YIYUN LI: MUCHACHO DE ORO, MUCHACHA ESMERALDA

0

Ambientado en su mayoría en la China del siglo XXI, este bello conjunto de relatos cortos se nutre de personajes que tratan de reconducir sus vidas en un mundo nuevo y desconocido para ellos. Vecinos de un edificio ruinoso que contemplan con pavor y asombro el boom inmobiliario; una empresaria local metida a filántropo que acoge en su hogar a mujeres en situación delicada; un grupo de ancianas que descubre la fama en el último tramo de sus vidas como detectives privadas especializadas en aventuras extramatrimoniales. Muchacho de oro, muchacha esmeralda, la magistral colección de Yiyun Li, recoge la existencia cotidiana de la gente, una vida que se ha visto convulsionada por el cambio global. Nacida en China pero residente en Estados Unidos desde 1996, con este lanzamiento Li confirma que es una de las escritoras imprescindibles de nuestros tiempos. Aquí el comienzo del relato “El inexorable correr del tiempo”.

Habían jurado que serían hermanas del alma en el patio trasero de Ailin hacía cincuenta años, y Ailin era la mayor de las tres y a la que se le había ocurrido la idea. Tenían doce años, a punto de cumplir trece, sus cuerpos apenas empezaban a llenar las chaquetas Mao de color gris que habían heredado de sus madres. Por aquel entonces, hacerse hermanas del alma, igual que muchas otras tradiciones, había quedado tildado de nocivo legado feudal, y tuvieron que sobornar a la hija de un vecino para que se llevara a los hermanos pequeños de Ailin al mercado a comprar cañas de azúcar para que las tres niñas pudieran saberse libres de miradas indiscretas: los pequeños tardarían un buen rato en mascar las cañas de azúcar de punta a punta. Mei había robado un poco de licor de batata del armario de su padre, y cada una dio un sorbo de la fuerte bebida antes de verter un poco en el suelo. “Que el cielo y la tierra sean testigos del comienzo del resto de nuestras vidas”, leyó Ailin, una promesa que había adaptado de viejas novelas en las que hombres y mujeres elegían a sus hermanos del alma más allá del vínculo de la sangre misma, y Mei y Lan repitieron, igual que Ailin, que ellas, en adelante hermanas del alma, permanecerían unidas en lo bueno y en lo malo hasta el día en que abandonaran juntas el mundo terrenal.
Después fueron al único fotógrafo de la localidad para hacerse una foto. Iban vestidas con sus mejores ropas: blusas de un blanco luna con lazos del mismo color atados en la punta de sus trenzas y pantalones con estampados florales de colores suaves. El fotógrafo, un soltero de casi cuarenta años, vio a las tres niñas soltar risitas de emoción mientras colocaba los focos, y en sus rostros vislumbró algo que ellas hubieran sido incapaces de comprender en ese momento y que lo conmovió. En las copias finales escribió con trazo fino un verso de un antiguo poema: “Tan inocentes como brotes nuevos, no sabían que el tiempo corre inexorable como un río”. Molestas pero sin atreverse a enfrentarse al fotógrafo, las niñas fingieron no reparar en aquella apostilla en su juramento fraternal.
Nueve años después, el fotógrafo, con sus cámaras de fabricación alemana como prueba de que era un espía capitalista, fue el primero de la localidad en morir de una paliza a manos de jóvenes Guardias Rojos. Por aquel entonces, tanto Mei como Lan esperaban ambas su primer hijo, y Ailin, presionada por los progresos de las otras dos, se apresuró a casarse con un hombre al que apenas conocía y del que tardaría años en enamorarse. No era el primer hombre que le había presentado la casamentera, tampoco su familia era la que podía permitirse mejores regalos nupciales, pero ya lo decía el viejo refrán: “El que llega en momento oportuno, hasta a los más madrugadores adelanta”.
La mañana de la boda, mientras sus dos hermanas del alma la ayudaban a maquillarse, Ailin se acordó, para su sorpresa, de cómo los largos y amables dedos del fotógrafo le habían tocado la barbilla cuando le recolocaba el ángulo del rostro, años atrás. Si cerraba los ojos, casi podía sentir el fugaz frescor al verse protegida de la brillante luz de los focos, grandes y pequeños, por los brazos alzados del hombre. ¿Os acordáis de lo que escribió el fotógrafo en nuestro retrato?, preguntó Ailin, y entonces dijo que era muy cierto que el tiempo corría de manera inexorable cuando una menos lo esperaba. Mei y Lan, radiantes las dos con su próxima maternidad, se rieron de Ailin por ser tan sentimental. Tú espera hasta esta misma noche para descubrir lo que no sabes de la vida, dijo Mei, siempre la más directa, sin bajar la voz; Lan se sonrojó, pero enseguida la secundó con una tímida sonrisa, y Ailin se sintió cohibida por un vacío amenazador del que sus dos hermanas del alma no parecían ser conscientes.

Libros recomendados del mes

Aquí yacen dragones
Fernando León de Aranoa
(Seix Barral)

Erase una vez. Antología de artículos
David Trueba
(Debate)

El luminoso regalo
Manuel Vilas
(Alfaguara)

Intento de escapada
Miguel Angel Hernández
(Anagrama)

El telo de papá
Florencia Werchowsky
(Mondadori)

La fotografía quedó enterrada junto a unas cuantas prendas de soltera en un baúl que rara vez había abierto en su vida de casada, y cuando salió de nuevo a la luz no fue Ailin quien la recuperó, sino Ying, su nieta, de catorce años, que había regresado de Lisboa para pasar con ella las vacaciones de verano. ¿Quiénes eran estas niñas?, le preguntó Ying a su abuela mientras dejaba a un lado la fotografía y se probaba una blusa del baúl. La seda de un blanco luna había cogido un tono amarillento, igual que la gastada fotografía de cincuenta años atrás, pero la niña parecía impresionada al ver cómo le quedaba la anticuada blusa. Se peinó la melena teñida de rubio rojizo con la raya en medio y luego se hizo dos trenzas, pero la permanente le había dejado el pelo rebelde y, tras algunos intentos, desistió y se concentró en un peine de concha al que le faltaban algunas púas.
Habían sido las mejores amigas del mundo, las otras dos niñas y ella, dijo Ailin, pero no le explicó el ritual del juramento de hermanas del alma por miedo a que se riera de ella, lo cual sucedía a veces cuando le hablaba del pasado. Ying volvió a coger la fotografía y la miró con detenimiento.
–Son una monada –dijo, como quien habla de unos perritos.
Si su nieta había regresado en busca de historias, le contaría historias, pero sabía que aunque la niña actuaba con indiferencia cuando sus amigas de la infancia admiraban las fotografías que traía consigo y en las que salía posando en una ciudad exótica junto a edificios majestuosos, estatuas grandiosas y puertos azules con barcos blancos, Ying ya tenía demasiadas historias propias con las que cargar. Cinco años antes, tras la muerte del marido de Ailin, su único hijo había decidido emigrar a Portugal, y Ailin, consciente de que su opinión sería lo último que querrían de ella, le había dado el dinero que le había pedido sin poner ni un solo reparo. Ailin había pensado proponerles que le dejaran a su única hija para que ella la criara, pero Ying era la que más ganas tenía de marchar hacia una vida en el extranjero.
Era una gran ayuda en el restaurante, había explicado el hijo de Ailin al cabo de poco en una llamada telefónica, y resultó ser más útil aún porque enseguida aprendió el portugués y supo cómo enfrentarse a toda la burocracia y los funcionarios para que sus padres no tuvieran que hacerlo. Todos los veranos regresaba dos semanas a casa de Ailin por vacaciones, un premio por su contribución al próspero restaurante, pero aparte de presumir discretamente de su nueva vida ante amigos y vecinos, Ying también tenía que encargarse de comprar manteles y servilletas de artesanía, decorados con esos bordados por los que la provincia había sido famosa durante los últimos mil años y que seguían siendo baratos si sabía una a qué pueblo acudir.
Llevaban una buena vida y el negocio nunca había ido mejor, explicaba Ying todos los veranos, cada año con menos detalles, y Ailin aprendió a no pedir más de lo que le ofrecían. Si la niña quería contarle historias, Ailin era toda oídos, pero Ying estaba en una edad en la que la línea entre lo real y lo imaginario se difuminaba, y los relatos que ella creía impresionantes siempre aburrían a Ailin, aunque ella tenía mucho cuidado de no demostrarlo.
Hacia el final de la estancia de Ying, la niña llevó a casa una copia tamaño póster de la fotografía de Ailin con sus hermanas del alma. En la tienda la habían pasado por Photoshop para mejorarla, explicó Ying. Las tres niñas de la fotografía color sepia sonreían con aire soñador, como si un misterio compartido hubiese levantado una niebla que las separaba del resto del mundo. ¿Para qué la has hecho?, preguntó Ailin, y su nieta respondió que la fotografía formaría parte de la nueva decoración de una sección del restaurante separada del comedor principal. Colgarían también otras fotos que había recopilado, dijo Ying, viejos retratos que les había pedido a los padres de sus amigas y que la tienda tendría listas dentro de uno o dos días.
Ailin miró la fotografía. Estaba sentada en un banco de piedra, con las rodillas pegadas al cuerpo y sujetas con ambas manos, tal como le había dicho el fotógrafo. Mira un poco hacia arriba como si alguien te hubiese llamado, le había indicado, aunque no le había dicho quién. Mei y Lan estaban de pie detrás de ella, cada una con una mano posada en sus hombros y señalando con la otra hacia ese lugar al que se suponía que todas estaban mirando. Todo estaba preparado, y la escena de árboles de bambú con cascada del telón de fondo, deslucida ya incluso cincuenta años atrás, no era ahora reconocible más que, quizá, para los ojos de Ailin. Aun así, esos detalles olvidados hacía tanto regresaron a ella con la imagen ampliada: los extremos rizados de sus trenzas, algo quemados aunque resultara difícil verlo en la fotografía, eran el resultado de un rizado impaciente con un par de tenacillas calientes; las flores de jazmín que llevaban en el ojal eran del vecino de Mei, un niño de su edad con una sonrisa vergonzosa a quien le gustaba ofrecerle a Mei las flores recién abiertas del jardín de su madre, pero antes de que los aromáticos presentes pudieran resultar en una relación fructífera, el chico tuvo que mudarse cuando la madre, viuda, volvió a casarse con un hombre de otra provincia; a Lan, la más guapa de las tres, el fotógrafo tuvo que rogarle una y otra vez que no volviera la cara hacia un lado aunque, si se miraba con atención, podía detectarse la forma en que su rostro huía tímidamente del objetivo, y el fotógrafo había captado hábilmente su mirada justo antes de que ella la apartara.
–¿Cuánto cuesta hacer esto? –preguntó Ailin, señalando con el dedo el lienzo de la copia.
Ying le dio a Ailin una cifra que la dejó atónita, y Ailin comentó que, a pesar de la cantidad de dinero invertida, la fotografía incluso parecía más antigua de lo que era.
–Ese es el efecto que necesito.
–¿Has hablado con tus padres antes de hacerlo?
–¿Para qué? –dijo Ying–. Les encantará si les digo que es justo lo que han estado pidiendo los clientes. Además, dicen que el restaurante será mío un día, así que ¿por qué no puedo tomar ya esta decisión?
Ailin pensó en darle a su nieta una lección sobre el respeto que se les debía a los padres, pero Ying sólo habría puesto los ojos en blanco y se habría reído de sus costumbres anticuadas e inservibles.
–No entiendo por qué va a querer nadie mirar a unas niñas de hace siglos mientras comen en vuestro restaurante.
–Las tres estáis muy jóvenes y se os ve muy inocentes. Muy chinas.
–Está claro que no nos hicimos la fotografía para entretener a unos fulanos extranjeros –dijo Ailin, compungida.
–Pero no te importa, ¿verdad? –preguntó Ying–. Y a tus amigas… ¿se lo contarás? No quiero que vengan luego a pedirme dinero.
La niña era demasiado joven para preocuparse de esas cosas, pensó Ailin, entristecida por el hecho de que su nieta tuviera menos espacio y tiempo para soñar de los que la propia Ailin había tenido a esa edad. Respondió que no les contaría el secreto a sus amigas, pero Ying no parecía muy convencida.
–Es que a lo mejor se te olvida –dijo–. Ya sé cómo sois los viejos. Un día prometéis algo y al día siguiente esa promesa no significa nada porque no sabéis qué hacer con tanto tiempo y tenéis que contaros hasta el último detalles más insignificante.

Traducción: Laura Martín de Dios


Compartir.

Dejar un Comentario