su cara de gorrión no podía comprender de qué se trataba. Preguntaba qué ocurría a sus conciudadanos, que se apresuraban en una u otra dirección y le respondían: “¡ES LA GUERRA, POR DIOS!”. El había oído hablar de la guerra a lo largo de sus cuarenta años de vida, se hacía una idea.

La ciudad se iba quedando vacía.

Por primera vez, Adem se dio prisa en volver a casa.

Allí, en su casa, se dio de bruces con unos extraños soldados; entendía su lengua, reconocía entre ellos a algunos de sus vecinos, pero no alcanzaba a comprender qué querían de él. Estaban ebrios; llenos de arrogancia y ebrios.

Le dieron una buena paliza.

No estaba en condiciones de suponer cuánta humillación, tanto para él como para ellos, representaba esta somanta de palos. Gemía despacito mientras se abatían sobre él sus puños sólidos y sanos, mientras respiraba su aliento a vino. Su joroba nunca había pesado tanto.

Cuando perdió el sentido caía la noche, la primera jornada de guerra en Bosnia tocaba a su fin.

Unos días más tarde, resultó que pasamos por los barrios de la pequeña ciudad, destruida por entero. Alguien tuvo la idea de ir a echar un vistazo a la casucha de adobe que, como de milagro, había permanecido intacta.

Nos asaltó un terrible hedor dulzón.

Por primera vez en su vida, Adem estaba erguido.

Estaba de pie contra la pared de su casa natal, empalado en una estaca. Le habían roto la columna vertebral para enderezarla.

Modriča, Bosnia-Herzegovina, mayo de 1992

IBRO

El gitano Ibro se ganaba la vida vendiendo papeles viejos y botellas vacías. Poseía una desvencijada carretilla y varias generaciones de habitantes de Modriča lo habían oído, por la mañana, soltar su famoso: “¡Transportes de todo tipo! ¡Cargamos a muertos y vivos!”. Vivía en una extraña choza, en una calle cercana al Centro de Salud. Tenía una mujer sordomuda y un hijo retrasado de unos quince años. El 17 de mayo, cuando el ejército serbio entró definitivamente en Modriča, el gitano Ibro se negó a huir, pese a ser musulmán. No mostraron piedad alguna con él. Los soldados serbios le cortaron el cuello, como a su mujer y a su hijo y, como en “tiempos de los turcos”, plantaron las cabezas sobre las estacas de la empalizada que rodeaba la casa. Según nos contaron los testigos, en el patio había, sobre la mesa, una botella de raki y café recién hecho. Para dar la bienvenida a los militares, si venían.

Modriča, Bosnia-Herzegovina, junio de 1992

HUSO Y HASO II

(chiste)

Huso y Haso, soldados bosnios, son los encargados de tender una emboscada a unos chetniks que debían pasar por allí a las once de la noche.

Así lo hacen.

Las diez y media: nada.

Las once: nadie.

Esperan a la medianoche: sin noticias de los serbios.

Cuando parece evidente que el ejército serbio no se manifestará esa noche, Haso le dice a su amigo Huso, con aire preocupado:

–Joder, mientras no les haya pasado nada…

Bosnia-Herzegovina, guerra civil de 1992

Libros recomendados del mes

Alias Pessoa

Jerónimo Pizarro

(Pre-textos)

Belleza sin ley

Juan Goytisolo

(Galaxia Gutenberg)

La ordinariez

Marcelo Mellado

(Ediciones UDP)

Niños futbolistas

Juan Pablo Meneses

(Blackie Books)

Peroratas

Fernando Vallejo

(Alfaguara)

HUSO Y HASO III

(chiste)

Por algún milagro, van a distribuir pan en Sarajevo. Se forma una cola ante la panadería. Al cabo de varias horas de vana espera, aparece por fin el panadero y dice:

–Lo siento, pero no habrá pan para todo el mundo, que los serbios salgan de la fila.

Los serbios obedecen, los otros siguen esperando.

En las primeras horas de la tarde, el panadero realiza una nueva salida.

–Es, de veras, una pena, pero que se vayan los civiles, parece ser que hoy no habrá pan más que para las tropas bosnias.

Los civiles vuelven a sus casas, los soldados siguen esperando.

Ya ha caído la noche cuando vuelve el panadero y anuncia encogiéndose de hombros:

–Lo siento, muchachos, pero no se distribuirá pan hoy…

Dicho esto, el soldado bosnio Haso echa una mirada de reojo a su compañero Huso y murmura por lo bajo, como si hablara consigo mismo:

–Mi pobre Haso, otra vez son los serbios los que salen ganando, ¿eh?

Bosnia-Herzegovina, guerra civil, 1992

EL POPE SAVA

Mientras que las escaramuzas callejeras aún hacían estragos en la pequeña ciudad de Modriča, un francotirador estaba encaramado, desde hacía varios días, en el campanario de la iglesia serbia ortodoxa. Era peligroso y taimado, y estaba bien instruido. Aquel día, Vlada, comandante de las fuerzas bosnias de la Defensa Territorial de Bosnia-Herzegovina, había conseguido, a saber cómo, penetrar junto con cuatro de sus hombres en el recinto de la iglesia, donde se encontraba igualmente la casa del pope Sava.

–¡Eh, pope! –lo interpelaron–. Dile a ese macaco que baje; si no, lo volamos todo en pedazos, a él y a la iglesia.

–Hijos míos –respondió el pope, un cuarentón de cintura bien prieta y cabellera grisácea–, a mí no me han pedido autorización cuando han subido armas al campanario, así pues tampoco vosotros tenéis que hacerlo para echarlos de ahí. Yo no soy sino el servidor de Dios, y nadie me pregunta mi opinión.

La iglesia fue destruida. Desde los cuatro puntos cardinales, cuatro zolja, cuatro bazookas rusos, dispararon al mismo tiempo sobre el campanario.

La cúpula se desplomó al tiempo que emitía un ronco gemido. Después se hizo un silencio sobrenatural.

El pope Sava cogió a su mujer y a su hija y se marchó a Serbia.

Modriča, Bosnia-Herzegovina, junio de 1992

MILIJANA, LA MUJER DEL TANQUE

Un T-84, máquina de matar perteneciente al Ejército Federal, daba vueltas por la pequeña ciudad bosnia, destruyendo selectivamente las residencias de los musulmanes y los croatas. El cálculo era simple: un obús por casa.

A través del espeso humo, que tenía el olor de la desdicha y la aflicción, se distinguía, en la torreta, una extraña silueta. Milijana, la mujer del tanque, estaba sentada sobre el acero incandescente. Hablaba con voz chillona y señalaba, con su mano en forma de garra, las casas de sus vecinos y amigos.

Bajo sus ojos inyectados en sangre desaparecían toda una ciudad y –más aún– toda una vida hecha de honestidad y coraje. El rostro de Milijana, la mujer del tanque, estaba iluminado por una sonrisa malvada, inexplicable, que parecía venir del noveno círculo del infierno. Cuando cayó la noche, se dice que Milijana salió del tanque y fue a ver si no les había ocurrido nada malo a su marido y a su hijo.

Modriča, Bosnia-Herzegovina, mayo de 1992

SOLDADO DESCONOCIDO

Durante uno de los violentos bombardeos que cayeron sobre los pueblos croatas de la Posavina bosnia, los soldados del HVO (Consejo Nacional de Defensa croata) descubrieron un obús que no había estallado.

Sobre la bomba, alguien había escrito en cirílico, con una letra torpe y visiblemente apresurada: “NO TODOS LOS SERBIOS SON IGUALES”.

Pecnik, Bosnia-Herzegovina, julio de 1992

SIMO

La muerte sorprendió a Simo Čajic con los ojos abiertos de par en par. La bala que lo mató fue disparada por uno de sus compatriotas, mientras toda Bosnia agonizaba entre las llamas. A la pregunta habitual que le había hecho un oficial del Ejército Federal, si era un serbio leal o no, Simo había respondido: “Soy serbio, en efecto, pero Bosnia es mi patria”.

No era culpable de nada más.

Modriča, Bosnia-Herzegovina, agosto de 1992

ZDRAVKO I.

Un hilillo de sangre salpicó, como si lo hubieran cortado con el filo de una cuchilla, el cuello del serbio Zdravko Ilinčić, poeta de Modriča, mientras posaba la mano sobre el pomo de la puerta de su casa, sita en pleno centro de la pequeña ciudad.

El incandescente fulgor de un obús serbio que había explotado a algunos metros de él lo hirió de muerte al degollarlo literalmente y quemarle el rostro y las manos.

Mientras tanto, quizás en el mismo instante, su hermano Budimir era condecorado y ascendido al grado de capitán de artillería del ejército serbio, en el pueblo serbio de Miloŝevac, cerca de Modriča, de donde llovían los obuses la mayor parte de las veces.

Modriča, Bosnia-Herzegovina, mayo de 1992

UN PILOTO SERBIO

La aviación serbia “acompañó” a las tropas bosnias de la Posavina bosnia a lo largo de su retirada, destrozándolo todo a su paso. El acontecimiento que relatamos tuvo lugar a la orilla izquierda del río Bosna, el día de San Vito, fiesta religiosa y aniversario de la Batalla de Kosovo (28 de junio de 1389).

Una treintena de soldados atravesaba un claro, corriendo al descubierto. Advirtieron entonces por encima de sus cabezas el zumbido, heraldo de la muerte, de un avión ruso, un MIG 21. Los desventurados se detuvieron, como petrificados. Sin embargo, el avión giró y se dirigió hacia el río, donde dejó caer su mortífera carga.

Tras la explosión, los bosnios, sin conciencia aún de lo que había pasado, se apresuraron a ponerse al abrigo en un bosque. El avión ya estaba lejos. Los que tenían cigarrillos pudieron entonces fumarse uno sin remordimientos.

Así es como un piloto serbio anónimo, hombre de honor, salvó la vida de una treintena de bosnios el día de la fiesta que celebraba su pueblo.

Modriča, Bosnia-Herzegovina, 28 de junio de 1992

ZDRAVKO S.

Tras haber hecho prisionero a su vecino musulmán Osman, de setenta y cinco años, el combatiente serbio Zdravko Spasojevič, llamado Zdravko el Serbio, lo paseó como a un oso atado por la ciudad destruida.

El viejo musulmán debía cantar canciones de los chetniks para los serbios borrachos.

Cada vez que se equivocaba, le daban una paliza.

Cuando, por algún milagro, acabaron por liberarlo, el viejo Osman estaba roto, agotado; tenía la voz cascada de tanto cantar.

Su rostro conservó durante mucho tiempo la huella de las botas serbias, pues le golpeaban a patadas.

Modriča, Bosnia-Herzegovina, junio de 1992

Traducción: Laura Salas Rodríguez


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