VIVIR EN CUEVAS: TROGLODITAS DEL SIGLO XXI

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Testigos subterráneos de la historia desde el principio de los tiempos, las cuevas salen del armario y el mercado inmobiliario las reinventa como viviendas cool, muy lejos de la marginalidad de otras épocas. Habitantes de todo tipo las ocupan, las rentan, las compran y las comparten, redefiniendo así no sólo el mundo de los bienes inmuebles, sino también el concepto de vida moderna. Una necesidad prehistórica que ha cobrado una curiosa actualidad.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Marcos Sierra / Penélope Aristimuño

La tierra gira alrededor del sol y sobre su propio eje así como el transcurrir de la vida humana que la habita posee su propia trayectoria circular. El primer hombre caminaba la tierra, libre y en contacto con la naturaleza hasta que tuvo la necesidad de buscar refugio y lo encontró en el mismísimo vientre de la madre tierra: la cueva. La evolución sacó al hombre paleolítico de la caverna y lo puso de pie en la superficie, sobre la que habitó moradas de adobe, piedra, ramas y arcilla y madera, a las que construyó, al principio, sencillamente y al ras del suelo hasta conseguir, ya en la modernidad, proyectarlas hacia alturas inimaginables con diseños de una complejidad sorprendentes. Hoy, tal vez producto de esta aparentemente inevitable naturaleza circular de la vida –“el eterno regreso de lo mismo”, diría el filósofo alemán Friedrich Nietzsche–, el hombre se halla de regreso al origen: la cueva.

La que hasta hace poco era considerada una infravivienda –con toda la connotación negativa y la carga marginal que esa palabra conlleva–, en estos días es una vivienda bioclimática, con toda la legitimidad que le otorga dicha denominación. La que hasta no hace mucho parecía ser sólo una morada prehistórica digna de la ciencia ficción –las cuevas de Matmata, Túnez, en Star Wars; las de Petra, Jordania, en Indiana Jones; las de la comarca en The Lord of the Rings– es en la actualidad un refugio atractivo en el camino de regreso a la naturaleza, en algunos casos, o de huida de la enajenación de la vida posmoderna, en otros. Vivir en una cueva aquí y ahora nada tiene de cavernícola. Aunque también es cierto que en algunos lugares del planeta se están poniendo de moda, como en España –en Granada, según un estudio elaborado por el gobierno de dicha provincia, hay más de 16 mil–, Estados Unidos, México, Italia, Francia y Jamaica.

49184255Granada: la meca

Los sábados a la noche en Granada hay fiesta en la cueva del Marqués. Un trovador español que hace ya doce años le compró a su abuelo el refugio subterráneo que pasó de ser un gallinero a convertirse en una parada obligada para artistas, gitanos y famosos que buscan tanto la curiosidad como disfrutar de veladas musicales embriagadoras, alejados de la vorágine de las grandes ciudades. “Aquí tengo tranquilidad, un clima perfecto, naturaleza. Estoy libre de la sociedad”, confiesa David Heredia (el noble de ficción).

En Guadix, una localidad ubicada a 58 kilómetros de Granada –la meca de las cavernas– vive Laila, una mujer de 35 años nacida en Tánger que eligió sentar raíces bajo tierra por amor. Laila sabía que mudarse a la cueva era una cuestión de tiempo –su pareja la había adquirido para ambos con gran entusiasmo–. La cuestión había sido tomar la decisión (suena fácil pero es tan difícil). Al principio la idea de vivir en una cueva la asfixiaba, pero con el tiempo llegó a la conclusión de que la mayoría de los habitantes de este universo viven en cuevas, sobre la superficie. Apartamentos mínimos en los que respirar tampoco resulta ser tan sencillo. Así que ahora Laila vive en su casa-cueva –tal el nombre que se le ha dado en la jerga inmobiliaria a este tipo de propiedad– que ocupa 320 metros cuadrados repartidos en tres plantas. La vivienda posee cocina, dos baños, tres dormitorios, un salón, una bodega y un estudio-despacho. Además, la construcción dispone de porche, solarium, una pileta con jacuzzi y una terraza con una vista de tal magna belleza que al contemplarla uno no puede más que cuestionar el mismísimo suelo sobre el cual eligió posar sus propios pies.

Kiki no tuvo opción. El nació en la cueva que habita, a la que le calcula una existencia de 400 años. La herencia subterránea granadina es hoy un bar, cuyas celebraciones nocturnas compiten cabeza a cabeza con las que organiza el Marqués. Aunque hay una visita gracias a la cual la de Antonio Heredia –más conocido como Kiki– suma ventaja: los reyes de España.

Erase una vez la Hoya de Baza, antaño un inmenso lago azul donde pastaban mamuts y rinocerontes bajo la atenta vigilancia del primer hombre europeo. Hasta hace cuarenta años, en esta parte salvaje, bella y olvidada de la provincia de Granada, se encontraban diseminadas pequeñas aldeas trogloditas a orillas de las cárcavas que se formaron al secarse el viejo lago. Hoy renace en todo su esplendor una de estas aldeas donde se refugiaron sucesivamente moriscos, mineros del yeso y humildes campesinos”, así versa el anuncio publicitario de las Cuevas Al Jatib, un resort turístico de Baza en el que se puede elegir entre seis cuevas diferentes, que se pueden rentar, en temporada baja, por 40 dólares la noche. En la actualidad existen centros hoteleros ubicados en cuevas en casi todos los municipios trogloditas de Granada, entre los que se destacan, además de Guadix y Baza, Cortes y Graena, Freila, Galera, Castilléjar, Benalúa de Guadix, Cortes de Baza, Alcudia de Guadix, Cuevas del Campo y también Granada capital.

Muy lejos de la realidad de las cuevas cinco estrellas está Gabriel, profesor de arquitectura popular nacido en Galicia que, tras una breve temporada en Marruecos, se mudó a la caverna. El gran motivo: no paga renta. Al igual que Douda, un rastafari de Senegal indocumentado que ya fue deportado una vez y que se las arregla vendiendo pulseras, cinturones y collares hasta que la policía del lugar lo detiene y lo manda de patitas a la cueva. “Vivimos como los Picapiedra, como dice mi nieto”, confiesa Ambrosia Narín. Esta orgullosa abuela de 74 años comparte la historia de su casa-cueva: “Era de mi tatarabuelo, que compró el terreno con la casa ya excavada, aunque después la hemos ampliado y la hemos restaurado”.

Ocuparla, heredarla o adquirirla son las opciones viables para convertirse en dueño de una casa-cueva. Existe una opción más, pero requiere de valor y conocimiento: construirla. Aparentemente, si uno no encuentra la cueva de sus sueños en tucueva.com, por ejemplo –hay una a la venta en Granada ahora mismo por 42 mil euros (aproximadamente, 46 mil dólares), con agua potable y luz eléctrica–, puede animarse a cimentarla. Eso sí, hay que seguir religiosamente unos consejos básicos que brinda el sitio cienladrillos.com. Primero, elegir el terreno en una zona cálida y en la que haya cuevas naturales para asegurarse de que se trata de una lugar propicio. Se debe construir la cueva con un buen acceso y con el frente mirando al sur para asegurarse el ingreso de luz. Se recomienda preferir las formas redondeadas por sobre cualquier otra, no sólo por motivos estéticos, sino también para evitar ángulos que provoquen accidentes. Por seguridad, las bóvedas no pueden superar los cuatro metros de diámetro. Se debe pintar con cal las paredes internas, por protección y porque reflejarán mejor la luz. Y nunca se deberá dejar que se formen charcos en el terreno que se encuentra sobre la cueva.

Entre Altamira y Petraf24b713c_original

Al comienzo hubo intemperie, y el hombre transitaba libremente la faz de la tierra, abasteciéndose de los frutos de la naturaleza, sin detenerse en un mismo sitio a largo plazo. Los grupos humanos paleolíticos eran nómades. Se cree que posiblemente hayan existido construcciones efímeras, de las que no han quedado vestigios, que eran utilizadas como refugio y protección contra la acción de los depredadores. En términos de vivienda, las cuevas son el hito que marca a la Edad de Piedra. Los hombres prehistóricos habitaban cavernas hechas por el agua. Solían instalarse cerca de la entrada porque al fondo estaba más húmedo y, para evitar que entrara el aire y los animales, levantaban una pared de piedras en la entrada. En el suelo colocaban pieles de animales. Poco a poco, el ser humano fue aprendiendo a cultivar sus alimentos en vez de ir en su búsqueda. Ese momento constituyó el nacimiento del Período Neolítico. Cuando la agricultura se consolidó, los grupos humanos fundaron poblados de viviendas estables, destinando las cuevas a otros fines, como campamento de caza y pastoreo, o para la realización de diferentes ceremonias.

Sin lugar a dudas, la cueva más famosa del mundo es la de Altamira, registro ineludible de la existencia de los trogloditas originales y de una de las manifestaciones artísticas más extraordinarias del arte paleolítico. Se trata de una cueva de dimensiones reducidas, ubicada en lo alto de una colina en el municipio de Santillana del Mar, Cantabria. Marcelino Sanz de Sautuola fue, en 1879, el descubridor de las pinturas que la harían célebre y quien puso de manifiesto su excepcional valor.

La espectacularidad de las pinturas implicaba el reconocimiento de la destreza artística de nuestros antepasados y era la primera vez que se atribuía esta habilidad al hombre de la prehistoria. No obstante, la comunidad científica no aceptó la originalidad de las pinturas hasta 1902, tras los hallazgos de algunas cuevas con arte rupestre paleolítico en Francia. Desde entonces, la cueva de Altamira se ha transformado en un ícono, un lugar donde descubrir el inicio de nuestra historia a través de una de las más sorprendentes creaciones artísticas, el primer arte de la humanidad. La cueva de Altamira desde 1985 está inscrita en la Lista Mundial de Patrimonio respaldada por la UNESCO.

A mitad de camino entre el golfo de Aqaba y el mar Muerto, a una altitud de 800 a 1396 metros sobre el nivel del mar, yace Petra, la ciudad troglodita construida en gran parte en la misma roca, que todos conocemos gracias a Indiana Jones and the Last Crusade. Fundada en la antigüedad hacia el final de siglo VIII a. C. por los edomitas, esta magnífica ciudad-cueva fue ocupada en el siglo VI a. C. por los nabateos que la hicieron prosperar gracias a su situación en la ruta de las caravanas que llevaban incienso, especias y otros productos de lujo entre Egipto, Siria, Arabia y el sur del Mediterráneo. Ya en el siglo VIII, víctima de un replanteo de las rutas comerciales, así como de varios terremotos, Petra cayó en el olvido y fue redescubierta recién en 1812 por el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt. A partir del 6 de diciembre de 1985, forma parte de la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Y desde el 7 de julio de 2007, Petra es una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno.

Moda que no incomodab33df0c5_original

Si bien el retorno a la naturaleza y a uno mismo parecen ser las razones más profundas que conducen a la búsqueda de este tipo de viviendas, no hay que restarle importancia a los beneficios colaterales que genera alejarse de la estructura social formal, como abonar menos impuestos o directamente no tener que pagarlos. Aunque con el auge de la moda de las cavernas esta última ventaja parece condenada a desaparecer. Así como la humildad de las primeras casas ha sido reemplazada por lujos y comodidades impensados para una cueva, el perfil de los propietarios actuales y potenciales también tiende a la actualización.

En el desierto de Coahuila, México, Benito Hernández construyó su propia caverna bajo una formación rocosa que había descubierto cuando tenía 8 años. Decidido a comprarla para convertirla en el hogar que soñaba para su familia, veinte años más tarde lo consiguió y, desde hace más de treinta giros terrestres alrededor del sol, vive con su esposa y sus siete hijos en la cueva. Pese a que la temperatura de estas propiedades bajo tierra es una de las características que seducen a los interesados –frescas en verano y cálidas en invierno, alrededor de 20 grados centígrados promedio–, Benito instaló una estufa que arde con madera, no sólo para conservar el calor sino también para que ilumine el ambiente un poco durante las noches. La característica menos atractiva de las cuevas es que carecen tanto de instalaciones eléctricas como de agua. Sin embargo, en el caso de Benito esto último no es problema, ya que la caverna está ubicada cerca de un manantial de montaña, por lo que él y su familia cuentan siempre con agua fresca y pura.

Hace años quienes buscaban este tipo de moradas eran personas de escasos recursos económicos, mientras que ahora se trata de jóvenes herederos, turistas que demandan destinos exóticos y adultos que ya han pasado del fárrago urbano, y buscan el silencio y la tranquilidad que sólo se encuentra en la vida subterránea.


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