VENEZUELA: EL NUEVO POPULISMO

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Por Alex Gasquet

Latinoamérica ha sido durante décadas una especie de universidad espontánea de populismo. Encarnado en figuras con gran capacidad de movilizar emocionalmente, el populismo ha tenido como objetivo central eliminar toda posibilidad de pensamiento crítico. El populismo tradicional no apelaba a la razón sino a las desmesuras del sentimiento. Su emocionalismo excesivo ha teñido toda la vida política de una sobreactuación teatral de dudoso gusto. De ese modo, se han intercalado adhesiones estruendosas, gritos o gestos grandilocuentes de escasa convicción: “patria o muerte”; “unidos o dominados” y otras por el estilo. Ha jurado lealtades incondicionales, repitiendo eslóganes hasta las lágrimas o el éxtasis, dependiendo de la necesidad. Exageración. Pura y meticulosamente calculada exageración. Cualquier intento de debate serio se ha visto desbaratado por la interposición inesperada de un recuerdo emotivo, la cita de un texto indiscutible, o el fervor suscitado por la evocación de un nombre. En el comienzo del populismo histórico se verifica una emoción espontánea encarnizada en un solo hombre. Pero ésta a menudo termina dirigida por adalides con la misma falta de moral, aunque generalmente sin el carisma ni la inteligencia del líder original.

Sin embargo, el populismo ha cambiado. Y lo ha hecho como respuesta a una conducta social de descreimiento y escepticismo. En las décadas de 1960-70, al populismo le bastaba una arenga bien delineada para mandar a un joven a morir en el frente. En la actualidad ya no es suficiente. El descreimiento vuelve a las personas perversamente prácticas. Contemplativas y derrotistas. Una especie de sálvese quien pueda. El populismo actual usa el discurso como pantalla, aunque el dinero es la herramienta de convicción divina. El pueblo ya no compra espejitos de colores. O sí. Pero tienen la imagen de Bolívar y pocos ceros a la derecha. En sus 14 años de mandato, el gobierno chavista ha ido construyendo un aparato militar de singular magnitud a su disposición. Una milicia bolivariana con 120 mil voluntarios a los que se da instrucción paramilitar con armamento moderno. Los llamados colectivos, bandas de militantes extremos que patrullan e intimidan. En este proceso, el presidente Nicolás Maduro ha hecho garantes del sistema a las fuerzas armadas. A cambio ha creado distintos caminos para su financiamiento: BanFanb, institución financiera al servicio del ejército; una reciente televisión militar; y la Unefa, Universidad Nacional Experimental Politécnica de las Fuerzas Armadas.

En menos de un año Maduro ha nombrado a casi 400 oficiales en cargos de alta responsabilidad fuera del ámbito castrense; 11 ministros y 10 viceministros son militares no sólo en Seguridad y Defensa, sino en todos los sectores de Economía, Industria, Energía Eléctrica y Alimentación. La razón: mantener el control del único frente que realmente podría derrocar al chavismo. A Maduro le gusta decir que su gobierno “va más allá de la legitimidad política, electoral, constitucional, pues abarca varias dimensiones”.

La falta de legitimidad del gobierno chavista no radica en la sospechada manipulación electoral, sino en la ilegalidad de los actos de gobierno en ejercicio del poder. Los que no obtienen beneficio alguno del gobierno se van desintegrando lentamente. La frustración los invade como un ingrediente infaltable de la existencia colectiva disidente. Los venezolanos viven esa frustración no como una sanción, sino como un agravio, un desafío que obliga a la respuesta. La oposición orgánica en Venezuela –unificada en la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), y que tiene a Henrique Capriles como principal referente– atraviesa una fractura entre aquellos que buscan una salida institucional a la crisis y los que piden una actitud más combativa que el dialoguismo del MUD. Haciéndose eco de ese reclamo, Leopoldo López, un economista de 42 años, político de carrera, que fue alcalde del municipio de Chacao entre 2000 y 2008, comenzó una tarea de movilización a través de las redes sociales convocando a diferentes marchas y declarando que la solución de la crisis venezolana era la salida de Maduro, y que ésta se conseguía en las calles.

La marcha el 14 de febrero dejó un saldo de 5 jóvenes muertos, docenas de heridos y cuantiosos daños. Las imágenes tomadas durante la protesta muestran claramente tres aspectos de la misma realidad: una represión del aparato de gobierno incomprensiblemente salvaje; los aprovechadores de siempre, violentos saqueadores marginales que sacan provecho de la situación; y por último, la gran mayoría de jóvenes estudiantes que manifiestan su descontento con la tan sana como ingenua creencia de que pueden cambiar algo con esa convocatoria pública. Y siempre son ellos los que pagan el precio con sus vidas. El saqueador profesional está entrenado para entrar y salir rápido. Colabora activamente con la creación del caos, roba y se va. Su exposición es menor. Su interés es ruin. El estudiante permanece. Canta. Pide cambios. Pone el cuerpo. Y lo pierde. En un escenario de estupor e indignación. La muerte no estaba entre las alternativas posibles. Pero sí. Siempre está.

Cuando trato de encontrar un vencedor en esta situación no puedo dejar de identificar a Leopoldo López (detenido por la “justicia” chavista) cuya figura saltó rápidamente al plano internacional, con cierto aire de valiente justiciero. Y no puedo dejar de preguntarme: ¿qué sentido tiene el triunfo de individuos aislados, casi en solitario, en un contexto que se desangra en frustración? ¿Ha cambiado algo más allá de que 5 jóvenes y sus ideales de un mundo mejor yacen ahora bajo tierra? ¿La responsabilidad de un dirigente político no incluye también velar por la integridad física de aquellos a los que arenga para ir al frente?

Mientras el presidente Maduro delira que su predecesor ha reencarnado en pájaro y que intercambió con él algunos silbidos que garantizan la feliz continuidad de la Revolución Bolivariana inventada por el comediante Chávez, Venezuela se hunde más y más en la desesperación: la profundización de los antagonismos no parece ser el camino de la solución. El nuevo populismo, detrás de un discurso colectivo, entrega una solución individual económica a cada uno de sus fieles. No se puede combatir eso con las herramientas con las que se impugnaba al viejo populismo. Algo ha cambiado y la oposición en Venezuela debería tomar nota. Después de todo, dicen que la definición de locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes.


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