#WILLIAMSHAKESPEARE400

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Este 2016 es el año de William Shakespeare. Londres y el mundo entero se regalan el lujo de sus palabras. Las compañías teatrales representan sus obras, los realizadores cinematográficos reinterpretan su mensaje, los estudiosos comparten sus descubrimientos, sus lectores lo celebran en desfiles, muestras y festivales. A 400 años de su fallecimiento, el poeta, el actor, el dramaturgo y el hombre del rey, todos brillan a la luz de su legado.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Gentileza The Shakespeare’s Globe

Es 23 de abril de 2016 en Londres. En el londinense The Shakespeare’s Globe, los actores irlandeses Kathy Rose O’Brien y Edward MacLiam ensayan una escena de The Taming of the Shrew, la adaptación de Caroline Byrne. La directora irlandesa, oriunda de Kilkenny, situó la historia de Kate, Petruccio y Bianca durante los eventos del Easter Rising, el alzamiento de pascua que fue, en 1916, el más conocido intento de los republicanos irlandeses de tomar el control de su país y lograr la independencia de Reino Unido. Cien años pasaron de aquel levantamiento. Cuatrocientos del que vio morir al padre de la palabra inglesa, al bardo, al autor de la obra adaptada por Byrne y de un legado literario inigualable cuya interpretación de la naturaleza humana lo convirtió en una inagotable fuente de inspiración, capaz de trascender idiomas e idiosincrasias. La profecía de Ben Jonson, el dramaturgo y poeta contemporáneo de Shakespeare, se ha cumplido: “No perteneció a una era sino a todas”.

La profecía de Ben Jonson se ha cumplido: “No perteneció a una era sino a todas”.

“Ser o no ser, esa es la cuestión.” Hamlet

Fiesta en homenaje. En el 400 aniversario de la muerte del bardo, todo en Stratford-upon-Avon –su pueblo natal– fue teatro.

Fiesta en homenaje. En el 400 aniversario de la muerte del bardo, todo en Stratford-upon-Avon –su pueblo natal– fue teatro.

William Shakespeare fue bautizado el 26 de abril de 1564. Lo dice un registro encontrado en los archivos de la Holy Trinity Church de Stratford-upon-Avon en Warwickshire. Se cree que había nacido tres días antes, exactamente en la misma fecha que fallecería cincuenta y dos años más tarde, en 1616. Su padre fue John Shakespeare, un funcionario público burgués que, a pocos años del nacimiento de William, se convirtió en edil y luego alguacil del poblado que habitaba junto a su hijo y su esposa. Mary Arden, de Wilmcote, madre de William, descendía de una antigua familia de Warwickshire que poseía tierras que ella heredaría, aportando así tanto a la fortuna familiar como a la reputación burguesa de su marido.

William fue enviado a una buena escuela de gramática de Stratford, en la que estudió latín y a los poetas, historiadores y moralistas clásicos. No hay registro de que haya asistido a la universidad, pero sí lo hay de que a los 18 años contrajo matrimonio con una mujer ocho años mayor que él llamada Anne Hathaway, también de Stratford. Además, quedó asentado que el 26 de mayo de 1583 bautizó a su primogénita Susanna y que el 2 de febrero de 1585 hizo lo propio con los mellizos Hamnet y Judith.

“Ningún legado es mejor que el de la honestidad.” All’s Well That Ends Well

Somos alrededor de veinte turistas los que recorremos The Shakespeare’s Globe, y lo primero que aprendemos es que el edificio es una réplica magnífica del original. The Globe, el que fue testigo del nacimiento del genio y del que sólo queda una placa conmemorativa, se halla a un par de manzanas de este teatro que, desde 1996, alberga el tesoro que nos dejó William Shakespeare. La visita arranca en el subsuelo, con la historia de cómo un actor y director estadounidense Sam Wanamaker fue el motor de la idea de que Londres contara con algo más que una lámina que recordara al bardo, y que le rindiera homenaje y fuera lugar de encuentro, de estudio, de exploración artística y de disfrute.

Shakespeare pasaba largas temporadas en Londres y casi no visitaba su propiedad en Stratford, donde residían su mujer y sus hijas.

Wanamaker había llegado a Reino Unido en 1949, tras verse obligado a dejar su país por haber sido incluido en una infame “lista negra” de Hollywood. Se enteró de tan cruenta noticia mientras filmaba la película Mr. Denning Drives North en las islas británicas. Veinte años más tarde fundó el Shakespeare Globe Trust, dedicado a la reconstrucción de aquella cuna original. Tras otros veinte años recaudando donaciones e inspirando a cientos de personas, Wanamaker falleció en 1993. Tres años más tarde, se abrían las puertas del teatro que este año conmemora los 400 años de la muerte de William Shakespeare.

“Qué es el pasado sino prólogo.” The Tempest

Se sabe muy poco de los ocho años que sucedieron al bautismo de sus hijos, ya que no hay registros oficiales de ningún tipo durante esa época. Se tejen historias de problemas con un magnate local llamado Sir Thomas Lucy de Charlecote. Se especula con que se dedicó a la enseñanza. Se sugiere que viajó a Londres y que se introdujo en el mundo del teatro cuidándoles los caballos a los miembros de la audiencia. Ninguna de las teorías pudo ser confirmada. Así que hubo algunos que buscaron pistas en su obra, suponiéndolo abogado, por ejemplo, gracias a su buen manejo del lenguaje legal. Aunque cualquier especulación basada en su capacidad con tal o cual lenguaje termina siendo una obviedad, cuando se habla del padre de la palabra inglesa.

 El Brexit salvó a Shakespeare de que el polémico Boris Johnson –ex alcalde de Londres, e impulsor del mismo– sea su biógrafo.


El Brexit salvó a Shakespeare de que el polémico Boris Johnson –ex alcalde de Londres, e impulsor del mismo– sea su biógrafo.

En los archivos nacionales británicos existe una historia burocrática de Shakespeare, que es la de los registros que lo acreditan como un ciudadano que pagaba impuestos, que era propietario, que era un actor bajo el patrocinio de la corona, que era accionista teatral, que estuvo involucrado en algunos juicios y que contaba con una herencia a la hora de morir. Ese testamento está expuesto en la muestra del Shakespeare’s Globe.

El poeta dejó una fortuna importante al fallecer, que heredaron su esposa Anne y sus hijas Judith y Susanna, ya que su hijo Hamnet había muerto a muy temprana edad, a los 11 años. Está basado en un borrador que data de 1613, sobre el que se realizaron algunos cambios antes de su defunción. No está escrito por Shakespeare, pero la firma coincide con tres de los seis ejemplos de su rúbrica que se conocen, y dice: “By me William Shakespeare”. Su testamento protegió a sus hijas, sobre todo a Susanna. Su mujer no recibió el mismo trato, aunque obtuvo una misteriosa “segunda mejor cama”. Las malas lenguas murmuran acerca del abismo que caracterizó a este matrimonio que parece haber sido consecuencia del embarazo de Anne, ya que Susanna nacería sólo seis meses después de la fecha en la que la unión figura en el registro, 27 de noviembre de 1582.

Shakespeare pasaba largas temporadas en Londres y casi no visitaba su propiedad en Stratford, donde residían su mujer y sus hijas. Vivió sin su familia en la ciudad capital entre 1585 y 1592. De hecho, no se sabe si estaba en Stratford cuando su hijo Hamnet falleció. Sí se sabe que fue enterrado en la Church of the Holy Trinity de esa localidad, a la que aparentemente se había retirado alrededor de 1612.

Escribió más de un millón de palabras que dieron origen a dramas poéticos de calidad inigualable.

“Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser.” Hamlet

Subimos las escaleras que conducen al patio de afuera, con vista al río Thames. Las paredes de los pasillos que nos llevan a la entrada están cubiertas por los nombres de todos aquellos que colaboraron para que la romántica idea de un actor se convirtiera en realidad. Los homenajes se extienden a cada centímetro del patio. Aquí estamos, en la antesala de este templo de la letras que es la sala a cielo abierto del Shakespeare’s Globe, para arrancar por el principio, por la historia de aquel Londres y del nacimiento de aquel teatro de repertorio para el que William escribía sus piezas teatrales y de cuya compañía The King’s Men era miembro.

Nos detenemos por unos minutos frente a la puerta de la sala. El aire fresco parece no resignarse al comienzo del verano. Sigue soplando lo suficiente como para obligarnos a estar abrigados, por lo menos aquí, de pie, al aire libre, muy cerca del London Bridge, a instantes de ser testigos privilegiados del ensayo de The Taming of the Shrew desde los palcos vacíos. El tiempo que pasamos, siendo testigos de los preparativos de la pieza que dará el puntapié inicial a la temporada de verano 2016 del Shakespeare’s Globe, vale lo que cuesta la visita. Bajo el sol, que es la única fuente de luz del teatro, como lo era entonces, los actores irlandeses Kathy Rose O’Brien y Edward MacLiam cantan las palabras de Shakespeare. No, no literalmente. Es que cuando las palabras del bardo son dichas con la cadencia y el ritmo del texto y con suficiente amor como para hacerlas propias, son música para los oídos.

El escenario está pintado de negro, y es una ocasión extraña, ya que, como entonces, la escenografía no suele cambiar. Son los actores y sus trajes, la utilería y el tiempo de Londres, los que varían constantemente sobre las tablas del Shakespeare’s Globe. Hoy, por ejemplo, durante el ensayo, el fantasma de la lluvia es un personaje más.

“Oh, enséñame cómo debería olvidarme de pensar.” Romeo and Juliet

La visita termina cuando llegamos al comienzo de la muestra. El guía nos deja frente a una línea de tiempo impresionante que sitúa cronológicamente la publicación de cada una de sus obras en el contexto de la historia británica. Shakespeare vivió en una época en la que las ideas y estructuras de la Edad Media aún influenciaban el pensamiento y las costumbres de sus contemporáneos. La reina Isabel I era la representante de Dios en la Tierra. El orden social tanto como el económico estaban siendo cuestionados por el surgimiento del capitalismo, por la expansión de la educación y por la inyección de riqueza que generaba el descubrimiento de nuevas tierras.

Voy directo a buscar a Romeo and Juliet que fue editado en 1597. Veo a Hamlet, en 1603, mientras escucho de fondo la voz del actor británico Sir Laurence Olivier dando vida a su versión del “ser o no ser” inmortal. Alguien está escuchando el audio de Olivier a todo volumen, como si estuviera tratando de hacerle justicia a su talento. King Lear, en 1608. Macbeth, en 1623. Los nombres van sucediéndose y consiguen transportarme más allá de los confines de esta travesía que, naturalmente, me lleva unos minutos. Más adelante, las maquetas del Londres del siglo XVI muestran a aquel The Globe que nació en 1599, en una época en la que aunque el teatro no tenía buena reputación, sí contaba con el apoyo de algunos nobles deseosos de patrocinar a las artes.

“El mundo es un escenario.” As You Like It

Cuentan los audios de la muestra que el joven Shakespeare comenzó su carrera teatral en 1594 como integrante de la compañía The Lord Chamberlain’s Men, que luego de la asunción al trono del rey Jacobo I, en 1603, pasaría a llamarse The King’s Men. Esta contaba con el mejor actor del momento, el londinense Richard Burbage, y con el mejor dramaturgo, William Shakespeare, y se presentaba en el mejor teatro, The Globe. Su prosperidad estaba garantizada, así como la de sus miembros, que pronto se transformaron en accionistas de la compañía creando una cooperativa.

Poco se sabe del proceso creativo de Shakespeare. Sin embargo, como asegura la enciclopedia Britannica, lo que es innegable es que durante veinte años se dedicó a su arte y escribió más de un millón de palabras que dieron origen a dramas poéticos de calidad inigualable. En el subsuelo del Shakespeare’s Globe habita el espíritu del bardo en todas sus formas. Las palabras, en la voz de los actores que las interpretaron. El vestuario que recuerda a cada uno de sus personajes emblemáticos. Los instrumentos musicales, cuyo sonido inconfundible dispara en nuestra mente los encantadores escenarios de sus obras. La imprenta, que las volvió inmortales.

“No hay oscuridad sino ignorancia.” Twelfth Night

Una escena de Antony and Cleopatra filmada al lado de las pirámides de Egipto. Una de Julius Caesar, en la mismísima Roma. El mercader Shylock, en el gueto judío de Venecia. Hamlet, en el castillo danés de Kronborg. Los escenarios imaginados por Shakespeare son reales en cada uno de los treinta y siete cortometrajes que se suceden una y otra vez en las pantallas gigantes distribuidas a lo largo de las dos millas y media que unen al Westminster Bridge con el Tower Bridge en la caminata The Complete Walk.

Shakespeare vivió en una época en la que las ideas de la Edad Media aún influenciaban las costumbres de sus contemporáneos.

Es 23 de abril de 2016 en Londres. La máscara de William Shakespeare esconde el verdadero rostro de miles de ingleses y revela el orgullo que sienten por haber nacido en la ciudad que fue la cuna del bardo de Stratford, y de su obra. Los cortometrajes estarán viajando a otras ciudades del planeta como Madrid en España, Gdansk en Polonia y Taipéi en Taiwán, en las que se replicará el recorrido urbano ya mencionado.

En estos días, Stratford-upon-Avon, la ciudad natal de Shakespeare, patrocina en sus calles el desfile en su honor al que por supuesto asisten todos los vecinos. El Royal Ballet transmite online en vivo una serie de adaptaciones de su obra para ópera y ballet. Este evento es parte de uno más ambicioso llamado Shakespeare Day, que incluye eventos organizados por la Royal Shakespeare Company, el British Film Institute, el festival literario Hay Festival y el Shakespeare’s Globe.

En esta caravana de festividades, el sistema de transporte de Londres celebra al bardo imprimiendo un nuevo mapa del metro en el que aparece cambiado el nombre de las estaciones de la red por los títulos, los personajes y los lugares más famosos de la obra shakesperiana, poniendo de manifiesto, según declaró la directora de educación avanzada del Shakespeare’s Globe, Farah Karim-Cooper: “El modo en cómo los detalles de la obra de Shakespeare interactúan entre ellos”.

“Lo hecho, hecho está.” Macbeth

La audioguía cuenta cómo Shakespeare nos acompaña a diario, en frases que, tal vez, no recordamos cuándo fue la primera vez que las escuchamos, y tampoco estamos muy seguros de por qué las repetimos. Las repetimos porque son de Shakespeare, como por ejemplo: “No todo lo que brilla es oro”; “romper el hielo”; “pescarse un resfrío”; “fair play”; “corazón de oro”; “he tenido días mejores”; y “el diablo en persona”, entre muchas otras que fueron recopiladas y reunidas por Bernard Levin y que conforman un póster que cuelga de una de las paredes de la muestra.

Segundos antes de partir, le pregunto al guía por las actividades organizadas por el 400 aniversario de la muerte de Shakespeare, y me cuenta que una compañía de actores, especialmente creada para la ocasión, recorrió el mundo durante dos años representando la obra del bardo de Stratford-upon-Avon en exactamente 197 países, así como también en zonas de conflicto bélico y campamentos de refugiados. Qué mejor manera de honrar a Shakespeare que llevando su conmovedor legado de belleza a cada rincón del planeta. Y especialmente a aquellos que han sido decepcionados por la humanidad.


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