VII Cumbre de las Américas: El fin de la exclusión de Cuba

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En la reciente Cumbre de las Américas el presidente estadounidense se ganó un lugar en la historia al dar los primeros pasos para corregir una política de más de medio siglo que había fallado en su objetivo fundamental: el fin del régimen castrista. El otro triunfador fue el mandatario cubano Raúl Castro al aceptar sabiamente el desafío que le presentaba Barack Obama, mientras Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, fracasó en su intento de lograr una condena contra Obama.

Texto: Patricia Grogg / Joaquín Roy / Foto: Felipe Cordera

Barack Obama había nacido hacía sólo cuatro días cuando Ernesto “Che” Guevara fustigó públicamente la política hostil de Estados Unidos hacia Cuba durante una cumbre interamericana, reiteró la disposición de Fidel Castro a dialogar para resolver las diferencias en pie de igualdad y conversó en secreto con un enviado de Washington. Más de medio siglo después, el ahora mandatario estadounidense asumió el reto de acercarse a su vecino país caribeño, superar enfrentamientos, rencores y tensiones mutuas e iniciar el aún incierto proceso de normalización de relaciones bilaterales. Finalmente, este 10 y 11 de abril se encontró frente a frente en Ciudad de Panamá con el presidente cubano Raúl Castro en la VII Cumbre de las Américas.

Guevara habló en la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social de la Organización de Estados Americanos (OEA), el 8 de agosto de 1961, como delegado del gobierno cubano de Fidel Castro, a quien acompañó en la guerrilla que el primero de enero de 1959 derrocó al dictador Fulgencio Batista. Ese encuentro, realizado en el balneario uruguayo de Punta del Este, fue el último el que participó Cuba en el concierto interamericano, ya que sería suspendida de la OEA en enero de 1962, en una medida que el organismo levantó oficialmente en junio de 2009.

En la Conferencia de Punta del Este, Estados Unidos formalizó la Alianza para el Progreso, una propuesta que el presidente John Kennedy (1961-1963) había lanzado meses antes y que nació para contrarrestar la influencia de la Revolución cubana en la región, tras el fracasado intento de su gobierno de invadir la isla, en abril de aquel mismo año. Al margen de esa reunión, el argentino Guevara sostuvo, el 17 de agosto, un encuentro confidencial en Montevideo con Richard Goodwin, asesor especial para asuntos latinoamericanos de Kennedy, considerado por medios cubanos como el primer contacto directo de alto nivel entre autoridades de ambos países desde la ruptura de las relaciones bilaterales en enero de 1961.

Cinco días después, la Casa Blanca aseguró en un comunicado que esa conversación fue sólo un encuentro casual durante un coctel, en el que Goodwin se limitó a escuchar. Desde entonces, la historia bilateral registra varios intentos frustrados de acercamiento, hasta que ya retirado del poder Fidel Castro, en 2006, su hermano y sucesor y Obama sorprendieron el 17 de diciembre con el anuncio de su decisión de restablecer las relaciones diplomáticas.

De ahí que buena parte de la atención hacia la VII Cumbre de las Américas se concentró en los dos gobernantes. Obama acudió por tercera vez desde 2009 a este foro del que Cuba estuvo excluida hasta ahora y al que llegó como resultado de una estrategia diplomática que condujo al respaldo unánime de la región a su reinserción y a fraguar el deshielo con Estados Unidos.

El politólogo y ensayista cubano Carlos Alzugaray considera al respecto que también hay que tener en cuenta la creciente autonomía de la región. “Se puede decir que Estados Unidos ha perdido la iniciativa y espacio de maniobra al sur del río Bravo o el río Grande”, opinó. Tras la primera Cumbre de las Américas, en 1994, en la ciudad estadounidense de Miami, estas citas pasaron a exhibir una América Latina cada vez menos proclive a las ofertas de Estados Unidos, con un punto de quiebre en la proyectada Area de Libre Comercio de las Américas (Alca), que protagonizó la primera década de encuentros y quedó enterrada en otro de ellos.

Fue en la IV Cumbre, en la ciudad argentina de Mar del Plata en 2005, cuando el país anfitrión y otros sudamericanos rechazaron el intento de Estados Unidos y Canadá de imponer el Alca en la agenda. Entonces, habían pasado a gobernar en el sur del continente líderes de centro izquierda o izquierda, como el venezolano Hugo Chávez (1999-2013), quien llamó a convertir la reunión en “la tumba del Alca”. Como contrapropuesta, Chávez, junto con Fidel Castro, impulsó la creación en diciembre de 2004 de la hoy llamada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), integrada por Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Dominica, Antigua y Barbuda, Santa Lucía, Granada y San Cristóbal y Nieves.

Tres años después nació la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) con la idea de favorecer un desarrollo más armónico, equitativo e integral de la región, conformada por Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guayana, Paraguay, Perú, Suriname, Uruguay y Venezuela. Con la excepción de Estados Unidos y Canadá, todos los países del área integran desde 2011 la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Este foro consagró la plena reinserción de Cuba a la concertación política regional, sin la presencia de Canadá y Estados Unidos.

A este nuevo contexto internacional que arropa a la isla, Alzugaray suma las transformaciones internas que lleva a cabo el gobierno de Raúl Castro desde 2008 para modernizar su modelo socialista de desarrollo y los “cambios globales con la creciente presencia de China, en primerísimo lugar, y de Rusia, en la región”. Pero la Cumbre de Panamá, llamada a satisfacer formalmente la demanda regional del fin de la exclusión de Cuba de la cita de los 35 estados independientes de América y dar un paso significativo en la normalización de La Habana y Washington, también desplazó su atención hacia la crisis entre Estados Unidos y Venezuela.

Obama emitió el 9 de marzo un decreto que declaraba al gobierno de Venezuela, presidido por Nicolás Maduro, como una amenaza para la seguridad de Estados Unidos, e imponía sanciones a algunos de sus funcionarios, en una medida rechazada por la mayoría de países latinoamericanos. “Ningún país tiene derecho a juzgar la conducta del otro ni muchísimo menos a imponerle sanciones o castigos por su propia cuenta”, advirtió el secretario general de la Unasur, el ex presidente colombiano Ernesto Samper.

Dos ganadores y un perdedor

Ahora bien, Obama se ha ganado un lugar en la historia al haber iniciado los primeros pasos para corregir una política de más de medio siglo que había fallado en su objetivo fundamental: el fin del régimen castrista. Dejando de lado una sinuosa negociación con su antagonista cubano y un imposible consenso con sus opositores interiores, Obama se lanzó en la Cumbre de Panamá a una oferta sin condiciones. Sabía o intuía que su contraparte cubana no tendría más remedio que asentir.

El régimen cubano está llegando al borde de quedar exhausto económicamente y bajo la presión sutil de una población que ya lo ha aguantado todo. Los signos de debilitamiento de su protector venezolano, con el que intercambiaba favores sociales (educación y salud) por petróleo subsidiado, se cernían como un huracán caribeño sobre el régimen de Raúl Castro. En lugar de haber favorecido la caída de la fruta madura, Obama optó por lo insólito: favorecer su supervivencia.

Obama está apostando por la estabilidad del régimen cubano, como mal menor a la producción de una explosión interior, enfrentamientos entre sectores irreconciliables y la imposición de una solución militar más rígida que el control actual. Washington sabe que solamente las fuerzas armadas cubanas podrían garantizar el orden. Lo último que el Pentágono anhela es ejercer ese dudoso papel.

De ahí que entre el apuntalamiento del régimen con Raúl Castro y su dudosa transformación instantánea, se haya optado por el pragmatismo que desemboque en las plenas relaciones diplomáticas y el futuro levantamiento del embargo. Raúl Castro, corrigiendo la repetida exigencia del final del embargo, como condición de cualquier negociación, sabiamente ha aceptado el reto. Se ha contentado con el premio de consolación de recordar la historia (por otra parte, lamentable) de la política de Estados Unidos hacia Cuba, en su discurso de casi una hora en la Cumbre. Pero, como suavización, le regaló a Obama el reconocimiento de la ausencia de culpa de alguien que no había nacido con el triunfo de la Revolución cubana. Castro ha contribuido de forma decisiva al triunfo de Obama.

Maduro ha surgido de este episodio de las relaciones interamericanas como neto perdedor. La clave de su fracaso se basa en no haber calculado sus limitaciones y haber infravalorado los recursos de sus colegas. Inicialmente explotó lógicamente el error de Obama al producir el decreto declarando a Venezuela como una “amenaza” y consecuentemente imponiendo sanciones contra siete funcionarios de Caracas.

Numerosos gobiernos y analistas criticaron el uso de ese lenguaje. Ya en el contexto de la Cumbre el presidente estadounidense rectificó y reconoció que Venezuela no representaba tal amenaza para su país. La debilidad de la actuación de Maduro en la Cumbre se debe a una combinación de circunstancias de su propio interior, la reacción de importantes actores externos (significativamente ajenos a Estados Unidos), la débil colaboración de muchos de sus tradicionales aliados o simpatizantes en América Latina, y la ausencia de un apoyo incondicional de Cuba.

Obsérvese que en ese escenario apenas hizo presencia Estados Unidos, aunque hay que destacar el intento de suavizar la conducta alterada de Maduro por parte del asesor especial de Obama, Thomas Shannon, quien departió con el presidente venezolano en Caracas antes de acudir a la Cumbre. Maduro ya había tenido que actuar bajo el lastre del encarcelamiento de una serie de sus opositores, bajo dudosas acusaciones. El resultado ha sido la generación de una protesta de alcance mundial, sobre todo latinoamericana, pero también de Europa.

Una veintena de ex presidentes latinoamericanos redactaron un documento de protesta que presentaron en el marco de la Cumbre. Aunque esos ex mandatarios pueden ser considerados conservadores y liberales, se les unió, además del ex presidente conservador español José María Aznar (objeto notorio de los ataques de Hugo Chávez y luego del propio Maduro), el ex presidente socialista español Felipe González, quien se ofreció a actuar como abogado defensor de Antonio Ledezma, alcalde de Caracas, uno de los apresados por el régimen venezolano.

El intento de Maduro de lograr la inserción en el comunicado final de la Cumbre de una condena al decreto de Estados Unidos fue otra de sus derrotas. El resultado fue que la Cumbre no tuvo tal comunicado oficial, por la falta de consenso, a pesar de haberse intentado también la eliminación de la mención directa contra Estados Unidos. Sus partidarios en América Latina, a pesar de la locuacidad de sus socios y protegidos en el Alba, se han revelado como prudentes en enfrentarse de forma notoria a Washington. Igual puede decirse de los países caribeños, temerosos del descenso del suministro de petróleo venezolano con el bendito subsidio. De ahí la petición de trato de favor a Obama durante el cónclave de la Comunidad del Caribe (Caricom) en Jamaica.

Pero su mayor derrota ha sido no haber intuido que Raúl Castro tendría que elegir entre la temida disminución del crudo venezolano barato y el reacomodo con Washington. Se ignora cómo Cuba podrá continuar el suministro de la contrapartida de maestros y personal sanitario cubano a Venezuela, que ha sido hasta ahora la joya de la corona de la alianza de La Habana con Caracas en el entramado del Alba.


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